Cuando volvimos, nos sentamos en el techo de la casa, permanecimos allí durante horas.
- ¿Por qué esta ciudad? – Pregunté.
- ¿Ves aquella iglesia que tiene una torre? - Dijo señalando hacia el frente - Se llama la torre del reloj del Papabellotas, se instaló en el siglo XVI. ¿Ves aquella montaña? – Yo asentí con la cabeza. - ¿Qué es lo que ves?
- Una montaña.
- Mírala de nuevo, ¿sólo ves una montaña?
Miré nuevamente hacia la montaña, estudié todo el perfil, analizando cada centímetro, entonces lo vi. – Ahora creo que sí lo veo, la montaña parece una cara, ¿por qué tienen esa forma?
- Se llama la peña de los enamorados, posee una leyenda, como todo en esta ciudad, otro día te contaré la leyenda de la montaña. Escogí esta ciudad porque es muy antigua y tengo la sensación de estar en casa.
Miré nuevamente hacia la montaña y como amanecía, vimos juntos como salía el sol de Antequera. Ya no tenía necesidad de esconderme, no necesitaba un ataúd. Por un momento olvidamos que teníamos vecinos y que estábamos en el tejado, un hecho un poco anormal, así que decidimos bajar.
Entramos en la casa y Miguel me llevó a la cocina, el día anterior no la llegué a ver. Mati estaba sentada alrededor de una enorme mesa, estaba desayunando, al darse cuenta de nuestra presencia, se levantó y nos saludó, dándonos los buenos días.
Antes de salir de la cocina, observé que Mati, llevaba puesta otra ropa diferente a la del día anterior, así que supuse que yo también debería cambiarme. Estaba pensando que tendría que pedirle a Mati que me ayudara de nuevo a escoger otra ropa, pero que prefería que ella pudiese terminar de desayunar, cuando de repente Mati dijo:
- Ya subo para ayudarte a escoger la ropa señorita Gabi. - Era como si hubiera escuchado mis pensamiento, ¿habría hablado en voz alta en vez de pensarlo? No lo creo, pero, ¿cómo podía saber lo que estaba pensando entonces? Miguel nunca me dijo que los humanos pudieran escuchar los pensamientos, es posible que mi vestido estuviera sucio y Mati pensó que debía cambiarme, pero me miré y no, mi vestido estaba perfectamente, pero pronto salí de mis pensamientos.
- Ven, quiero llevarte a un sitio. – Dijo Miguel, cogiéndome de la mano.
No contesté, sólo seguí a Miguel, subimos la escalera, así que aproveché para volver a mis pensamientos. ¿Cómo había podido Mati contestar a mis pensamientos? A lo mejor estaba exagerando, los humanos se cambian de ropa todos los días, esa era la explicación más lógica, sí sería eso.
Miguel entró en la habitación y segundos después salió con unas zapatillas, un vaquero, una camiseta y una cazadora, estaba tan bien peinado. Deseé tener esa facilidad para escoger la ropa que debía ponerme, tenía mucha ropa pero no sabía que ponerme. Mati llegó enseguida y me ayudó.
Miguel había bajado para sacar el coche del garaje. Ella me escogió unas zapatillas bajitas, un pantalón negro y un abrigo que llegaba hasta la rodilla de color blanco y que hacia juego con las zapatillas.
Cada día estaba siendo más fácil, vivir con esos latidos del corazón de Mati, la tortura de tantos años había valido la pena, aunque las clases teóricas que Miguel me daba me resultaban mucho más sencillas y soportables. Cuando abrí la puerta de la calle, él ya estaba dentro del coche, miré para atrás y no vi a nadie más, así que entré en el coche a toda velocidad. Ningún ojo humano podría darse cuenta de mis movimientos o mi agilidad. Pude ver que Miguel disimulaba una risita entre dientes.
- Te llevaré a un sitio, está a pocos kilómetros de aquí. – Dijo. El camino tenía muchas curvas y cuando nos adentramos en una carretera solitaria parecía que estábamos a mayor altura. Miguel me tapó lo ojos con un venda, no veía nada pero sí escuchaba todo lo que había a mi alrededor, el coche paró y Miguel me llevó del brazo a algún sitio, me puso en el suelo y dijo que podía quitarme la venda, así que lo hice. Cuando miré el entorno que me rodeaba, quedé admirada, era un sitio distinto pero precioso a su manera, eran un conjunto de piedras, como si una persona estuviera boca arriba y la otra encajase perfectamente en el hueco restante.
- ¿Qué sitio es este? – Pregunté. Mientras admiraba todo el paisaje.
- Se llama El Torcal. - Murmuró él. - La primera vez que pasé por ese sitio, todo era mar, de eso hace muchos siglos, todo eso que ves, incluido Antequera, era el mar.
- ¿Qué pasó con el agua?
- Desapareció. - Dijo sonriendo. - Si quiere podemos cazar aquí, hay muchos ciervos. - Dijo señalando en dirección de una roca muy alta, y ahí estaba un ciervo, que salió disparado, creo que notó nuestra presencia y huyó, escuchaba varios latidos descontrolado muy lejanos.
Pasamos varias horas en el lugar, lo analicé todo con mucha atención. Los días pasaban igual que antes, pero ya no era lo mismo, cada día conocía algo, disfrutaba de mi nueva vida entre los humanos.
hola! :)
ResponderEliminarbueno, comento solo para que sepas que como prometí me dí una vuelta a ver las novedades. Me gusta mucho como va tu historia.
nos leemos!