lunes, 26 de septiembre de 2011

Capítulo seis. David.

Mati me invitó a salir esa mañana, decía estaba todo el día metida dentro de casa y acabaría aburriéndome. No sabía que decirle, me estaba comportando bien y estaba acostumbrada con su olor y el ritmo tranquilo de su corazón y Miguel siempre estaba a mi lado, no me atrevía andar por la calle solo con ella si él no estaba cerca. Pero no quería rechazar su invitación, no me aburría estar en casa, entre mis cosas, si ella supiera los siglos que había vivido dentro de un ataúd… Ahora sólo deseaba estar tumbada en mi cama, mirando el cielo azul y el amanecer en el techo de la casa, bañándome con los rayos de sol. Pero reconozco que la invitación despertó la curiosidad en mí.

Ya llevaba meses viviendo allí, pero no conocía toda la ciudad. Miguel no estaba, había salido en la primera hora para terminar de arreglar algunos documentos, más bien, falsificar sus documentos para ser abogado. Pensé que dentro del coche no pasaría nada, Miguel me había regalado un Audi TT, que estaba en el garaje y aún no había tenido oportunidad de haberlo conducido. Jamás he conducido un coche, pero unos días antes, cuando Miguel me lo regaló, estuvo dándome clases, y ahora sería un buen momento para ponerlas en práctica. Conducir fue más sencillo de lo que yo pensaba, yo conducía y Mati me guiaba por donde tenía que pasar.

El pueblo no era demasiado grande, Mati me decía el nombre de cada calle por la que pasábamos. Al parecer ella había vivido toda su vida aquí. Cuando pasamos por el cementerio, escuché a varios humanos llorando a la vez, pero en concreto sólo me llamó la atención uno de aquellos llantos, paré el coche y me bajé. Mati vino detrás de mí, preguntándome qué pasaba, pero ni yo misma sabía lo que ocurría, solo quería ir en dirección de aquel sonido, pero no podría hacerlo con Mati a mi lado, así volví al coche y lleve a Mati a casa, ya tenía gravado el camino en mi mente, le dije que tenía que hacer algo importante y esa fue la primera vez que escuché su corazón latir desesperadamente, podía ver el pánico en su rostro. Ella creía que iba a volver para tomar la sangre de los humanos, pero mi sed estaba controlada, creí que era mejor explicárselo.
Me fui en dirección al cementerio, salí del coche, la puerta principal estaba a pocos metros, antes de entrar salió un chico alto, tenía el pelo castaño, piel clara e iba todo vestido de negro. No tendría más de 18 años, él vino en mi dirección con la cabeza baja, cuando pasó a mi lado, me miró con los ojos llenos de lágrimas, los tenía de un color castaño, de mirada intensa. No sé, fue algo extraño, no sé de donde procedía, pero aquella mirada me era familiar, a su paso dejó un olor enloquecedor, mi garganta quemaba de sed, dejé de respirar y me controlé. Una vez fui capaz de controlar todos mis instintos, escuché sus pensamientos, sólo sentía dolor, había un vacío enorme en su interior, ya no quería seguir viviendo. Al escuchar todo esto, sentí su dolor, es como si fuese mi propio dolor.
Me giré para ver donde estaba y vi como corría, sentí el impulso de seguirlo, así que puse en el coche en marcha y lo seguí. No podía permitir que cometiera una locura, tal vez si alguien se hubiera preocupado por mi, hubiese intentado ayudarme cuando yo deseaba estar muerta, alguien que no hubiera sido Miguel, probablemente yo habría tenido una larga vida humana, como debería haber sido, pero ese no había sido el caso, aquí estaba 200 años después, intentando que un humano que no conozco de nada y no debería importarme, no cometiese una locura.
Miguel tenía razón… ¡Me comportaba como una humana!
Había algo en ese chico, sentía la necesidad de protegerlo. Y aquí estaba, dentro del coche, observando como el chico entraba en un castillo que no había visto en ninguna de mis excursiones con Miguel. Salí del coche, vi que el chico se estaba subiendo a una de las murallas, miré a mi alrededor asustada, no había nadie, así que decidí correr hacia donde se encontraba aquel joven. Llegué en pocos segundos, no terminé de llegar a su altura, me daba miedo asustarlo, pero sus pensamientos… Todo era un caos, su pulso estaba acelerado y no pensaba con claridad, pero fue lo último que vi en su mente lo que me hizo, correr hacia él. Había comenzado a saltar de la muralla, pero llegué a tiempo de agarrarlo por los brazos y volver a ponerlo en el suelo.
Su mirada era asustada, sus ojos estaban abiertos de par en par, me levanté de un salto y me di la vuelta. Comencé a andar, una parte de mí quería regresar y cuidar de él, la otra quería alejarse para no poner su vida en peligro, mi garganta quemaba, pero todavía tenía control sobre mi sed.
- Ei... - Habló una voz desconcertada detrás de mí. Al escucharlo, algo en mi interior vibró, algo había despertado, un sentimiento que crecía a una velocidad vertiginosa. Quedé paralizada en el ato debido a su voz, era un sonido nuevo para mis oídos, aunque sólo había pronunciado dos silabas, aquel sonido ya estaba gravado en mi cabeza. Con mucha cautela me di la vuelta. Él se estaba levantando.
– Gracias. – Gritó, limpiando sus lágrimas.
No articulé ninguna palabra, sólo era capaz de mirarlo, pero una vez más aquella mirada me resultó familiar.
- ¿Cómo te llamas? – Preguntó. No sabía si contestar o darme media vuelta. – Gabriela, me llamo Gabriela. – Contesté, controlando el tono de mi voz.
Poco a poco su corazón volvía a la normalidad y pude escuchar nuevamente sus pensamientos. Ella parece ser tan frágil, como pudo cogerme. Es tan distinta, tan... Hermosa.
- Precioso nombre. - Volvió a gritar. Le dediqué una pequeña sonrisa, sin enseñar los dientes. No por mi nombre bonito, sino por lo que el acababa de pensar. No sé, al escuchar la palabra “hermosa”, me gustó la sensación que sentir, saber, que alguien aparte de Miguel me ve hermosa, y más viniendo de aquel humano. Antes no pude apreciar la belleza de su rostro. Estudié todo con mucho cuidado, analizando cada detalle de su cuerpo. Pero no me atrevía acercarme más, él estaba bien, y al parecer estaba más tranquilo. Me di la vuelta y salí corriendo, camino a casa, no podía pensar en nada más, que fui una estúpida, la primera regla de vivir aquí entre los humanos que Miguel me enseñó, era pasar desapercibida, no debería haber seguido a aquel humano, ame había arriesgado a ser descubierta, sino hubiera controlado más de lo habitual, podría haber pasado algo que me habría hecho volver a la oscuridad nuevamente, un minuto podría haberme costado una tortura de siglos. Me tumbé en la cama y estuve ahí toda la tarde mirando al cielo, pero mi pensamiento seguía siendo el mismo de todo el día, no podía quitarme a aquel humano de la cabeza. Sentía sed por su sangre, pero a la vez quería protegerlo, quería estar cerca de él, tenía curiosidad por saberlo todo sobre él, y no dejaba de pensar por qué deseaba estar muerto, por qué quería morir.

Escuché a Miguel entrar en el garaje con el coche. Seguí mirando el cielo y con el pensamiento lejos.
- ¿Cómo has pasado el día? - Preguntó Miguel, entrando en la habitación.
- Aquí, mirando el azul del cielo. - Contesté. No podía decirle nada de lo que pasó hoy.
- Te he extrañado todo el día. – Susurró, él con los labios pegados a los míos. Sino estuviera con todo mi pensamiento centrada en aquel humano, también habría extrañado a Miguel, que me besaba mientras abría los botones de su camisa. Me aparté de sus labios con mucha delicadeza, él me miro sorprendido.
- Tengo sed. - Le dije. Él me besa la garganta.
- ¿No puedes controlarte unas horas más? - Me susurró, mordisqueando mi oreja.
- Llevo controlándome toda el día. - Dije mientras me zafaba de sus brazos con un movimiento. Él seguía en la cama, desabrochando los botones de su camisa. Me llevó a cazar, en toda la noche él no me dirigió la palabra, supuse que se habría enfadado, pero tampoco le di mucha importancia, seguía con aquel chico en la cabeza. Tendría que buscar alguna forma para verlo una vez más para saber que estaba bien. Pero ni siquiera sabía su nombre, tampoco donde vivía.

Al amanecer, cuando volvimos a casa, Miguel salió otra vez temprano y escuché alguien llorando, me parecieron los llanto de Mati. La busqué por toda la casa, pero no la encontré, salí, ella estaba en la parte trasera, un poco alejada de la casa. ¿Por qué lloraba? No quería invadir su privacidad escuchando sus pensamientos. Quería aprender a controlar ese don o poder, fuera lo que fuera. No creo que me gustarse que alguien estuviera metido dentro de mi cabeza escuchando las tonterías más grandes o mis íntimos secretos. A partir de ahora, iba respetar la intimidad de sus pensamientos, no tenía necesidad, solo tendría que preguntar lo que pasaba. Me acerqué a ella, pero no notó mi presencia, retrocedí y grite su nombre para que no se asustase. Ella me miró.
- ¿Qué te pasa Mati? ¿Por qué lloras? – Pregunté, no me gustaba verla así.
- Es que he perdido a una gran amiga. – Contestó, bajando su cabeza y limpiando sus lágrimas. Eso era algo que siempre temí, lo único seguro que tienen los humanos en la vida, era la muerte, desee ser como ella durante muchas décadas, pero lo único seguro que mi especie tiene es la eternidad. - Ella sólo tenía 40 años, todavía tenía una vida entera por delante, tenía su marido, que la quería mucho y su hijo. - No sabía que decirle, sé que nada podría aliviar su dolor.
- Tómate el día libre, ve y despídete de ella. - Fue lo único que se me ocurrió decir. Ella levanta su cabeza y me miró con aquellos ojos negros llenos de lágrimas.
- Ya es tarde su entierro fue ayer, ¿te acuerdas cuándo pasamos frente al cementerio? Todos sus familiares estaban allí, despidiéndose de ella. - Murmuró, volviendo la cabeza en otra dirección. Me acerqué a ella y puse mi mano en sus hombros, ella puso sus manos encima de las mías. Su contacto fue agradable.
- Lo siento, Mati. – Dije y entre en la casa, no hacía falta mirar sus pensamientos para saber que ella quería estar sola. Me eché en la cama y estuve ahí mirando al cielo, no me cansaba de mirarlo, podría estar así muchos años y no me aburriría. Podía hacerme una idea del dolor de ese hombre y ese hijo al perder a un ser querido. Comprendí que la vida de los humanos tampoco era tan sencilla, ellos también pasaban por constantes pruebas a lo largo de sus vidas, muchas de ellas dolorosas y sin respuesta alguna del por qué la muerte era el punto final. De todas esas agonías, para aquellos que seguían aquí, solo era el principio de una agonía mayor.

Escuché los pasos de Mati por el pasillo y sus golpecitos en la puerta. – Entra, la puerta está abierta. - Empujó la puerta mientras yo me incorporaba en la cama, al entrar pude ver el dolor en su cara, tenía los ojos húmedos, rojos e hinchados. - Señorita...Gabi, me dijiste que podía tomarme el día libre... - Tartamudeo ella. Yo la interrumpí. - Claro que sí Mati, puedes tomártelo y mejor te doy una semana de vacaciones. - Le ofrecí.
- En realidad, te quería pedir un favor, sé que para ti será un enorme sacrificio, pero sino fuera importante, no me atrevería pedírtelo. ¿Te importaría llevarme, a casa de mi amiga? La que falleció, quiero dar el pésame a su familia, no te lo pediría, pero es que viven a medio kilómetro del pueblo. – Mati, permaneció cerca de la puerta.
No estaba segura sobre si debía salir de nuevo, a juzgar por como salió todo la última vez. La otra vez que salimos prácticamente no encontramos a nadie en la calle por lo temprano que era, excepto las personas que estaba en el cementerio y aquel chico humano. Cuando me acuerdo de ese chico, mí cerebro es una especie de puzzle que acaba de encajar una pieza con la otra. Aquel chico también estaba en el cementerio y estaba llorando. Seguro que sería pariente de la fallecida, quizá la amiga de Mati era la madre de aquel chico, Mati dijo que ella tenía un hijo, esa sería la única razón que podría tener aquel chico para querer morir. Sentía curiosidad, más bien la necesidad de saber cómo estaba el, pero temía por su vida si yo estaba demasiado cerca de él, o de otro humano al que no estuviese acostumbrada. Quizá ya era hora de familiarizarme con otros olores, otros humanos… Y también le debía a Mati ese pequeño favor, ella se había comportado muy bien conmigo.
- Si cree que es demasiado para usted señorita Gabi... - Antes que ella acabase la frase le interrumpí.
- Tranquila, te llevaré, tendré que enfrentarme con esto algún día. – Dije, levantando me de la cama.
Mati me indicó el camino, pasamos por un camino que evitó que pasáramos por el centro del pueblo. Mi sed no estaba saciada, pero estaba bajo control. Mati me dijo que la próxima casa era la de ellos. Estaba apartada de las demás casas, paré el coche a pocos metros.
-Te esperaré aquí, no tengas prisa, puedes tardar lo que quieras. – Dije. En sus labios se formó una sonrisa de agradecimiento, pero se desvaneció en seguida, se quitó el cinturón y salió del coche.
Mientras se alejaba, decidí observar la casa. Era grande, al menos por fuera, la fachada era de color amarillo y tenía unas ventanas amplias, era algo distinta de las casas del pueblo, pero era bonita. Apareció un hombre en la puerta, alto, piel clara y pelo oscuro tenía un aspecto cansado, pero no tendría más de 40 años. La puerta se cerró cuando Mati entró en la casa. La curiosidad me hizo salir del coche, no me alejé mucho. Quería poder escuchar la conversación, pero me recordé que hoy por la mañana había decidido respetar la intimidad de los humanos. Aunque necesitaba saber si aquel chico tenía algún parentesco con la amiga de Mati, la verdad es que quería verlo otra vez. Intenté no escuchar la conversación, pero fue inevitable no escuchar dos latidos de corazones y sus respiraciones en el piso abajo. Miré en las ventanas de arriba en dirección del tercer latido que percibí, las cortinas estaban medio echadas, pero no se veía nada. En ese momento escuché unos ladrillos a pocos centímetros, el perro estaba frente a mí, cuando quise darme cuenta me había agazapado y le enseñaba mis colmillos al perro. No sé cómo no escuche sus movimientos, estaba demasiado cerca para haber pasado desapercibido a mis oídos, sería por estar concentrada en aquellos latidos de corazón, que venían del piso de arriba. El perro no dejaba de ladrar, solté un gruñido con mucha rapidez, algo que los oídos humanos no podrían percibir, entonces escuché unas pisadas. Sentí miedo así que me alejé y entré en el coche. No debería haber salido del coche. Alguien podría haberme visto, pero no me dio tiempo a pensar, cuando me di cuenta ya estaba en posición de caza. Seguía escuchando los pasos, más cerca y un corazón latiendo descontrolado junto con la respiración, estaba cerca de la puerta del conductor. Apoyé las manos en el volante e incliné la cabeza hacia abajo. Seguía escuchando las pisadas, cada vez más cerca, estaba dando la vuelta por detrás del coche…
- Luna ven. – Ordenó una voz, había algo inquietante en ese sonido, parecía la misma voz de aquel chico, a lo mejor era cosa mía, estaba tan obsesionada con él que creí ya estar escuchando su voz. No tuve valor para levantar la cabeza, pero la perra, hacía caso y seguía ladrando, me quedé inmóvil, sin respirar. Las pisadas se acercaban más y más, de repente los ladrillos se alejaron junto con las pisadas, no me veía capaz de levantar la cabeza. Estaba aterrada, aquel pequeño animal blanco, con unas manchas en la cara y una en el cuerpo de color caramelo, sabía que yo era peligrosa y estaba defendiendo su territorio, sino fuera por el humano ya la habría matado. No me habría quedado de no ser porque debía esperar a Mati. Después de algunos minutos, escuché las pisadas nuevamente, viniendo en mi dirección, seguí como estaba, si mi corazón pudiera latir estaría igual de descontrolado que el de aquel humano.

- Gabriela. - Sonaba la misma voz familiar de antes, no era cosa de mi cabeza, era el mismo chico, ¿era una coincidencia, o seria cosa del destino? ¡Qué tonta eso es imposible, yo no tengo ninguno destino aparte de poner en peligro mi existencia, bueno más bien la de los humanos! Escuché unos golpecitos en la puerta. Cuando levanté la cabeza y miré… Allí estaba, aquel precioso rostro, aquellos ojos castaños, que me hacían volar, desconectando de todo lo que me rodeaba. Él seguía mirándome, como si estuviera analizando mis movimientos, no quise mantener su mirada durante mucho tiempo, por miedo a llegar a hipnotizarlo, no estaba segura de cómo funcionaba mi recién descubierto poder.
- ¿Puedo entrar? – Preguntó, sus latidos seguían desbocados. Asentí con la cabeza sin pensar. Ahora mi miedo sobrepasaba mi sed, no estaba segura de mi autocontrol, no sabía si sería capaz de tenerlo dentro del coche, ¡puedo hacerlo! Pensé, ya he pasado por eso antes.
Entró en el coche y sentó muy tenso, estaba tan inmóvil, en el asiento. Por qué se comportaba así. Había escogido un mal día para decidir respetar la intimidad de los demás.
- Hola, creo que no le caes bien a Luna. – Dijo, como si estuviera intentando controlar el nerviosismo.
- Eso parece. – Afirmé, con una media sonrisa sin llegar a enseñar los dientes.
- Te quería dar las gracias por... - Dejó la frase sin terminar, pero sabía muy bien a lo que se refería. Sabía que no debía hacer preguntas, porque luego tendría que contestar las suyas, pero sentía mucha curiosidad. Intenté abrir la boca para hacerle una pregunta, pero sentí como me quemaba la garganta, así que volví a cerrar la boca rápidamente, al parecer él se dio cuenta porque me miraba como esperando algo, con las cejas levantadas.
- Ya sé, me ibas a preguntar por qué lo hice, ¿verdad? - Murmuró el. .Mi garganta quemaba y solo asentí con la cabeza.
- Mi... mi madre falleció, y perdí la cabeza. - Tartamudeó mirando al frente. Pude sentir mucho dolor en su voz.
- Lo siento. – Dije. Ya no quería seguir hablando sobre este tema, notaba que le hacía daño.
- ¿Qué haces aquí? – Me preguntó.
- Vine a traer a Mati... Matilde. – Contesté, el silencio prolongó unos segundos, cada segundo que pasaba cerca de él, me acostumbraba a los ritmos de su corazón, que al parecer estaba volviendo a su normalidad poco a poco, no puedo clasificar en qué clase de sentimiento estaba ese chico en mi existencia, no es nada parecido a lo que siento por Mati y nada comparado a lo que siento por Miguel. Es algo más fuerte, es como si necesitara que él estuviera para siempre conmigo. Como si me perteneciera, como si necesitara de él de ahora en adelante para seguir existiendo. Algo que yo siempre temí, porque él es sólo un humano y su vida algún día no muy lejano llegará a su fin. Al contrario de la mía que seguirá por toda eternidad, pero ahora, en ese momento, no me importaba el fin de sus días y tampoco mi eternidad. Porque ahora siento dentro de mí que mi felicidad está completa, tengo la sensación de que aquel vacío que sentía, aquella sensación de estar incompleta, acababa de desaparecer. Ahora siento que el miedo se abre camino entre mis pensamientos, porque ahí es donde está el problema, él es un humano. Y eso va contra mi naturaleza y creo que contra la del también. El abrió la puerta del coche y salió, antes de cerrar la puerta, se dio la vuelta.
- No ha sido tan aterrador como pensé. - Dijo y luego cerró la puerta. Por qué habría dicho eso, sabría lo que yo era, bueno eso no podía ser, porque sino no estaría sentado en el coche con un vampiro. O dijo eso por los ladrillos de Luna y pensó que yo no asustaba tanto como para que ella se comportase así.

Mati salió y detrás el mismo hombre que abrió la puerta antes. Puse el coche en marcha, cuando Mati se acercó, el chico entró en la casa y el hombre cerró la puerta. Mati vino todo el camino en silencio. Yo sentía curiosidad. Por saber más cosas sobre el chico, empezando por su nombre.
- Mati, ese hombre que abrió la puerta y ese chico, ¿son el marido y el hijo de tu amiga? - Pregunté, intentando que no notara la curiosidad en mi voz.
- Si, pobre Richard y pobre David, con sólo 17 años ya es huérfano de madre. - Dijo con lágrimas en sus ojos. ¡David! Por qué me llamaba tanto la atención, por qué sentía que estaba ligada de alguna forma con aquel chico humano llamado David.

martes, 20 de septiembre de 2011

Capítulo cinco. Es como si pudiera controlar mi mente.

Estaba en la cocina observando como Mati hacia la comida. Era interesante, pero no apetecible. No entendía por que no me temía, no es que quisiese que lo hiciese, pero habría sido una reacción lógica. Así que se lo pregunté.
¿Por qué no me tienes miedo?
-Ya he visto tantas cosas en mi vida, que pocas hay que me den miedo. – Contestó.
Así que yo no era el primer monstruo en su vida, aun así su reacción no era muy lógica, el miedo siempre estaba en todas parte, tuve la misma sensación que la vez que estuve con aquel humano, otra cosa que no tiene lógica, se supone o técnicamente o literalmente que yo estoy muerta y aún así podía sentir medo y muchas más sensaciones.
- Aún así, ¿no te asusta estar en una estancia con una vampira que se alimenta de sangre? - Pregunté. Ella seguía picando la ensalada, dio la vuelta cogió la ensaladera, y colocó la ensalada. Dio la vuelta a la mesa y se acercó con mucha prudencia. - Señorita Gabi, tú no eres un monstruo, y respecto a su dieta debería asustarme, ¿verdad? - Contestó con una risita y poniendo los ojos en blanco.
- Sé que tiene que ser difícil mi presencia para ti, pero de la misma forma que no te asusta, sé que estás haciendo un gran esfuerzo para estar a mi lado, a mi tampoco me asusta estar cerca de ti dijo. - Sé que decía la verdad, podía leer sus pensamientos, sabía qué era cierto todo lo que me decía y su respiración y los latidos de su corazón latía con normalidad. Pero ella se equivocaba, porque si me asustaba que en cualquier momento pudiera perder el control, me haría muy infeliz llegar a hacerle algún daño a ella, por muy pequeño que fuera, me mataría. Sentía un cariño muy grande por ella, pasábamos muchas horas juntas.

En una ocasión le pregunté porque trabajaba aquí, me dijo que era una especie de herencia y luego se rió. Su abuela, su madre... Todas habían trabajado en esa casa y ella cuando era niña venía con su madre, cuando sus padres murieron en un accidente de coche, ella decidió ocupar el sitio de su madre. Siempre hablaba de su familia con mucho cariño.
Cuando me quedaba sola, algo que casi nunca pasaba, porque siempre estaba con Mati o Miguel, intentaba acordarme de mi vida humana, de cómo sería mi familia, como sería mi vida antes.

Escuché el coche entrando en la garaje, Miguel había ido al abogado, había llamado pronto para decir que lo papeles que le había encargado ya estaban listos. Mati siguió haciendo la comida y yo salí en busca de Miguel. Esperé el en el salón sentada en el sillón con las piernas cruzada exactamente como había visto en una mujer de una revista, me fijé en el piano que estaba cerca de la escalera, ¿para que tenía un piano? Yo no sabía tocar y si mi memoria no me fallaba, Miguel nunca me dijo que tocase el piano.

En ese momento, Miguel entró en la casa con unos papeles en las manos, estaba leyendo muy concentrado, sería algo importante para no notar mi presencia. Él tenía que haberme visto, pero al parecer no, solté un gruñido, creo que un poco más alto de lo que esperaba, porque él miré con mucha rapidez de donde venía el ruido. Soltó una risita y luego me guiñó un ojo. Me levanté del sillón y me situé a su lado.
- Te estás tomando muy enserio la vida humana, ¿verdad? Como dicen los humanos… ¡estas muy despistado! ¿Cómo es que no has notado mi presencia? - Pregunté con un fingido enfado.
- Estaba fingiendo, para ver tu reacción, y tú ha reaccionado exactamente como una humana regañona. - Murmuró con sus labios pegados a los míos.
Estaría comportándome como una humana, o realmente Miguel no había percibido mi presencia y se invento esa excusa. Eso confirma lo que yo decía antes, las excusas son otro síntoma de los humanos.
Miguel se apartó centímetro de mi boca. - No es una excusa, cariño, solo quería ver tu reacción y créeme, te estás comportando como una humana. – Susurró. Estaba perpleja, no daba crédito a lo que escuchaba, no por lo de la excusa o porque quisiera ver mi reacción, ya que no me estaba comportando como una humana, tan poco era de vergüenza, era por el hecho de que había contestado una pregunta que no había formulado, como podía hacer eso, si los de nuestra especie no podíamos escuchar los pensamientos de los otros. Miguel me dijo que nunca pudo escuchar el pensamiento del vampiro que le transformó y nunca antes había podido escuchar mis pensamiento y mucho menos yo los de él. ¿Y si por una razón desconocida podíamos escuchar solo los pensamiento de los mortales al menos él y yo?
- ! Acabas de escuchar mis pensamientos! – Exclamé.
- Sí. – Afirmó. Como si fuera lo más normal. Debía estar realmente despistado, para haber contestado así, pero pasados unos segundos noté su expresión de sorpresa.
- ¿Cómo ha podido pasar? – Preguntó. Si no fuera por lo extraño de la situación, me habría reído del gesto de su cara. Pero lo que estaba pasando no tenía gracia, yo no lo entendía, pero lo que realmente me preocupaba es que Miguel tampoco lo hiciese.
- Miguel, creo que no ha sido la primera vez que pasa, ¿recuerdas el primer día que llegamos de cazar y al entrar en la cocina Mati me dijo que me iba me ayudar a buscar mi ropa? - Él asintió con la cabeza. – Era precisamente lo que yo estaba pensando pedirle cuando ella respondió, es como si hubiese leído mi pensamiento, pero yo creía que ella no podía leer mi mente y ahora tu también puedes. ¡Intenta averiguar que estoy pensando ahora!
Despejé mi mente, le pregunté por los papeles que llevaba en la mano.
- Son los papeles con nuestras nuevas identidades.
- ¡Has podido leerme la mente! ¿Qué está pasando?
- Vuele a pensar más cosas, vamos a probar de nuevo.
Hicimos varias pruebas, Miguel en todo momento respondía a mis preguntadas, las cuales formulaba con la mente, pero lo que realmente me sobrecogió fue haber podido controlar su mente. Le pedí que me enseñara los papeles del sobre, ahí es cuando puede leer que nuestras nuevas identidades correspondían a Gabriela Wolf Bravo de 18 años de edad y Miguel Méndez Bravo de 25 años de edad, después de enseñarme los papeles, Miguel estaba sorprendido, pero con la mente le dije que olvidara lo ocurrido, acto seguido Miguel me preguntó que era lo que había pasado. Le expliqué lo ocurrido.
- Gabriela, no es que yo pueda leer tu mente, es que tú puedes controlar la mía. No entiendo lo que sucede, es como una especie de poder.
- ¿Pero… es malo?
- Gabriela, eso depende de cómo lo utilices.
Estaba aturdida por el nuevo descubrimiento, tenía mucho que pensar. Así que decidí cambiar de tema. - ¿Por qué has puesto que tienes 25 años?
- Por mi profesión, necesito tener 25 años como mínimo. Seré abogado, ayudaré a meter a los criminales en la cárcel. Me bastará con leerles la mente y así sabré si son culpables o no.
- Puedes empezar por el señor que nos ha facilitado nuestras identidades, ya que según creo lo que ha hecho es ilegal. – Ambos reímos por mi comentario. Por una parte me alegraba, Miguel tenía razón, sería un excelente abogado, podría meter a los delincuentes en la cárcel porque sería un muy difícil que alguien le engañara, pero por otra lado estaba triste, eso significaba que él no estaría todo el día conmigo. Y ya estaba tan acostumbrada a tenerlo cerca de mí a todo tiempo…
- ¿En qué piensas, amor mío? – Preguntó Miguel, al ver mi mirada ausente, al parecer el ya no escuchaba mis pensamientos, ¿sería sólo podía escuchar los pensamientos que yo quisiera?
- Es sólo que ya no vas estar siempre a mi lado. - Contesté abrazándole.
- Siempre estaré a tu lado, cariño, pero no todo el día. - Comentó estrechándome contra su pecho. - Recuerdo que me dijiste que deseabas estudiar, llevar la vida de cualquier chica de 18 años. ¿Quieres que te matricule en el instituto?
No sería una mala idea, así no estaría tanto tiempo sola y los días pasarían más rápidos, pero todavía no me sentía preparada, Miguel decía que ya tenía un auto control sobre mi sed, pero yo no estaba tan segura y no quería arriesgar. – No, prefiero estar en casa esperándote. - Murmure. - ¡Como tu eres el hombre de la casa y pagas toda las facturas te dejare escoger la cena! ¿Qué prefieres palomas o ciervos? – Pregunté con sarcasmo.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Capítulo cuatro. El sol de Antequera.

Cuando volvimos, nos sentamos en el techo de la casa, permanecimos allí durante horas.

- ¿Por qué esta ciudad? – Pregunté.
- ¿Ves aquella iglesia que tiene una torre? - Dijo señalando hacia el frente - Se llama la torre del reloj del Papabellotas, se instaló en el siglo XVI. ¿Ves aquella montaña? – Yo asentí con la cabeza. - ¿Qué es lo que ves?
- Una montaña.
- Mírala de nuevo, ¿sólo ves una montaña?
Miré nuevamente hacia la montaña, estudié todo el perfil, analizando cada centímetro, entonces lo vi. – Ahora creo que sí lo veo, la montaña parece una cara, ¿por qué tienen esa forma?
- Se llama la peña de los enamorados, posee una leyenda, como todo en esta ciudad, otro día te contaré la leyenda de la montaña. Escogí esta ciudad porque es muy antigua y tengo la sensación de estar en casa.

Miré nuevamente hacia la montaña y como amanecía, vimos juntos como salía el sol de Antequera. Ya no tenía necesidad de esconderme, no necesitaba un ataúd. Por un momento olvidamos que teníamos vecinos y que estábamos en el tejado, un hecho un poco anormal, así que decidimos bajar.
Entramos en la casa y Miguel me llevó a la cocina, el día anterior no la llegué a ver. Mati estaba sentada alrededor de una enorme mesa, estaba desayunando, al darse cuenta de nuestra presencia, se levantó y nos saludó, dándonos los buenos días.
Antes de salir de la cocina, observé que Mati, llevaba puesta otra ropa diferente a la del día anterior, así que supuse que yo también debería cambiarme. Estaba pensando que tendría que pedirle a Mati que me ayudara de nuevo a escoger otra ropa, pero que prefería que ella pudiese terminar de desayunar, cuando de repente Mati dijo:
- Ya subo para ayudarte a escoger la ropa señorita Gabi. - Era como si hubiera escuchado mis pensamiento, ¿habría hablado en voz alta en vez de pensarlo? No lo creo, pero, ¿cómo podía saber lo que estaba pensando entonces? Miguel nunca me dijo que los humanos pudieran escuchar los pensamientos, es posible que mi vestido estuviera sucio y Mati pensó que debía cambiarme, pero me miré y no, mi vestido estaba perfectamente, pero pronto salí de mis pensamientos.
- Ven, quiero llevarte a un sitio. – Dijo Miguel, cogiéndome de la mano.
No contesté, sólo seguí a Miguel, subimos la escalera, así que aproveché para volver a mis pensamientos. ¿Cómo había podido Mati contestar a mis pensamientos? A lo mejor estaba exagerando, los humanos se cambian de ropa todos los días, esa era la explicación más lógica, sí sería eso.
Miguel entró en la habitación y segundos después salió con unas zapatillas, un vaquero, una camiseta y una cazadora, estaba tan bien peinado. Deseé tener esa facilidad para escoger la ropa que debía ponerme, tenía mucha ropa pero no sabía que ponerme. Mati llegó enseguida y me ayudó.

Miguel había bajado para sacar el coche del garaje. Ella me escogió unas zapatillas bajitas, un pantalón negro y un abrigo que llegaba hasta la rodilla de color blanco y que hacia juego con las zapatillas.
Cada día estaba siendo más fácil, vivir con esos latidos del corazón de Mati, la tortura de tantos años había valido la pena, aunque las clases teóricas que Miguel me daba me resultaban mucho más sencillas y soportables. Cuando abrí la puerta de la calle, él ya estaba dentro del coche, miré para atrás y no vi a nadie más, así que entré en el coche a toda velocidad. Ningún ojo humano podría darse cuenta de mis movimientos o mi agilidad. Pude ver que Miguel disimulaba una risita entre dientes.
- Te llevaré a un sitio, está a pocos kilómetros de aquí. – Dijo. El camino tenía muchas curvas y cuando nos adentramos en una carretera solitaria parecía que estábamos a mayor altura. Miguel me tapó lo ojos con un venda, no veía nada pero sí escuchaba todo lo que había a mi alrededor, el coche paró y Miguel me llevó del brazo a algún sitio, me puso en el suelo y dijo que podía quitarme la venda, así que lo hice. Cuando miré el entorno que me rodeaba, quedé admirada, era un sitio distinto pero precioso a su manera, eran un conjunto de piedras, como si una persona estuviera boca arriba y la otra encajase perfectamente en el hueco restante.
- ¿Qué sitio es este? – Pregunté. Mientras admiraba todo el paisaje.
- Se llama El Torcal. - Murmuró él. - La primera vez que pasé por ese sitio, todo era mar, de eso hace muchos siglos, todo eso que ves, incluido Antequera, era el mar.
- ¿Qué pasó con el agua?
- Desapareció. - Dijo sonriendo. - Si quiere podemos cazar aquí, hay muchos ciervos. - Dijo señalando en dirección de una roca muy alta, y ahí estaba un ciervo, que salió disparado, creo que notó nuestra presencia y huyó, escuchaba varios latidos descontrolado muy lejanos.
Pasamos varias horas en el lugar, lo analicé todo con mucha atención. Los días pasaban igual que antes, pero ya no era lo mismo, cada día conocía algo, disfrutaba de mi nueva vida entre los humanos.