lunes, 28 de noviembre de 2011

Continuacion del capitulo ocho

desgarrado. No sabía si acercarme o salir corriendo. Salí disparada en dirección de Miguel, no me atrevía a estar tan cerca de aquel hombre con la sangre fluyendo de su garganta.
Miguel estaba agazapado, listo para salta sobre un ciervo que se encontraba a unos metros.
- ¡Miguel! – Grité. - Él me miró sorprendido pero también asustado, jamás había gritado de aquella manera, pero nunca había visto un humano de aquella manera tan apetecible y así, dispuesto para ser mi cena, pero eso no podía ser, no podía pobrar esa sangre. En menos de medio segundo Miguel estaba a mi lado.
- Hay un humano desangrándose al otro lado de aquella roca. – Dije. Entonces vino a mi mente el rostro de Fernando. Miguel salió corriendo, yo no podía moverme, cómo había podido permitir que Fernando estuviera tan cerca de Mati, de David, de todos los humanos del pueblo… Me había prometido que no tocaría a ningún humano mientras estuviera aquí, y yo había confiado en él.
Volvió a mi mente la imagen de aquel pobre humano en el suelo muriendo, podría haber sido David… Fui a reunirme con Miguel, que ya estaba con la víctima, había utilizado un trozo de su camiseta para taponar la herida.
- Es inevitable, él va a morir, ¡como tú! - Dijo una joven que salía detrás de una roca. Era rubia, tenía los ojos azules, muy parecidos a los de Fernando. Dirigía una mirada envenenada hacia Miguel. Él no salía de su asombro, rápidamente se aparto del hombre.
- ¡Tu! ¿Has sido tu la que ha hecho esto? – Preguntó Miguel.
La joven rubia se reía satisfecha, al parecer, Miguel la conocía.
¿Por qué te sorprendes? Te prometí que acabaría con todo lo que te rodea, estarás solo. Estoy muy enfadada contigo, me ha costado mucho encontrarte esta vez. – Dijo, con las manos en la cintura y una risa terrorífica. – Además, ya me he cansado de matar a todos los que te rodean, no es que no disfrute, pero me aburre, así que he decido acabar contigo de una vez. – Dijo, acercándose rápidamente.
- Si es eso es lo que quieres, acaba conmigo de una vez. – Dijo Miguel.
No entendía nada que lo estaba pasando, Miguel nunca me habló de esa joven, ¿por qué quería matarle?

Ella levantó las manos y sacó sus colmillos, yo me agazapé y salté contra ella, no podía dejar que matara a Miguel. Nos caímos al suelo, ella cayó arriba, tenía los colmillos bien afilados, me di la vuelta lo que provocó que ahora fuese yo la que estaba encima. Estuvimos forcejeando mucho tiempo, era muy fuerte y rápida, estuve muy cerca de su garganta y saqué los colmillos, pero no quería matarla, sólo quería que se rindiese y se fuese.
- No, por favor, Gabriela, déjala. - Gritó Fernando a mi espalda. Me volví para mirarle, fue un segundo, pero el tiempo suficiente para que ella me cogiera, estaba a su merced, me había inmovilizado.
- Isabel, por favor, no lo hagas. - Dijo Fernando. Su mirada era suplicante. Nunca había visto a Fernando así, en su cara se veía el miedo mezclado con lastima.
La chica me soltó y se apartó. Enseguida Miguel estaba a mi lado. Al parecer yo era la única que no conocía a la joven, porque hasta Fernando sabía quién era.
- Volveré. - Dijo la chica, acto seguido me fulminó con la mirada. Salió disparada. Fernando cayó de rodillas y agachó la cabeza. Estaba tan asustada que no asimilaba lo que acababa de ocurrir. Jamás había luchado con alguien y menos con una vampira furiosa.

Me levanté para preguntarle a Fernando si estaba bien, pero Miguel me sujetó por los hombros.
- Déjale, vámonos. – Dijo. De vuelta a casa, Miguel no dijo nada sobre aquella chica. La imagen de aquel humano en el suelo, Miguel arrodillándose frente a ella, aceptando su muerte, la cara de Fernando… Habían sido demasiadas emociones.
- ¿Quién era ella Miguel? ¿Por qué quería matarte? – Pregunté.

Miguel bajo la cabeza y el silencio se prolongó. - Se llama Isabel. - Respiró hondo. - No te conté toda la verdad. Cuando Fernando me transformó, yo estaba furioso, quería venganza. Deseaba que Fernando pagase lo que me había hecho, y me vengué de la peor manera posible, trasforme a la hermana de Fernando. Quería hacer lo mismo que el hizo conmigo, necesitaba que él sufriera lo mismo. Pero no me sentí bien, ni satisfecho, mi pena fue mayor, había puesto fin a una vida joven, después de cinco siglos Fernando pudo perdonarme, pero ella jamás lo hizo y nunca lo hará. Desde entonces, ella me persigue y mata a todos los que me rodean, por eso Fernando está aquí, ella siempre me encuentra y Fernando siempre intenta convencerla. Isabel también culpa a Fernando por haberlo consentido.
Las palabras de Miguel me dejaron helada. Pensaba que Fernando no se preocupaba por nada, estaba tan equivocada, lo juzgué mal. Fernando tenía una pena mayor, sufría porque nunca podría estar con sus seres queridos. Por eso habían tomado camino diferentes, porque miguel había trasformado su hermana.
Fernando todavía sentía rencor hacia Miguel y sólo estaba aquí por su hermana, Miguel lo permitía porque se sentía culpable.
- ¿Por qué no me lo contaste nunca? – Le pregunté.
- Temí que quisieras dejarme o peor, que me temieses.
- ¿Quién es el hombre que ha matado?
- Un buen amigo. – Dijo. Pude ver la tristeza en sus ojos, podía reprocharle nada, ya tenía suficiente con su remordimiento. Además, yo tampoco era sincera con Miguel, le escondía un secreto.
- ¿Ibas a permitir que te matara?
- Sólo así, acabara todo, de lo contrario, ella seguirá matando, y temo por ti. – Dijo, cogiendo mi mano.
- Júrame, que jamás me dejarás y que no permitirás que ella te haga daño alguno.
- No permitiré que ella te haga daño, aunque vaya mi vida en ello. Cuidare de ti Gabriela. - Me prometió. Le creí, sabía que decía la verdad, sentí ira dentro de mi hacia a mi misma por no querer a Miguel como antes, por no haberlo querido nunca como se merecía.
Estuvimos ahí hasta que amaneció. Cuando bajé para cambiarme de ropa para ir al instituto, Fernando no estaba en la casa. Mati se encontraba desayunando. Le pedí que no abriese la puerta a nadie. Le expliqué más o menos lo que había pasado, no quería asustarla.

Llegué al instituto más temprano de la cuenta, estuve dentro del coche esperando a que los alumnos y los maestros llegasen. Con todo lo que pasó ayer no pude ir a casa de David, quizá sería mejor así.

Alguien toco la ventanilla del coche del lado del pasajero, mire rápidamente, era Fernando. No me había dado cuenta de su presencia, estaba tan concentrada en mi propio mundo… Abrió la puerta y se sentó.
- No me esperaste. – Dijo. No tenía signo de tristeza ni de mal humor en su cara.
- Pensé que no ibas a venir hoy, no te encontré en casa. – Dije.
- ¿Y perderme un día en el purgatorio? – Dijo, entre risas. Pero sabía que no estaba bien, intentaba disimular su tristeza, como yo.
- Ya te ha contado Miguel, ¿verdad? – Preguntó.
- Sí, anoche me lo contó todo. – Dije, mirando al retrovisor. Entonces vi como llegaba el coche de David, salí del coche para ver si lo veía mejor, ya empezaban a llegar los alumnos en sus coches. Fernando salió del coche y se puso frente a mí.
- Si estás enamorada de él, por qué no se lo dices. - Habló Fernando, dándose la vuelta y mirando en dirección a David.
- ¡Oh! Claro, por qué no voy y le digo: Hola David, soy Gabriela y estoy enamorado de ti, por cierto hay un problema tengo pareja y otra cosita… soy un vampiro. Pero no te preocupes sólo bebo sangre de animal. - Dije desviando la mirada.
- Pero qué eres un vampiro, él ya lo sabe. - Dijo Fernando.
- No estoy para bromas Fernando. – Dije fulminándolo con la mirada.
- No estoy de broma, te lo digo enserio.
No podía creerlo, cómo iba a saberlo, pero… por eso me susurraba en las clases, sabía perfectamente que podría escucharlo, luego estaba la película de vampiros que estaba viendo en, su habitación, y sabía que yo estaba en aquel árbol, por eso me llamaba. También estaba el día el coche, él estaba tan nervioso… y luego dijo que “no ha sido tan aterrador como pensaba”.
- Y lo de que tiene pareja… tampoco necesitas decírselo, porque él cree que estamos, juntos. - Dijo Fernando, con algo de sarcasmo en su voz.

Pero yo no estaba para bromas. ¿Qué voy hacer ahora? Si David sabe lo que soy por qué no me dijo nada, ¿habrá dicho algo a alguien?
Me monté en el coche y me fui a casa. Subí directa a mi habitación, me tumbé encima de la cama y estuve mirando el cielo. Tenía demasiadas preguntas sin respuesta.
Qué voy a hacer ahora, si realmente David sabe lo que soy, no quiero volver a la oscuridad, tampoco quiero poner su vida en peligro, no puede ser, un mortal con un vampiro. Y Miguel, qué pasaría con él. Esto no me puede estar pasando.

Me senté en la, cama. - La puerta está abierta Mati, entra. - Mati abrió la puerta despacio, llevaba un ramo de flores en las manos. Qué extendió en mi dirección.
- Miguel... – Dije. Pero Mati me interrumpió.
- No, es de David. – Dijo, poniéndome el ramo en las manos. Acto seguido salió por la puerta. Las flores eran pequeñas y de mi color favorito, azul cielo. No pude articular palabra, de cualquier manera, Mati ya se había ido.
Como descubrió que vivo aquí. Entonces vi que en medio de las flores había una nota. Al abrirla leí:
Estas flores se llaman “no me olvides”.
Cuenta la leyenda que un ángel se encontraba llorando a las puertas del paraíso del que Alá le había expulsado, porque el ángel amaba a una mujer mortal, solo sería perdonado si plantaba la flor “no me olvides” por todo el mundo. Cuando el ángel contó a su enamorada este requisito tan difícil de cumplir, ella prometió ayudarlo en su tarea. Tanto amor y sacrificio conmovieron a Alá, que otorgó la inmortalidad a la mujer y abrió las puertas del paraíso a los amantes.

¿Por qué me mandaba esas flores? Leí nuevamente la leyenda y fue cuando la palabra inmortalidad me llamo la atención, ya no sólo me preocupaba por la hermana de Fernando, ahora también por David.
Estuve todo el día pensando que iba hacer. Tenía que hablar con David, sé que Fernando no me mentiría sobre este tema, pero quería saber si realmente él creía que yo era un vampiro o si sólo lo imaginaba, ¿me tendría miedo? Intenté no pensar en nada de eso.

Fernando llegó del instituto y no dijo ninguna palabra. Miguel también llego de su trabajo. Fue algo incómodo, todos estaban callados y en su propio mundo.
Miguel no separó de mí, ni un segundo mientras cazábamos. Al otro día cuando Fernando me llamó para ir al instituto, no sabía qué hacer, no podía aparecer en el instituto, así, sin más, no podía mirar a David, y más sabiendo que él conocía toda la verdad. Así que decidí no ir, me quedé en casa nuevamente, con Mati.
- ¿Por qué no has ido al instituto hoy, cariño? – Preguntó, Mati mientras limpiaba las teclas del piano.
- Él ya sabe toda la verdad. – Dije, pasando el dedo con suavidad por encima de la cola del piano.
Mati dejo de limpiar y me miró. - ¿Quién sabe la verdad? – Preguntó expectante.
- David. – Dije.
Ella siguió limpiando como si no hubiera dicho nada. - Ya lo sé, cariño. – Dijo. Me quedé perpleja, cómo lo sabía si yo no había dicho nada. Antes de que pudiera preguntar, ella mismo se explicó.
- Hace dos años, miré la mano de David, y te vi llegar, pero fue algo extraño, sólo veía oscuridad, y esa oscuridad abrazaba a David, él se dejaba, él quería, buscaba la oscuridad y todo se oscureció, sólo comprendí lo que significaba cuando me dijiste que estabas enamorada. Yo puedo leer el futuro cariño, pero tu futuro se acabó el día que te transformaron, perdiste tu alma, por eso no pude verte. - Dijo ella, acariciando mi rostro con mucha suavidad.
- ¿Qué quiere decir que él se dejaba abrazar por la oscuridad y que lo buscaba?
- Cariño, tú te cruzaste en el camino de David hace mucho tiempo, eres su destino, no puedes luchar contra eso. – Dijo con seguridad, ese gesto fue algo que me llenó de valor, me hizo sentir que podía luchar por él.
- Eres la mejor mamá humana del mundo. - Ella se rió.

Al día siguiente estaba dentro del coche esperando ansiosa a Fernando.
- Creo que alguien te ha echado de menos en el purgatorio. – Dijo Fernando mientras entraba en el coche.
Estaba tan feliz, flotaba en mis propios pensamientos y el comentario de Fernando me hizo reír.
- Espero que esté todo como lo he dejado. - Dije con sarcasmo.
Fernando se rió. – Tranquila, los humanos sigue con sus vidas insignificante como siempre.
Cuando llegamos al instituto, busqué el coche de David, pero no estaba, ¿dónde estaría? Entramos en el instituto y lo seguí buscando por todo los sitios posibles, pero no lo encontré. Las clases se me hicieron eternas, iba a tener que darle la razón a Fernando, estaba siendo una tortura.
La última clase fue de filosofía, era la única clase en la que coincidía con David. Entré en la clase y tampoco estaba. Me senté en el mismo pupitre del otro día.
- Gabriela, podrías empezar a leernos tu trabajo. - Preguntó la profesora.
No me había acordado del trabajo de filosofía y David no estaba aquí. Antes de poder reaccionar, David apareció en la puerta, parecía estar buscando a alguien dentro d ela clase, entonces nuestras miradas se encontraron.

martes, 22 de noviembre de 2011

segunda parte del Capítulo ocho. Instituto

Recogí mis cosas y salí de la clase en busca de la cafetería y de Fernando, cuando entré, él ya estaba sentado en el fondo con tres chicas. Sólo estuve una hora lejos de él y ya estaba con tres chicas, creo que él debía ser el canguro pero tal y como iban las cosas, me iba a tocar a mí.
Fernando me miró y me hizo una señal de cabeza. Salí de la cafetería y lo esperé en el pasillo donde no pasaba nadie.
- ¿Qué haces con esas chicas? ¿Cuál fue la parte de pasar desapercibido, que no has entendido? – Murmuré furiosa, mientras él se acercaba con aquella risita tonta en sus labios.
- No hice nada, estaba sentado esperándote y ellas me preguntaron si podían sentarse, no iba permití que unas chicas tan hermosas estuvieran de pie. – Dijo. - Me encanta este instituto primita. ¡Ah! Una pregunta, ¿tenemos que comer esa comida horrible para humanos? – Preguntó, poniendo cara de asco.
- No lo sé, a lo mejor sí. - Contesté, pero mi atención estaba puesta en David que pasaba y me miraba fijamente.
- ¿Cómo pueden los humanos oler tan bien, con esa basura que comen? – Susurró Fernando, creo que para sí mismo. Al ver que yo no prestaba mucha atención a sus tonterías, me tiró del brazo para ir a la cafetería. David desvió la mirada hacia Fernando, era más bien de curiosidad.
- ¿Puedes soltarme? - Pregunté mentalmente a Fernando.
- Es algo irritante tenerte dentro de mi cabeza dando órdenes. - Susurró Fernando.
Disimulé una risita. Cuando entramos en la cafetería las chicas ya no estaban sentadas en la mesa. Fernando se sentó y yo fui a comprar algo para tomar, no tenía ni idea de que comprar, pero tenía que disimular que comía o bebía algo, a mi lado había una chica pidió una Coca-Cola, así que pedí lo mismo. A la hora de pagar, escuché una voz familiar a mi espalda.
- Te invito yo. - Era David. Me di la vuelta.
- No, gracias. - Dije mirándole a los ojos.
- Insisto.
- ¿Pasa algo Gabriela? - Era la voz de Fernando que ya estaba a mi lado con una mirada picarona, ni me había dado cuenta que él se acercaba hasta que me dio un beso en la mejilla. Por qué demonios había hecho eso.
David fulminó a Fernando con la mirada y luego se fue a una mesa, seguido por Jessica.
- Deja de mirar. – Susurró, Fernando.
- ¿Qué ha sido eso? ¿Por qué me has dado ese beso? - Pregunté enfadada. Se limitó a soltar una risita.
- Te he ayudado, y así me lo agradeces. – Dijo, como si estuviera ofendido.
- No se de qué me hablas. – Dije, mientras pagaba la Coca-Cola y me iba sentar en una de las mesas. Fernando siguió mis pasos como si fuese mi sombra.
- Está furioso, cree que somos novios. - Murmuró con burla. Hice como que él no hablaba conmigo, mientras habría la Coca-Cola. - Está celoso, y eso es bueno, significa que siente algo por ti. – Murmuró, otra vez Fernando, mientras yo daba un sorbo a la Coca-Cola, era algo extraño, estaba fría, pero no sentía sabor de absolutamente a nada.
- Gabriela, sé que desconfías de mí, pero te prometí ser bueno, y tranquila sé lo de David. Puedo controlar la sed por la sangre humana, pero no por sus pensamientos. – Dijo, mirándome con aquellos ojos del color del cielo. Así que él sabia todo, realmente había escuchado todo. Qué iba hacer ahora, Miguel no se podía enterar de nada, sólo le causaría dolor.
- No necesitas, manipular mi mente, te guardaré el secreto y si quieres te ayudaré.
No había pensado manipular su mente, pero no me venía nada mal ese poder.
- ¿Por qué? Eres como una familia para Miguel, eres su creador, ¿por qué prefieres ayudarme a mí? ¿Por qué debería confiar en ti? – Pregunté, dando vueltas a la lata de Coca-Cola de un lado a otro. Podía sentir la mirada de David en mi dirección, pero no iba a mirar.
- Supongo que Miguel no te habrá contado el motivo por el cuál tomamos caminos distintos, ¿no? – Preguntó, arqueando las cejas.
Hice un señal con la cabeza negando. - ¿Qué pasó? – Pregunté.
- Otro día te cuento, no puedo concentrarme con esa chica… - Dejó la frase en el aire y miró en dirección de la mesa donde estaban David y Jessica.

Sí las miradas pudieran matar Fernando y yo estaríamos muertos otra vez, la mirada de David iba hacía Fernando y la de Jessica hacía a mí. En sus miradas no había nada agradable. Sentía curiosidad por saber lo que estaban pensando, pero tenía que respetar los pensamientos de los humanos. Jessica intentaba llamar la atención de David, pero su mirada estaba fija en nuestra mesa y no desvió la mirada un segundo.

Sonó el timbre y Fernando se levantó cogiendo mi mochila, a lo mejor me había hecho una idea equivocada de Fernando, a lo mejor le juzgué antes de conocerlo.
Salimos de la cafetería a la siguiente clase, Fernando pasó las siguientes horas, cambiando miraditas con las chicas de las clases, más bien hipnotizándolas con esos ojos azules.
- Ella también está enamorada de él. - Dijo Fernando.
Yo no dije nada, seguí en dirección del aparcamiento.
- Ya te dije Gabriela, que puedes confiar en mí. – Murmuró.
Me di la vuelta y le miré .Pero en vez de encontrar su mirada, a través de su hombro encontré otra mirada, una mirada penetrante, cálida, la mirada de David. Me di la vuelta y entré en el coche. - Ponte el cinturón. – Dije, mientras Fernando se sentaba en el asiento del copiloto.
Escuché su risita, ya sabía lo que pensaba, ¿para qué un vampiro se iba a poner el cinturón? Si llegamos a tener un accidente, el coche sería el único que sufriría. Le iba a contestar sobre la importancia del cinturón y respetar las apariencias, pero en ese momento otra cosa llamó mi atención.
David abría la puerta del coche para Jessica y al cerrarla miró hacía a mí, desvié rápidamente la mirada, seguramente la llevaría a su casa, ¿estarán saliendo? Al pensar en esa posibilidad, algo estalló en mi interior. Debía haber pensado que él podría estar con alguien, cómo voy a poder verle todo los días con otra a su lado, debería alegrarme porque él tuviese a alguien en su vida, al menos él podía ser feliz, y eso tenía que bastarme, nadie en el mundo podría amarlo como yo lo amaba, pero tampoco nadie en el mundo podría ponerle en peligro como yo.

Cuando llegamos en casa, Mati estaba en la cocina, antes de entrar en la casa ya lo sabía, por el olor fuerte de su comida, cada día me acostumbraba más a esos olores, a Fernando creo que no le hacían mucha gracia, por su cara de asco. Los olores no eran nada apetecibles, pero ya no me importaba
- Hola Mati. - Le saludé, mientras me sentaba en la silla y ponía mi mochila en la mesa. Fernando siguió de pie en la puerta mirándonos.
- Hola cariño, ¿cómo fue tu primer día en el instituto? – Preguntó, abriendo una olla y moviendo algo que estaba dentro, lo que hizo a Fernando volver poner una cara de asco, sufoque una risita tonta.
- Es como estar en el medio del bosque con los animales, pero en el instituto son aún más apetecible. - Dije. Y ella se río.
- Pues yo diría que es el sitio más aburrido al que he ido en siglos. - Dijo Fernando que seguía parado en la puerta.
- Pues yo diría que estabas disfrutando, hipnotizando a aquellas pobres chicas. - Dije burlándome de él. Fernando se acercó y antes de que diera un paso más, le hice un gesto negativo con la cabeza, todavía no confiaba en él lo suficiente para dejarlo tan cerca de Mati. Lo quería bien lejos de ella. Fernando levantó las manos y se fue.

Acompañé a Mati un rato más, en la cocina, luego subí a mi habitación y me eché en la cama con la vista al cielo. No podía sacar la imagen de David y Jessica de mi cabeza, ¿estarían juntos? Pero si estuvieran juntos, él habría cambiado de pareja para hacer el trabajo. Estuve toda la tarde dándole vueltas en mi cabeza.
Escuché una familiar melodía sonando desde abajo. Bajé las escaleras y estaba Fernando tocando el piano, me senté en el sillón y dejé que la canción llenara toda la habitación con aquellas preciosas notas.
- ¡Hora de comer! - Dijo Fernando con sarcasmo y dejando de tocar el piano.
Miguel acababa de llegar, podía escucharlo metiendo el coche en el garaje. Minutos después entraba en el salón. Miró en mi dirección, sentada en el sillón, y luego a Fernando que seguía sentado frente al piano.
- ¿Cuántos criminales has metido entre rejas hoy? - Preguntó Fernando con una voz de burla.
Miguel ignoró a Fernando y vino en mi dirección, se arrodilló frente a mí. - ¿Cómo fue tu primer día de clase? – Preguntó, cogiendo mis manos y dejando su maletín a un lado.
- Mejor de lo que esperaba. – Dije, no hizo falta mirar a Fernando para ver su risita.
¿Es lo que querías? – Preguntó. - Has conseguido todo lo que propusiste, ¿recuerdas? - Dijo, y era verdad, vivía entre los humanos, estudiaba, tenía mi casa, pero me faltaba el más importante amor, si es que puedo tenerlo algún día. Yo asentí con la cabeza, Miguel levanto mi barbilla con la mano.
- Veo tristeza en tus ojos, ¿qué te pasa, cariño? - Qué le iba decir, que estaba triste porque David un chico humano puede tener novia y puede estar enamorada de ella y que me pone furiosa con sólo pensarlo.
- No es nada, sólo tengo sed. – Dije, él asintió con la cabeza, me cogió de las manos y miró a Fernando.
- ¿Vienes con nosotros? – Preguntó.
- Llevo todo el día esperando este momento. – Dijo Fernando. No pude evitar sonreír.
Fernando vivía tan despreocupado de todo, sólo le importaba llenar sus venas de sangre cada día, nada más, añoré el tiempo en el que yo vivía así, jamás creí que iba pensar eso, que me extrañaría vivir en la oscuridad. Pero cada día que vivía entre los humanos, por una parte por el control de mi sed, cada día me resultaba más llevadero, pero los sentimientos humanos, el cariño que se sentía por ellos, era tan complicado de entender.
Cuando llegamos en el torcal, no vimos ninguno ciervo, paloma u otro animal. Estaba todo desierto, como si hubiera ya algún peligro, que los animales hubieran captado escondiéndose entonces.

Miguel, Fernando y yo nos separamos para buscar alguna presa, me subí en unas de las rocas e inspiré el olor del aire fresco, pero había algo más, un olor a sangre fresca, pero no era la sangre de un animal, era una sangre más enloquecedora, más dulce, podía sentir el sabor de la sangre en mi lengua. Sólo podía ser sangre de un humano, miré a mi alrededor y a unos metros de donde estaba, al oeste había un hombre con el cuello

lunes, 24 de octubre de 2011

Capítulo ocho. Instituto.

Cuando llegamos al aparcamiento, Fernando aparcó el coche lejos de los demás.
- ¿Por qué aparcas aquí? – Pregunté.
- Sé que no confías en mí, y tampoco te pido eso, pero quiero cambiar mi estilo de vida, es sólo eso, y qué mejor que hacerlo en un instituto. - Contestó mirándome con una de esas risitas irritantes suyas.
Cogí mi mochila y salí del coche.
- Tranquila primita. - Habló Fernando detrás de mí. No se cómo pude aceptarlo, además de tener que aguantarlo, Miguel arregló los documentos como si Fernando fuera mi primo.

Cuando llegamos frente al instituto, muchas miradas nos observaban. Fernando estaba encantando de ser el centro de atención de todos. Mi sed estaba controlada y los latidos de los humanos ya no tenían tanto poder sobre mí. Lo controlaba. Podría ignorarlos.
- ¡Pasa desapercibido, no te olvides! – Le dije, utilizando mis pensamientos. Él me miró con cara de sorpresa, como si estuviera teniendo alguna alucinación. Disimulé una risita.
- Puedo controlar tu mente si lo deseo, así que compórtate. - Le amenacé. Pero no le mire otra vez, caminé en dirección del mostrador, había una señora sentada con el pelo corto y gafas. Me acerqué.
- Hola me llamo Gabriela Bravo, vengo a recoger mi horario. - Miguel había cambiado mi edad a 17 años, así podría estar mínimo 2 años en el instituto. La mujer miró en unos papeles y luego me entregó una hoja. - ¿Podría entregarme el horario de mi primo? También se apellida Bravo, Fernando Bravo.
- Tiene que venir a recogerlo él. - Dijo la señora de mal humor. Miré a mi lado pero Fernando ya no estaba, cuando miré al otro lado, estaba hablando con una chica morena, bajita y muy delgada. No iba a ser nada fácil, parecer ser yo que sería la canguro. Cuándo él me miró le fulminé con la mirada e hice un gesto con la cabeza para que se acercase.
- No bromeo, tenemos que pasar desapercibido. - Susurré mientras él se acercaba. Cogimos los horarios, teníamos todas las clase juntos, excepto dos, filosofía e idioma, él había escogido alternativa. Cuando pregunté por qué había cambiado de clase, dijo que ya sabía demasiados idiomas y no le gustaba filosofía.
No había visto a David por ningún sitio. Entramos en la clase de historia, Fernando se sentó a mi lado, él estaba disfrutando con todas las chicas mirándolo. El profesor entró en la clase con unos libros en las manos.
- Al parecer tenemos alumnos nuevos. - Dijo mirando en nuestra dirección. - Yo soy Juan Muñoz. Podrían presentarse, por favor.
No sabía que en el instituto se pasase tanta vergüenza. Me levanté junto a Fernando y nos presentamos. El profesor nos pidió que nos sentáramos otra vez cuando terminamos y empezó su clase de historia. La clase pasó muy aburrida, nada que no supiese ya. La siguiente clase era de lengua, nos sentamos antes de llegar la profesora.
- ¿Cómo puedo escuchar tus pensamientos? - Preguntó Fernando.
- Sólo puedes escuchar los que yo te permita y si lo deseo también puedo controlar tu mente. – Contesté yo.
- Si eso es verdad, podrías controlar la mente del profesor que entra, no quiero tener que presentarme otra vez. - Murmuró.
Sofoqué una risita. - Pensé que te gustaba ser el centro de atención. - Él puso los ojos en blanco, pero el profesor estaba tan liado con sus propias cosas que ni se dio cuenta de nuestra existencia, algo muy raro porque desde que llegamos los humanos no nos quitaban los ojos de encima.

La siguiente clase que tocaba era filosofía, encaminé en medio de aquella multitud, para encontrar mi siguiente clase. - ¡Compórtate, nos vemos en el almuerzo! – Pensé, mientras me alejaba.
- Llevo esperando toda la mañana, la hora del almuerzo.- Estaba ya a algunos metros de Fernando pero escuché sus murmullos y una risita.
Seguí buscando mi clase, sin prestarle atención. Estaba en la tercera planta. Antes de entrar, sentí que él está allí, en esa clase. Pude escuchar su voz.
- Estoy bien. – Dijo él.
- ¿Estás seguro? Si me necesitas, aquí estoy, siempre a tu lado. - Sonaba una voz de chica. Y al escuchar esas palabras sentí algo crecer dentro de mí, que no me deja pensar con claridad.
- Debes ser la chica nueva, Gabriela, ¿verdad? - Habló una voz femenina detrás de mí. Cuando me volví para ver quién me había llamado, era una mujer alta, rubia, de ojos verdes.
- Sí, me llamo Gabriela. - Me presenté.
- ¡Oh! Perdón, no me he presentado, soy Merche Sánchez tu maestra de filosofía, bueno entremos en la clase. - Asentí con la cabeza y la seguí, entré en la clase detrás de ella, buscando a David con la mirada, vi que estaba sentado, escribiendo algo en su cuaderno, era tan perfecto.
- Chicos, atención, por favor. - Habló Merche, la maestra. - Tenemos una alumna nueva. David seguía entretenido con lo que estaba haciendo, ni levantó la cabeza para ver quién era la chica nueva. Seguía con aquella expresión de aburrimiento.
- Ella es Gabriela Bravo. - Siguió la profesora. En ese momento David me buscó con la mirada, cuando me encontré con aquellos ojos me perdí en ellos, pero él sí que estaba perdido en mis ojos, le estaba hipnotizando. Desvié la mirada hacia la profesora, ella me dijo que me podía sentar en un pupitre vacío que había al lado de David, pero no me podía sentar a su lado, verle de lejos ya tendría que bastarme. En el otro extremo de la clase había otro pupitre vacío, era ese o sentarme con él. Me fui en dirección al otro lado, donde estaba el pupitre vacío, antes de llegar escuché mi nombre nuevamente.
- ¿Gabriela te importaría sentarte con David? Lo que vamos hacer hoy es de grupo, y él es el uno de los que está sin compañera. – Dijo la profesora. ¡Genial! Pensé.
Cuando volví para ir en su dirección, él ya me estaba mirando, pero esa vez no sostuve su mirada, me senté a su lado pero no le saludé, ni le miré en ningún instante.
- Hola, Gabriela. - Dijo él con una voz muy bajita, casi en susurros, como si supiera que podría escucharlo. No podía contestarle, ningún humano podría escuchar aquellos susurros, tenía que comportarme como un humano normal.
La profesora entregó un pequeño libro de poesía para cada pareja, cuando levanté la mano y la mirada para coger el libro me di cuenta que una chica de ojos negros y pelo castaño que estaba sentada dos sillas por delante, me estaba mirando con cara de pocos amigos. Desvié la mirada en seguida para el libro, un libro que ya había leído hacía unas décadas.
- No puedo sacarte de mi cabeza, desde del primer día que te vi. - David volvió susurrar entre dientes.
Seguí mirando el libro como si nada. Mis oídos no daban crédito a lo que oía. Por qué me decía esas cosas, él también pensaba en mí, si mi corazón latiera estaría frenético. Podía sentir su mirada sobre mí, pero seguí mirando el libro, la página que me indicó la maestra, le pasé el libro para sin mirarle.
- La semana que viene no podré venir – dijo la profesora - así que el trabajo es para dentro de dos semanas, quiero que traigan un pensamiento, una poesía, una reflexión, algo que ese libro inspire en vosotros y que sea de grupo. ¡Nada de trampas! – Dijo, señalando con el dedo en dirección a dos chicos que estaban sentados juntos.
Miré de reojo a David, no estaba leyendo el libro, me estaba mirando. Es como si estuviera analizando todos mis movimientos.
- Hola. - Murmuró en un tono más alto que antes.
Cuando le miré, me encontré con aquellos ojos castaños, estaba todo al revés, en vez de perderse él en mi mirada, yo me perdía en la suya, su boca se curvo abriendo paso a una sonrisa, diría que una sonrisa seductora.
- Hola Da... David, ¿no? – Pregunté. Mi voz sonó cariñosa. Su respuesta fue una perfecta sonrisa que se amplió cada vez más.
Escuché varios murmullos a nuestro alrededor. Y uno me llamó la atención, era de la misma chica que me miraba antes, una mirada nada agradable por cierto.
- ¿Has visto que él no deja de mirarla? – Susurró, la chica de los ojos negros a su compañera de pupitre. - ¿Por qué tiene que sentarse con él? Le quiero y ninguna chica nueva me lo va a quitar. - Susurró otra vez.
- Si quieres, podemos quedar para hacer el trabajo. - Dijo David, atrayendo mi atención.
- Mmm... Mejor que cada uno haga el suyo individualmente. – Murmuré, sin prestar mucha atención, lo que quería oír era la conversación de aquellas dos chicas.
- Es un trabajo de grupo. - Dijo él.
- ¿Qué? – Pregunté.
- Es un trabajo de grupo, no individual. - Dijo él, y lo peor es que tenía razón, pero no podía ir a su casa y mucho menos podía él venir en la mía.
- ¡Eee…! Lo sé, es que prefiero así, tu haz el tuyo y yo el mío, y luego decimos a la maestra que lo hicimos juntos. – Dije, pero él no parecía estar prestando mucha atención a lo que decía, me miraba con curiosidad, podía ver como su mirada se detenía en mis labios, en mis ojos, mi pelo... Me sentía cómoda a su lado, sus latidos eran como canción para mis oídos, como un exquisita melodía, su voz era como el sonido de campanas, su mirada era intensa y profunda, su rostro era la perfección. Todo en él me llamaba la atención. Y hacia que me olvidara de todo lo demás. Podría seguir mirándolo, por mucho tiempo. Cuando el abrí la boca para decir algo, el timbre sonó, la chica de ojos negros ya estaba situada frente a su pupitre.
- Si quieres podemos cambiar de pareja y hacer el trabajo juntos. - Dijo ella con una sonrisa.

Al escuchar esas palabras algo dentro de mí y supongo que nada bueno, fue creciendo a toda velocidad, fue complicado controlar mi furia, pero ese sentimiento era distinto tenía algo de rabia mezclado, fue algo que nunca había sentido antes, no sé cómo explicar, solo sé que…
- Gracias Jessica, pero voy hacerlo con Gabriela. - Dijo él interrumpiendo mis pensamientos.

Ahora lo que crecía dentro de mí era un sentimiento agradable, él prefirió hacer el trabajo conmigo, y no con esa chica, en la que no me había fijado antes, era muy guapa, con esa melena rizada de color castaño, y esos ojos grandes negros, pero con todo eso me había elegido a mí, aún sabiendo que no vamos hacer el trabajo juntos.

martes, 11 de octubre de 2011

Capítulo siete. Visita inesperada.

Cuando llegamos a casa, Miguel ya estaba allí, y además acompañado. Escuché una conversación dentro de la casa… - ¡No te puedes quedar, tenemos que pasar desapercibidos! - Era la voz de Miguel y percibí su enfado por el tono de voz. - Es inevitable luchar contra la naturaleza, amigo mío. - Era una voz de hombre, pero no escuchaba ningún latido de corazón, sólo escuchaba los latidos de Mati que estaba conmigo en el coche. Sería un vampiro. Mati ya estaba abriendo la puerta del coche, rápidamente la cerré, no quería asustarla, pero era inevitable. Ella me miraba en busca de una respuesta por mi reacción.

- Mati, quiero que te quedes aquí. Miguel está hablando con alguien dentro de la casa y ese alguien no es humano. - Dije. Luego, salí disparada hasta la entrada. Abrí la puerta con cuidado y entré, no noté la presencia de nuestro visitante. Miguel estaba cerca de la chimenea con un joven alto, rubio de ojos azules como el cielo. La conversación se detuvo a mi llegada y me miraron sorprendidos.

- ¿Les interrumpo? - Dije con una sonrisa amable, a la vez que me acercaba a Miguel.
- Claro que no, cariño. - Murmuró Miguel, dándome un beso en la mejilla.
- Tú debes ser Gabriela. - Dijo el joven de los ojos del color del cielo. Tenía una sonrisa perfecta.
- Sí, ella es Gabriela. - Contestó Miguel.
- ¡Vaya! Miguel no me advirtió sobre lo hermosa que eres. – Dijo.
- Cariño, él es Fernando. – Contestó Miguel. Estaba en lo cierto aquel joven que no tendría más de 20 años, no era humano, era un vampiro. El vampiro que transformó a Miguel, a algunos siglos atrás. Por qué Miguel le diría que no se podía quedar aquí. Que yo sepa, Miguel ya había perdonado a Fernando por haberlo convertido. Pero qué hacía él aquí. Algo en él no me inspiraba confianza.
- Es un placer conocerte, Gabriela. - Dijo con una voz encantadora.
- Lo mismo digo. - Repliqué con una sonrisa forzada. – Miguel, ¿me puedes explicar qué hace él aquí? Pensé, utilizando mis poderes.
- Cariño, Fernando estaba preguntando antes que tú llegada, ¿si podría pasar una temporada con nosotros? – Contestó Miguel, pero en su voz noté algo de contrariedad.
- Sí, cuando llegué pude escuchar algo de la conversación, algo como… ¡Es inevitable, luchar contra la naturaleza! ¿Qué quiere decir? – Pregunté, mirando a Fernando a los ojos. Él disimuló una risita. Pero no fue él quien contestó mi pregunta, sino Miguel.
- Fernando no sigue nuestra dieta. – Dijo, con una expresión extraña de explicar.
- Entonces, ¿de qué se alimenta? - Pregunté con la mirada fija en la de Fernando. Miguel nunca me dijo que había otra manera de saciar la sed. Y si hubiera otra manera, sin duda, Miguel habría optado por ella. Desvié mi mirada a mi compañero y vi una mirada inquietante en los ojos azules de Fernando.
- De sangre. – Dijo, pero yo no estaba entendiendo nada, si él acababa de decir que no sigue nuestra dieta y nosotros tomamos sangre… Creo que al ver la expresión de confusión en mi rostro, Miguel me explicó.
- Él, toma sangre como nosotros, pero a él no importa de dónde viene la sangre. Lo que quiero decir es, que al él le da igual que sea de un animal o de un humano, mientras sea sangre y sacie su sed. - Miré a Miguel horrorizada, con los ojos abiertos de par en par. Cómo había dejado entrar en casa a un vampiro que bebía sangre humana, y si Mati estuviera dentro de la casa, qué pasaría. Si para mí era una tortura controlarme y nunca había probado la sangre humana, imagina a uno a quién no le importan sus vidas. No podía dar crédito a lo que Miguel había hecho. No había pensado en Mati, sabiendo lo importante que ella es para mí. Ahora entiendo la conversación de antes. Una parte de él tenía razón, no podíamos luchar con eso, pero podíamos intentar vivir de otra manera.
- Tranquila, no te asustes, Miguel ya me habló de Matilde, la humana que vive con vosotros, y te prometo no tocar ninguno humano en mi estancia aquí. – Dijo, creí percibir algo de sarcasmos en su voz. Pero no confiaba en él. Miguel tendría que haberme consultado antes de tomar esa decisión, no me gustaba nada la idea de tener ese vampiro en mi casa. Detrás de esa mirada se escondía algo muy oscuro. Pero al parecer, Miguel no sentía que él fuera una amenaza.
- ¿Crees que podrás controlar tu sed? – Pregunté. En sus labios se formó una sonrisa burlona.
-Llevo siglos viviendo con ellos. – Dijo, ampliando aquella sonrisa y enseñando aquellos relucientes dientes.
- De cualquier manera, quiero que estés lejos de ella y de cualquier otro humano, si deseas pasar una temporada aquí… - Le advertí, dejando bien claro lo de la temporada. -En el piso arriba, donde terminan las escaleras, a la derecha, hay una habitación, puedes ocuparla para poner tus cosas. – Dije, con una mirada de advertencia.

Cogí a Miguel de la mano y salimos del salón. Cuando estábamos fuera de la casa, lejos de la percepción de Fernando…. - ¿Por qué permitiste que se quede aquí, sabiendo que él se alimenta de sangre humana? ¡No te importa Mati!
- Él no hará daño a nadie, cielo. – Dijo.
- Más le vale. – Murmuré.
- Anhelo estar todo el día en tu compañía. - Susurró Miguel con melancolía en la voz y sus labios pegados a mi garganta.
Cuando miré para arriba, vi unos ojos azules que nos estaban observando. Sostuve la mirada y entonces me acordé… ¡Mati! Estaría dentro del coche asustada, o más bien harta de estar esperando.
- Mati está dentro del coche, en el garaje, tengo que ir por ella. – Murmuré.

Conforme llegaba al garaje escuché los latidos de su corazón y latía con normalidad. No estaba asustada, pero pude notar el aburrimiento en su expresión.
- Lo siento, ya puedes salir. – Dije, abriendo la puerta. Ella me miró con aquellos ojos grandes.
- ¿Qué pasa señorita Gabi? - Me preguntó de pie frente a mí.
- Mati, tenemos una visita inesperada, nuestro visitante también es un vampiro. Va a pasa una temporada con nosotros. Quiero que estés lejos de él. - Le advertí. - Él no vive exactamente como Miguel y como yo, él toma sangre humana. Ha prometido que no tomará sangre de ninguno humano mientras esté aquí, pero no me fío de él. Así que no te acerques a él. - Le advertí otra vez. Ella pareció comprenderlo todo, su corazón siguió latiendo con normalidad, pero pude ver el terror en su mirada.
- Tranquila, cuidaré de ti. - Le prometí, me acerqué con cautela, sin respirar y le di un fuerte abrazo con mucho cuidado para no hacerle ningún daño. El contacto con su piel fue agradable, su temperatura era más alta, no mucho más que la mía, pero se notaba la diferencia. Ella me devolvió el abrazo con sumo cuidado. - Confío en ti – Su voz era apenas un susurro.

Cambié a Mati de habitación, por la que estaba al lado de la cocina, así cuando ella fuese a comer, no tendría que estar bajando las escaleras y dejando su olor por toda la casa. Le pedí que mientras estuviese el visitante, se limitase a ir de su habitación a la cocina, ya que en su dormitorio había cuarto de baño. La dejé en su nueva habitación, arreglando sus cosas.

Al entrar en el salón, Fernando estaba sentado delante del piano con sus dedos sobre las teclas, en medio segundo fluyó una melodía preciosa del piano. Me acerqué y me senté en el sillón, dejando entrar la canción en mi cabeza. Miré a Fernando, él estaba con una mirada lejana, antes estaba tan enfada que no me fijé en lo hermoso que era, me miró y me dedicó una sonrisa amable, le devolví la sonrisa, pero enseguida se desvaneció con un pensamiento. ¿Dónde estaría miguel? ¿Estaría enfadado por mi rechazo? Bueno él nunca se enfadaba conmigo, siempre me estaba dando amor, era amable y cariñoso. Siempre ha intentado dar sentido a mi existencia, pero hoy descubrí no sé cómo, pero creo mi existencia consiste en aquel chico humano… David.
Pero si realmente él es mi existencia, tengo que alejarme de él, si ahora él es quién da sentido a mi eternidad, sólo tengo que cuidarlo y protegerlo del peligro, teniendo en cuenta que el peligro soy yo, debo mantenerme alejada de él. Y eso voy hacer, me mantendré alejada de él. No tiene sentido que me torture así, jamás podrá ser mío, jamás me pertenecerá, jamás podré amarlo, no tengo corazón y tampoco alma a ofrecerle. Nunca podré acercarme a él. Por otra parte está Miguel… mi Miguel, él me cuidó, me enseñó todo lo que sé, dedico todo su tiempo para estar conmigo, él podría haber vivido a la luz del día, pero prefirió estar conmigo durante siglos en la oscuridad, sólo para estar a mi lado, me enseñó el camino correcto, pero él sabía que yo anhelaba la luz del día y por eso no tomamos sangre humana, porque él tampoco quería arrebatar mi claridad. Él me ama incondicionalmente. Siento que también le quiero, que necesito que esté conmigo. Pero mi amor por Miguel y por David, son como agua y sangre, totalmente distintos. Lo que siento por Miguel es exactamente como el agua de un río tranquilo y llevadero. Lo que siento por David es exactamente como la sangre, que corre por sus venas agitadas, algo difícil de controlar. El agua no sacia mi sed y la sangre prohibida sí. Pero yo necesito el agua y la sangre. La canción se detuvo interrumpiendo así mis pensamientos, me levanté de un salto y fui en busca de Miguel. Fernando seguía sentado frente el piano. Cuando pasé por su lado le dije: - Bonita melodía.

Subí las escaleras, pude escuchar la respiración de Miguel, estaba de espaldas sentado frente su escritorio, muy concentrado en unos papeles. - Cada día más humano. - Pensé. Me deslicé hacia él con mucho sigilo, tapé sus ojos con una mano. - Adivina quién es. -Susurré con los labios pegados a su oreja, luego le di un beso en la garganta. Él con un movimiento ágil, dio la vuelta y cuando quise darme cuenta, estábamos en la cama, él estaba encima, sujetando mis manos.
- Eres muy bueno. - Le felicité y luego soltó una risita. - Pero soy más rápida que tú. -Dije dándole la vuelta y poniéndome yo encima sujetándole los brazos. Me acerqué a su rostro y acaricié su mejilla son mi nariz. - También anhelo tu compañía. - Susurré.
- Si quieres, puedo dejar mi trabajo. – Murmuró.
- Creo que España te necesita más que yo. - Volví a susurrar con mis labios apoyados sobre los suyos.
- ¿Tienes sed? - Preguntó.
- Creo que podré controlarme unas horas más. - Le dije. Vi como en sus labios se formaba una sonrisa burlona y eso me hizo sentir bien, feliz. Me hacía daño cuando él estaba triste o enfadado.

Esa noche Fernando nos acompañó a cazar. Llené todo mi cuerpo de sangre lo más rápido que pude, incluso tomé un poco más, la necesitaba para lo que pensaba hacer. Dije a Miguel que me iba a reunir con Mati, quería estar con ella cuando Fernando llegase en casa. Él para complacerme no me contrario, sé que a él no le hacía mucha gracia estar tanto tiempo sin mi presencia. Pero de la misma forma que él me extrañaba yo extrañaba a David. Y hasta que amaneciese y ellos volviesen a casa, yo tenía unas cuantas horas.
Pensé coger el coche, pero corriendo llegaría más rápido. Cuando llegué a pocos metros de la casa, escuché tres latidos diferentes dentro de la casa, uno era distinto, serían los latidos de Luna.

Me deslicé sigilosamente, hasta llegar al árbol que tenía cerca de una de las ventanas, me colgué de una rama muy gruesa, escondida, entre las otras ramas, se podía ver perfectamente dentro de la habitación, serían las diez de la noche. David estaba echado en la cama viendo la tele de plasma de su habitación. Luna estaba acostada en los pies de la cama, era una habitación sencilla con una cama, una tele, un escritorio en el que había un portátil, en un rincón tenía una estantería con libros, cd´s y un reproductor de música. Lo que me llamó la atención fue, que estaba viendo una película y era película de vampiros. No pude ver nada más por los ladridos de Luna. Tuve que subir más para no ser descubierta. Desde donde estaba podía ver la ventana pero no el interior. Escuché unas pisadas dentro de la habitación, y pocos segundos después la ventana se abrió. David miró de un lado a otro, para abajo y para arriba, estuvo mirando en mi dirección. Pensé que me había descubierto, me asusté cuando oí que me llamaba en susurros. ¿Sabría que estaba allí? Pero… ¿Cómo? No creo que me haya visto, estaba demasiado oscuro para sus ojos humanos, estuve inmóvil, sin respirar. Escuché mi nombre otra vez. Era agradable escuchar mi nombre saliendo de su boca, y a la vez desconcertante, por qué me llamaba, yo no hice ninguno ruido, el único ruido eran los ladridos de Luna. Estuvo con la ventana abierta durante segundo, creo que esperando mi contestación. Seguí observándolo desde donde estaba, él miró otra vez para arriba, y cerró la ventana.

Estuve en la misma postura, casi hasta que amaneció. Bajé del árbol sin hacer ni un ruido y me alejé de la casa unos metros, permanecí esperando entre los árboles, escondida, esperaba a que David saliese, quería saber qué hacía en todo el día. Todavía tenía más o menos una hora hasta que Miguel y Fernando regresasen. Dentro de la casa escuchaba pisadas, él garaje se abrió y salió un coche rojo. El que estaba dentro del coche era David. ¿Dónde iría? Sé que me estaba arriesgando demasiado al permanecer ahí, pero tenía que saber dónde pasa todo su tiempo libre. Seguí el coche entre los árboles, cuando entró en el pueblo, tuve que cambiar mi ruta, pero ya tenía gravado el sonido del motor de su coche, era todavía temprano y no había casi nadie en las calles. Cuando ya no tuve más árboles para esconderme, tuve que pasar por la ciudad, no anduve mucho tiempo, él había aparcado el coche, estaba cerca de una plaza con muchos árboles a su alrededor, miré a los lados y no vi a nadie, así que subí a un árbol. Él abrió la puerta del coche y cogió algo del otro asiento, cuando cerró la puerta pude ver lo que llevaba, era una mochila, lo que él hacía en su tiempo libre era estudiar. Se encaminó hacia un edificio de cuatro plantas que estaba del lado del aparcamiento, tenía un letrero que decía: “los colegiales”.
Frente el instituto, había muchos humanos hablando, acababa de llegar un autobús con más personas, sólo escuchaba varios pensamientos a la vez, me concentré en los latidos del corazón de David, que ya estaba gravado en mi cabeza el tun, tun, tun, tun de su corazón. Pude ver su pelo castaño en medio de aquella multitud, era fácil de identificar, la mayoría de los chicos llevaban gorras, otros la capucha de sus cazadoras…
Ya no podía estar más tiempo aquí, Miguel estaba a punto de llegar. Volví a casa andando por el centro del pueblo, para lo que iba a hacer, necesitaba acostumbrarme a los humanos, todos iban de un lado a otro, mirando los relojes. Ya me estaba adaptando, aquellos ruidos, distintos de los del bosque. Pero enseguida me di cuenta de que eran exactamente los mismos ruidos… pisadas, respiraciones, latidos, el susurro del viento, los pájaros cantando, etc.

Cuando entré en casa, ellos no habían llegado aún. Mati estaba en la cocina desayunando. La saludé y me senté en una silla al otro lado de la mesa.
- Ga... Gabi, ¿qué te pasa? – Preguntó Mati sentada al otro lado, mirándome con una expresión preocupada.
Suspiré, me había llamado Gabi y lo de señorita había pasado. -Es complicado, de explicar Mati. - Contesté con desgana. Ella me miró, su mirada estaba llena de ternura. Extendió sus manos sobre la mesa en busca de las mías, apoyé mi mano con cuidado sobre las de ella, sentí como me las apretaba. - Puedes confiar en mí. - Murmuró con una sonrisa.
- Creo que cometí un grave error. – Dije, desviando mi mirada.
- ¿Qué hiciste cariño? ¿Has tomado sangre de algún humano? - Preguntó ella con algo de insistencia en su voz.
- No, algo peor que eso. - Murmuré con la cabeza baja. - Me enamoré de uno.
Mati soltó un profundo suspiro. Creo que de alivio. - Pero enamorase es la cosa más normal. - Dijo ella, aún agarrada a mi mano.
- Para mí no, y menos de un humano. – Afirmé. Ella abrió los ojos de par en par, se había dado cuenta de la gravedad de lo que significaba eso. Creo que se habría asustado más si supiese quién era el humano.
- Mati, yo pensaba que vivir en la oscuridad era un castigo, pero castigo es no poder estar nunca con él.
- La fuerza del amor, puede con todo cariño, ¿cómo puede ser un castigo? ¿Él no siente lo mismo por ti? – Dijo, su mirada pude ver lástima.
- Él no lo sabe, y mucho menos sabe lo que soy, ¿quién va a querer esta con un monstruo Mati? - Murmuré con voz apagada.
- Si él siente lo mismo por ti, independientemente de los que eres, él te aceptara. - Dijo ella con una sonrisa.
- ¿Quién puede aceptar su muerte Mati? Eso es lo que significó para él, y también está Miguel, yo lo quiero, pero no merezco todo su amor.
- Si Miguel realmente te ama el entenderá, si él te ama de verdad, va a querer que tu estés feliz. - Dijo ella.
En ese momento aparecieron Miguel y Fernando.

- ¿Qué tengo que entender? - Preguntó Miguel parado en la puerta. Mati abrió sus ojos de par en par, sólo espero que Miguel sea un caballero y no mire en sus pensamientos. Fernando disimuló una risita, seguro que escucho los pensamientos de Mati.
- Quiero estudiar, y pregunté a Mati lo que ella pensaba al respecto. Ella me contestó que le parecía una óptima decisión y que tú lo entenderías
.-Claro que entiendo amor, así no pasarás tanto tiempo dentro de casa, hoy mismo arreglaré todo los papeles. Mañana mismo puedes empezar si quieres. Te matricularé en el mejor instituto de la ciudad el Pedro Espinosa.
Quería estudiar, pero en el instituto “los colegiales”, así podría ver aunque fuera de lejos a David. - Mati dijo que el mejor instituto es Los colegiales, me gustaría estudiar en él si no te importa. - Dije apresuradamente.
- Miguel, si no te importa, puedo acompañar a Gabriela, no tengo nada que hace en todo el día.
- Podemos ir a estudiar juntos, así seguro que estarás más tranquilo. - Habló Fernando. Ni notaba ya su presencia allí.
- Me puedo controlar, no necesito ninguna niñera. – Dije, fulminando a Fernando con la mirada. Miguel se acercó y se arrodilló frente a mí.
- Cielo, es una gran idea, Fernando sólo quiere ayudar, y así estaré más tranquilo. - Murmuró con una voz de suplicante. No me hacía gracia que Fernando estuviera cerca de los humanos, pero quién era yo para pensar así. En el fondo no era tan distinta de él y creo que más bien intentaba chantajearme, él sabía lo de David, seguro que estuvo dentro de la cabeza de Mati, no tenía otra alternativa que aceptar tener un canguro.
- Ok, si te tranquiliza, acepto tener un canguro. - Dije con una mirada terrorífica en dirección a Fernando.
- Tengo que arreglar la documentación, y matriculaos a los dos, estaré de vuelta por la tarde. - Dijo Miguel. Acto seguido salió de la cocina y Fernando lo siguió pero no sin antes enseñar una sonrisa de satisfacción.
La rabia estaba creciendo dentro de mí con mucha rapidez, entonces sentí una piel cálida sobre la mía, era la mano de Mati, apoyándose sobre mi brazo, me había olvidado de que ella estaba allí.
- Tranquila, cariño. - Murmuró Mati.
- Mati, ¿qué estabas pensando exactamente cuando llegaron Miguel y Fernando? - Pregunté ansiosa por saber su contestación.
-Estaba pensando en todo lo que tú me dijiste, ¿por qué? - Preguntó ella. Estaba en lo cierto, Miguel respetaba los pensamientos de Mati, pero Fernando no, si no respetaba la vida humana, cómo iba a respetar los pensamientos, ahora él lo sabía todo.
Cogí las manos de Mati como ella me había hecho antes. - Te voy a decir una cosa, pero no te asustes, podemos leer los pensamientos de los humanos. – Dije. - Miguel y yo respetamos tus pensamientos, pero no creo que Fernando haga lo mismo.
- ¿Quieres decir que Fernando escuchó toda la conversación a través de mis pensamientos? - Preguntó ella con la cara desencajada. Yo asentí con la cabeza.
- Lo siento mucho mi niña. - Murmuró ella con los ojos llenos de lágrimas, un sentimiento dentro de mí se explotó cuando escuche las palabras mi niña. Esas palabras estaban llenas de amor, cariño y ternura. En ese momento sentí una adoración mayor por ella, sería porque era lo más cercano a una madre que tuve nunca, al menos que yo recordase. Di un salto sobre la mesa y la abracé con mucha suavidad, dejándome embriagar por ese sentimiento, esa sensación de estar en casa. Ella me abrazó.
- Te quiero como si fueras mi propia hija. - Susurró ella.
- Te quiero como si fueras mi madre. - Murmuré.
- Creo que tengo que arreglar tu ropa para el primer día de instituto. - Dijo Mati y nos echamos a reír.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Capítulo seis. David.

Mati me invitó a salir esa mañana, decía estaba todo el día metida dentro de casa y acabaría aburriéndome. No sabía que decirle, me estaba comportando bien y estaba acostumbrada con su olor y el ritmo tranquilo de su corazón y Miguel siempre estaba a mi lado, no me atrevía andar por la calle solo con ella si él no estaba cerca. Pero no quería rechazar su invitación, no me aburría estar en casa, entre mis cosas, si ella supiera los siglos que había vivido dentro de un ataúd… Ahora sólo deseaba estar tumbada en mi cama, mirando el cielo azul y el amanecer en el techo de la casa, bañándome con los rayos de sol. Pero reconozco que la invitación despertó la curiosidad en mí.

Ya llevaba meses viviendo allí, pero no conocía toda la ciudad. Miguel no estaba, había salido en la primera hora para terminar de arreglar algunos documentos, más bien, falsificar sus documentos para ser abogado. Pensé que dentro del coche no pasaría nada, Miguel me había regalado un Audi TT, que estaba en el garaje y aún no había tenido oportunidad de haberlo conducido. Jamás he conducido un coche, pero unos días antes, cuando Miguel me lo regaló, estuvo dándome clases, y ahora sería un buen momento para ponerlas en práctica. Conducir fue más sencillo de lo que yo pensaba, yo conducía y Mati me guiaba por donde tenía que pasar.

El pueblo no era demasiado grande, Mati me decía el nombre de cada calle por la que pasábamos. Al parecer ella había vivido toda su vida aquí. Cuando pasamos por el cementerio, escuché a varios humanos llorando a la vez, pero en concreto sólo me llamó la atención uno de aquellos llantos, paré el coche y me bajé. Mati vino detrás de mí, preguntándome qué pasaba, pero ni yo misma sabía lo que ocurría, solo quería ir en dirección de aquel sonido, pero no podría hacerlo con Mati a mi lado, así volví al coche y lleve a Mati a casa, ya tenía gravado el camino en mi mente, le dije que tenía que hacer algo importante y esa fue la primera vez que escuché su corazón latir desesperadamente, podía ver el pánico en su rostro. Ella creía que iba a volver para tomar la sangre de los humanos, pero mi sed estaba controlada, creí que era mejor explicárselo.
Me fui en dirección al cementerio, salí del coche, la puerta principal estaba a pocos metros, antes de entrar salió un chico alto, tenía el pelo castaño, piel clara e iba todo vestido de negro. No tendría más de 18 años, él vino en mi dirección con la cabeza baja, cuando pasó a mi lado, me miró con los ojos llenos de lágrimas, los tenía de un color castaño, de mirada intensa. No sé, fue algo extraño, no sé de donde procedía, pero aquella mirada me era familiar, a su paso dejó un olor enloquecedor, mi garganta quemaba de sed, dejé de respirar y me controlé. Una vez fui capaz de controlar todos mis instintos, escuché sus pensamientos, sólo sentía dolor, había un vacío enorme en su interior, ya no quería seguir viviendo. Al escuchar todo esto, sentí su dolor, es como si fuese mi propio dolor.
Me giré para ver donde estaba y vi como corría, sentí el impulso de seguirlo, así que puse en el coche en marcha y lo seguí. No podía permitir que cometiera una locura, tal vez si alguien se hubiera preocupado por mi, hubiese intentado ayudarme cuando yo deseaba estar muerta, alguien que no hubiera sido Miguel, probablemente yo habría tenido una larga vida humana, como debería haber sido, pero ese no había sido el caso, aquí estaba 200 años después, intentando que un humano que no conozco de nada y no debería importarme, no cometiese una locura.
Miguel tenía razón… ¡Me comportaba como una humana!
Había algo en ese chico, sentía la necesidad de protegerlo. Y aquí estaba, dentro del coche, observando como el chico entraba en un castillo que no había visto en ninguna de mis excursiones con Miguel. Salí del coche, vi que el chico se estaba subiendo a una de las murallas, miré a mi alrededor asustada, no había nadie, así que decidí correr hacia donde se encontraba aquel joven. Llegué en pocos segundos, no terminé de llegar a su altura, me daba miedo asustarlo, pero sus pensamientos… Todo era un caos, su pulso estaba acelerado y no pensaba con claridad, pero fue lo último que vi en su mente lo que me hizo, correr hacia él. Había comenzado a saltar de la muralla, pero llegué a tiempo de agarrarlo por los brazos y volver a ponerlo en el suelo.
Su mirada era asustada, sus ojos estaban abiertos de par en par, me levanté de un salto y me di la vuelta. Comencé a andar, una parte de mí quería regresar y cuidar de él, la otra quería alejarse para no poner su vida en peligro, mi garganta quemaba, pero todavía tenía control sobre mi sed.
- Ei... - Habló una voz desconcertada detrás de mí. Al escucharlo, algo en mi interior vibró, algo había despertado, un sentimiento que crecía a una velocidad vertiginosa. Quedé paralizada en el ato debido a su voz, era un sonido nuevo para mis oídos, aunque sólo había pronunciado dos silabas, aquel sonido ya estaba gravado en mi cabeza. Con mucha cautela me di la vuelta. Él se estaba levantando.
– Gracias. – Gritó, limpiando sus lágrimas.
No articulé ninguna palabra, sólo era capaz de mirarlo, pero una vez más aquella mirada me resultó familiar.
- ¿Cómo te llamas? – Preguntó. No sabía si contestar o darme media vuelta. – Gabriela, me llamo Gabriela. – Contesté, controlando el tono de mi voz.
Poco a poco su corazón volvía a la normalidad y pude escuchar nuevamente sus pensamientos. Ella parece ser tan frágil, como pudo cogerme. Es tan distinta, tan... Hermosa.
- Precioso nombre. - Volvió a gritar. Le dediqué una pequeña sonrisa, sin enseñar los dientes. No por mi nombre bonito, sino por lo que el acababa de pensar. No sé, al escuchar la palabra “hermosa”, me gustó la sensación que sentir, saber, que alguien aparte de Miguel me ve hermosa, y más viniendo de aquel humano. Antes no pude apreciar la belleza de su rostro. Estudié todo con mucho cuidado, analizando cada detalle de su cuerpo. Pero no me atrevía acercarme más, él estaba bien, y al parecer estaba más tranquilo. Me di la vuelta y salí corriendo, camino a casa, no podía pensar en nada más, que fui una estúpida, la primera regla de vivir aquí entre los humanos que Miguel me enseñó, era pasar desapercibida, no debería haber seguido a aquel humano, ame había arriesgado a ser descubierta, sino hubiera controlado más de lo habitual, podría haber pasado algo que me habría hecho volver a la oscuridad nuevamente, un minuto podría haberme costado una tortura de siglos. Me tumbé en la cama y estuve ahí toda la tarde mirando al cielo, pero mi pensamiento seguía siendo el mismo de todo el día, no podía quitarme a aquel humano de la cabeza. Sentía sed por su sangre, pero a la vez quería protegerlo, quería estar cerca de él, tenía curiosidad por saberlo todo sobre él, y no dejaba de pensar por qué deseaba estar muerto, por qué quería morir.

Escuché a Miguel entrar en el garaje con el coche. Seguí mirando el cielo y con el pensamiento lejos.
- ¿Cómo has pasado el día? - Preguntó Miguel, entrando en la habitación.
- Aquí, mirando el azul del cielo. - Contesté. No podía decirle nada de lo que pasó hoy.
- Te he extrañado todo el día. – Susurró, él con los labios pegados a los míos. Sino estuviera con todo mi pensamiento centrada en aquel humano, también habría extrañado a Miguel, que me besaba mientras abría los botones de su camisa. Me aparté de sus labios con mucha delicadeza, él me miro sorprendido.
- Tengo sed. - Le dije. Él me besa la garganta.
- ¿No puedes controlarte unas horas más? - Me susurró, mordisqueando mi oreja.
- Llevo controlándome toda el día. - Dije mientras me zafaba de sus brazos con un movimiento. Él seguía en la cama, desabrochando los botones de su camisa. Me llevó a cazar, en toda la noche él no me dirigió la palabra, supuse que se habría enfadado, pero tampoco le di mucha importancia, seguía con aquel chico en la cabeza. Tendría que buscar alguna forma para verlo una vez más para saber que estaba bien. Pero ni siquiera sabía su nombre, tampoco donde vivía.

Al amanecer, cuando volvimos a casa, Miguel salió otra vez temprano y escuché alguien llorando, me parecieron los llanto de Mati. La busqué por toda la casa, pero no la encontré, salí, ella estaba en la parte trasera, un poco alejada de la casa. ¿Por qué lloraba? No quería invadir su privacidad escuchando sus pensamientos. Quería aprender a controlar ese don o poder, fuera lo que fuera. No creo que me gustarse que alguien estuviera metido dentro de mi cabeza escuchando las tonterías más grandes o mis íntimos secretos. A partir de ahora, iba respetar la intimidad de sus pensamientos, no tenía necesidad, solo tendría que preguntar lo que pasaba. Me acerqué a ella, pero no notó mi presencia, retrocedí y grite su nombre para que no se asustase. Ella me miró.
- ¿Qué te pasa Mati? ¿Por qué lloras? – Pregunté, no me gustaba verla así.
- Es que he perdido a una gran amiga. – Contestó, bajando su cabeza y limpiando sus lágrimas. Eso era algo que siempre temí, lo único seguro que tienen los humanos en la vida, era la muerte, desee ser como ella durante muchas décadas, pero lo único seguro que mi especie tiene es la eternidad. - Ella sólo tenía 40 años, todavía tenía una vida entera por delante, tenía su marido, que la quería mucho y su hijo. - No sabía que decirle, sé que nada podría aliviar su dolor.
- Tómate el día libre, ve y despídete de ella. - Fue lo único que se me ocurrió decir. Ella levanta su cabeza y me miró con aquellos ojos negros llenos de lágrimas.
- Ya es tarde su entierro fue ayer, ¿te acuerdas cuándo pasamos frente al cementerio? Todos sus familiares estaban allí, despidiéndose de ella. - Murmuró, volviendo la cabeza en otra dirección. Me acerqué a ella y puse mi mano en sus hombros, ella puso sus manos encima de las mías. Su contacto fue agradable.
- Lo siento, Mati. – Dije y entre en la casa, no hacía falta mirar sus pensamientos para saber que ella quería estar sola. Me eché en la cama y estuve ahí mirando al cielo, no me cansaba de mirarlo, podría estar así muchos años y no me aburriría. Podía hacerme una idea del dolor de ese hombre y ese hijo al perder a un ser querido. Comprendí que la vida de los humanos tampoco era tan sencilla, ellos también pasaban por constantes pruebas a lo largo de sus vidas, muchas de ellas dolorosas y sin respuesta alguna del por qué la muerte era el punto final. De todas esas agonías, para aquellos que seguían aquí, solo era el principio de una agonía mayor.

Escuché los pasos de Mati por el pasillo y sus golpecitos en la puerta. – Entra, la puerta está abierta. - Empujó la puerta mientras yo me incorporaba en la cama, al entrar pude ver el dolor en su cara, tenía los ojos húmedos, rojos e hinchados. - Señorita...Gabi, me dijiste que podía tomarme el día libre... - Tartamudeo ella. Yo la interrumpí. - Claro que sí Mati, puedes tomártelo y mejor te doy una semana de vacaciones. - Le ofrecí.
- En realidad, te quería pedir un favor, sé que para ti será un enorme sacrificio, pero sino fuera importante, no me atrevería pedírtelo. ¿Te importaría llevarme, a casa de mi amiga? La que falleció, quiero dar el pésame a su familia, no te lo pediría, pero es que viven a medio kilómetro del pueblo. – Mati, permaneció cerca de la puerta.
No estaba segura sobre si debía salir de nuevo, a juzgar por como salió todo la última vez. La otra vez que salimos prácticamente no encontramos a nadie en la calle por lo temprano que era, excepto las personas que estaba en el cementerio y aquel chico humano. Cuando me acuerdo de ese chico, mí cerebro es una especie de puzzle que acaba de encajar una pieza con la otra. Aquel chico también estaba en el cementerio y estaba llorando. Seguro que sería pariente de la fallecida, quizá la amiga de Mati era la madre de aquel chico, Mati dijo que ella tenía un hijo, esa sería la única razón que podría tener aquel chico para querer morir. Sentía curiosidad, más bien la necesidad de saber cómo estaba el, pero temía por su vida si yo estaba demasiado cerca de él, o de otro humano al que no estuviese acostumbrada. Quizá ya era hora de familiarizarme con otros olores, otros humanos… Y también le debía a Mati ese pequeño favor, ella se había comportado muy bien conmigo.
- Si cree que es demasiado para usted señorita Gabi... - Antes que ella acabase la frase le interrumpí.
- Tranquila, te llevaré, tendré que enfrentarme con esto algún día. – Dije, levantando me de la cama.
Mati me indicó el camino, pasamos por un camino que evitó que pasáramos por el centro del pueblo. Mi sed no estaba saciada, pero estaba bajo control. Mati me dijo que la próxima casa era la de ellos. Estaba apartada de las demás casas, paré el coche a pocos metros.
-Te esperaré aquí, no tengas prisa, puedes tardar lo que quieras. – Dije. En sus labios se formó una sonrisa de agradecimiento, pero se desvaneció en seguida, se quitó el cinturón y salió del coche.
Mientras se alejaba, decidí observar la casa. Era grande, al menos por fuera, la fachada era de color amarillo y tenía unas ventanas amplias, era algo distinta de las casas del pueblo, pero era bonita. Apareció un hombre en la puerta, alto, piel clara y pelo oscuro tenía un aspecto cansado, pero no tendría más de 40 años. La puerta se cerró cuando Mati entró en la casa. La curiosidad me hizo salir del coche, no me alejé mucho. Quería poder escuchar la conversación, pero me recordé que hoy por la mañana había decidido respetar la intimidad de los humanos. Aunque necesitaba saber si aquel chico tenía algún parentesco con la amiga de Mati, la verdad es que quería verlo otra vez. Intenté no escuchar la conversación, pero fue inevitable no escuchar dos latidos de corazones y sus respiraciones en el piso abajo. Miré en las ventanas de arriba en dirección del tercer latido que percibí, las cortinas estaban medio echadas, pero no se veía nada. En ese momento escuché unos ladrillos a pocos centímetros, el perro estaba frente a mí, cuando quise darme cuenta me había agazapado y le enseñaba mis colmillos al perro. No sé cómo no escuche sus movimientos, estaba demasiado cerca para haber pasado desapercibido a mis oídos, sería por estar concentrada en aquellos latidos de corazón, que venían del piso de arriba. El perro no dejaba de ladrar, solté un gruñido con mucha rapidez, algo que los oídos humanos no podrían percibir, entonces escuché unas pisadas. Sentí miedo así que me alejé y entré en el coche. No debería haber salido del coche. Alguien podría haberme visto, pero no me dio tiempo a pensar, cuando me di cuenta ya estaba en posición de caza. Seguía escuchando los pasos, más cerca y un corazón latiendo descontrolado junto con la respiración, estaba cerca de la puerta del conductor. Apoyé las manos en el volante e incliné la cabeza hacia abajo. Seguía escuchando las pisadas, cada vez más cerca, estaba dando la vuelta por detrás del coche…
- Luna ven. – Ordenó una voz, había algo inquietante en ese sonido, parecía la misma voz de aquel chico, a lo mejor era cosa mía, estaba tan obsesionada con él que creí ya estar escuchando su voz. No tuve valor para levantar la cabeza, pero la perra, hacía caso y seguía ladrando, me quedé inmóvil, sin respirar. Las pisadas se acercaban más y más, de repente los ladrillos se alejaron junto con las pisadas, no me veía capaz de levantar la cabeza. Estaba aterrada, aquel pequeño animal blanco, con unas manchas en la cara y una en el cuerpo de color caramelo, sabía que yo era peligrosa y estaba defendiendo su territorio, sino fuera por el humano ya la habría matado. No me habría quedado de no ser porque debía esperar a Mati. Después de algunos minutos, escuché las pisadas nuevamente, viniendo en mi dirección, seguí como estaba, si mi corazón pudiera latir estaría igual de descontrolado que el de aquel humano.

- Gabriela. - Sonaba la misma voz familiar de antes, no era cosa de mi cabeza, era el mismo chico, ¿era una coincidencia, o seria cosa del destino? ¡Qué tonta eso es imposible, yo no tengo ninguno destino aparte de poner en peligro mi existencia, bueno más bien la de los humanos! Escuché unos golpecitos en la puerta. Cuando levanté la cabeza y miré… Allí estaba, aquel precioso rostro, aquellos ojos castaños, que me hacían volar, desconectando de todo lo que me rodeaba. Él seguía mirándome, como si estuviera analizando mis movimientos, no quise mantener su mirada durante mucho tiempo, por miedo a llegar a hipnotizarlo, no estaba segura de cómo funcionaba mi recién descubierto poder.
- ¿Puedo entrar? – Preguntó, sus latidos seguían desbocados. Asentí con la cabeza sin pensar. Ahora mi miedo sobrepasaba mi sed, no estaba segura de mi autocontrol, no sabía si sería capaz de tenerlo dentro del coche, ¡puedo hacerlo! Pensé, ya he pasado por eso antes.
Entró en el coche y sentó muy tenso, estaba tan inmóvil, en el asiento. Por qué se comportaba así. Había escogido un mal día para decidir respetar la intimidad de los demás.
- Hola, creo que no le caes bien a Luna. – Dijo, como si estuviera intentando controlar el nerviosismo.
- Eso parece. – Afirmé, con una media sonrisa sin llegar a enseñar los dientes.
- Te quería dar las gracias por... - Dejó la frase sin terminar, pero sabía muy bien a lo que se refería. Sabía que no debía hacer preguntas, porque luego tendría que contestar las suyas, pero sentía mucha curiosidad. Intenté abrir la boca para hacerle una pregunta, pero sentí como me quemaba la garganta, así que volví a cerrar la boca rápidamente, al parecer él se dio cuenta porque me miraba como esperando algo, con las cejas levantadas.
- Ya sé, me ibas a preguntar por qué lo hice, ¿verdad? - Murmuró el. .Mi garganta quemaba y solo asentí con la cabeza.
- Mi... mi madre falleció, y perdí la cabeza. - Tartamudeó mirando al frente. Pude sentir mucho dolor en su voz.
- Lo siento. – Dije. Ya no quería seguir hablando sobre este tema, notaba que le hacía daño.
- ¿Qué haces aquí? – Me preguntó.
- Vine a traer a Mati... Matilde. – Contesté, el silencio prolongó unos segundos, cada segundo que pasaba cerca de él, me acostumbraba a los ritmos de su corazón, que al parecer estaba volviendo a su normalidad poco a poco, no puedo clasificar en qué clase de sentimiento estaba ese chico en mi existencia, no es nada parecido a lo que siento por Mati y nada comparado a lo que siento por Miguel. Es algo más fuerte, es como si necesitara que él estuviera para siempre conmigo. Como si me perteneciera, como si necesitara de él de ahora en adelante para seguir existiendo. Algo que yo siempre temí, porque él es sólo un humano y su vida algún día no muy lejano llegará a su fin. Al contrario de la mía que seguirá por toda eternidad, pero ahora, en ese momento, no me importaba el fin de sus días y tampoco mi eternidad. Porque ahora siento dentro de mí que mi felicidad está completa, tengo la sensación de que aquel vacío que sentía, aquella sensación de estar incompleta, acababa de desaparecer. Ahora siento que el miedo se abre camino entre mis pensamientos, porque ahí es donde está el problema, él es un humano. Y eso va contra mi naturaleza y creo que contra la del también. El abrió la puerta del coche y salió, antes de cerrar la puerta, se dio la vuelta.
- No ha sido tan aterrador como pensé. - Dijo y luego cerró la puerta. Por qué habría dicho eso, sabría lo que yo era, bueno eso no podía ser, porque sino no estaría sentado en el coche con un vampiro. O dijo eso por los ladrillos de Luna y pensó que yo no asustaba tanto como para que ella se comportase así.

Mati salió y detrás el mismo hombre que abrió la puerta antes. Puse el coche en marcha, cuando Mati se acercó, el chico entró en la casa y el hombre cerró la puerta. Mati vino todo el camino en silencio. Yo sentía curiosidad. Por saber más cosas sobre el chico, empezando por su nombre.
- Mati, ese hombre que abrió la puerta y ese chico, ¿son el marido y el hijo de tu amiga? - Pregunté, intentando que no notara la curiosidad en mi voz.
- Si, pobre Richard y pobre David, con sólo 17 años ya es huérfano de madre. - Dijo con lágrimas en sus ojos. ¡David! Por qué me llamaba tanto la atención, por qué sentía que estaba ligada de alguna forma con aquel chico humano llamado David.

martes, 20 de septiembre de 2011

Capítulo cinco. Es como si pudiera controlar mi mente.

Estaba en la cocina observando como Mati hacia la comida. Era interesante, pero no apetecible. No entendía por que no me temía, no es que quisiese que lo hiciese, pero habría sido una reacción lógica. Así que se lo pregunté.
¿Por qué no me tienes miedo?
-Ya he visto tantas cosas en mi vida, que pocas hay que me den miedo. – Contestó.
Así que yo no era el primer monstruo en su vida, aun así su reacción no era muy lógica, el miedo siempre estaba en todas parte, tuve la misma sensación que la vez que estuve con aquel humano, otra cosa que no tiene lógica, se supone o técnicamente o literalmente que yo estoy muerta y aún así podía sentir medo y muchas más sensaciones.
- Aún así, ¿no te asusta estar en una estancia con una vampira que se alimenta de sangre? - Pregunté. Ella seguía picando la ensalada, dio la vuelta cogió la ensaladera, y colocó la ensalada. Dio la vuelta a la mesa y se acercó con mucha prudencia. - Señorita Gabi, tú no eres un monstruo, y respecto a su dieta debería asustarme, ¿verdad? - Contestó con una risita y poniendo los ojos en blanco.
- Sé que tiene que ser difícil mi presencia para ti, pero de la misma forma que no te asusta, sé que estás haciendo un gran esfuerzo para estar a mi lado, a mi tampoco me asusta estar cerca de ti dijo. - Sé que decía la verdad, podía leer sus pensamientos, sabía qué era cierto todo lo que me decía y su respiración y los latidos de su corazón latía con normalidad. Pero ella se equivocaba, porque si me asustaba que en cualquier momento pudiera perder el control, me haría muy infeliz llegar a hacerle algún daño a ella, por muy pequeño que fuera, me mataría. Sentía un cariño muy grande por ella, pasábamos muchas horas juntas.

En una ocasión le pregunté porque trabajaba aquí, me dijo que era una especie de herencia y luego se rió. Su abuela, su madre... Todas habían trabajado en esa casa y ella cuando era niña venía con su madre, cuando sus padres murieron en un accidente de coche, ella decidió ocupar el sitio de su madre. Siempre hablaba de su familia con mucho cariño.
Cuando me quedaba sola, algo que casi nunca pasaba, porque siempre estaba con Mati o Miguel, intentaba acordarme de mi vida humana, de cómo sería mi familia, como sería mi vida antes.

Escuché el coche entrando en la garaje, Miguel había ido al abogado, había llamado pronto para decir que lo papeles que le había encargado ya estaban listos. Mati siguió haciendo la comida y yo salí en busca de Miguel. Esperé el en el salón sentada en el sillón con las piernas cruzada exactamente como había visto en una mujer de una revista, me fijé en el piano que estaba cerca de la escalera, ¿para que tenía un piano? Yo no sabía tocar y si mi memoria no me fallaba, Miguel nunca me dijo que tocase el piano.

En ese momento, Miguel entró en la casa con unos papeles en las manos, estaba leyendo muy concentrado, sería algo importante para no notar mi presencia. Él tenía que haberme visto, pero al parecer no, solté un gruñido, creo que un poco más alto de lo que esperaba, porque él miré con mucha rapidez de donde venía el ruido. Soltó una risita y luego me guiñó un ojo. Me levanté del sillón y me situé a su lado.
- Te estás tomando muy enserio la vida humana, ¿verdad? Como dicen los humanos… ¡estas muy despistado! ¿Cómo es que no has notado mi presencia? - Pregunté con un fingido enfado.
- Estaba fingiendo, para ver tu reacción, y tú ha reaccionado exactamente como una humana regañona. - Murmuró con sus labios pegados a los míos.
Estaría comportándome como una humana, o realmente Miguel no había percibido mi presencia y se invento esa excusa. Eso confirma lo que yo decía antes, las excusas son otro síntoma de los humanos.
Miguel se apartó centímetro de mi boca. - No es una excusa, cariño, solo quería ver tu reacción y créeme, te estás comportando como una humana. – Susurró. Estaba perpleja, no daba crédito a lo que escuchaba, no por lo de la excusa o porque quisiera ver mi reacción, ya que no me estaba comportando como una humana, tan poco era de vergüenza, era por el hecho de que había contestado una pregunta que no había formulado, como podía hacer eso, si los de nuestra especie no podíamos escuchar los pensamientos de los otros. Miguel me dijo que nunca pudo escuchar el pensamiento del vampiro que le transformó y nunca antes había podido escuchar mis pensamiento y mucho menos yo los de él. ¿Y si por una razón desconocida podíamos escuchar solo los pensamiento de los mortales al menos él y yo?
- ! Acabas de escuchar mis pensamientos! – Exclamé.
- Sí. – Afirmó. Como si fuera lo más normal. Debía estar realmente despistado, para haber contestado así, pero pasados unos segundos noté su expresión de sorpresa.
- ¿Cómo ha podido pasar? – Preguntó. Si no fuera por lo extraño de la situación, me habría reído del gesto de su cara. Pero lo que estaba pasando no tenía gracia, yo no lo entendía, pero lo que realmente me preocupaba es que Miguel tampoco lo hiciese.
- Miguel, creo que no ha sido la primera vez que pasa, ¿recuerdas el primer día que llegamos de cazar y al entrar en la cocina Mati me dijo que me iba me ayudar a buscar mi ropa? - Él asintió con la cabeza. – Era precisamente lo que yo estaba pensando pedirle cuando ella respondió, es como si hubiese leído mi pensamiento, pero yo creía que ella no podía leer mi mente y ahora tu también puedes. ¡Intenta averiguar que estoy pensando ahora!
Despejé mi mente, le pregunté por los papeles que llevaba en la mano.
- Son los papeles con nuestras nuevas identidades.
- ¡Has podido leerme la mente! ¿Qué está pasando?
- Vuele a pensar más cosas, vamos a probar de nuevo.
Hicimos varias pruebas, Miguel en todo momento respondía a mis preguntadas, las cuales formulaba con la mente, pero lo que realmente me sobrecogió fue haber podido controlar su mente. Le pedí que me enseñara los papeles del sobre, ahí es cuando puede leer que nuestras nuevas identidades correspondían a Gabriela Wolf Bravo de 18 años de edad y Miguel Méndez Bravo de 25 años de edad, después de enseñarme los papeles, Miguel estaba sorprendido, pero con la mente le dije que olvidara lo ocurrido, acto seguido Miguel me preguntó que era lo que había pasado. Le expliqué lo ocurrido.
- Gabriela, no es que yo pueda leer tu mente, es que tú puedes controlar la mía. No entiendo lo que sucede, es como una especie de poder.
- ¿Pero… es malo?
- Gabriela, eso depende de cómo lo utilices.
Estaba aturdida por el nuevo descubrimiento, tenía mucho que pensar. Así que decidí cambiar de tema. - ¿Por qué has puesto que tienes 25 años?
- Por mi profesión, necesito tener 25 años como mínimo. Seré abogado, ayudaré a meter a los criminales en la cárcel. Me bastará con leerles la mente y así sabré si son culpables o no.
- Puedes empezar por el señor que nos ha facilitado nuestras identidades, ya que según creo lo que ha hecho es ilegal. – Ambos reímos por mi comentario. Por una parte me alegraba, Miguel tenía razón, sería un excelente abogado, podría meter a los delincuentes en la cárcel porque sería un muy difícil que alguien le engañara, pero por otra lado estaba triste, eso significaba que él no estaría todo el día conmigo. Y ya estaba tan acostumbrada a tenerlo cerca de mí a todo tiempo…
- ¿En qué piensas, amor mío? – Preguntó Miguel, al ver mi mirada ausente, al parecer el ya no escuchaba mis pensamientos, ¿sería sólo podía escuchar los pensamientos que yo quisiera?
- Es sólo que ya no vas estar siempre a mi lado. - Contesté abrazándole.
- Siempre estaré a tu lado, cariño, pero no todo el día. - Comentó estrechándome contra su pecho. - Recuerdo que me dijiste que deseabas estudiar, llevar la vida de cualquier chica de 18 años. ¿Quieres que te matricule en el instituto?
No sería una mala idea, así no estaría tanto tiempo sola y los días pasarían más rápidos, pero todavía no me sentía preparada, Miguel decía que ya tenía un auto control sobre mi sed, pero yo no estaba tan segura y no quería arriesgar. – No, prefiero estar en casa esperándote. - Murmure. - ¡Como tu eres el hombre de la casa y pagas toda las facturas te dejare escoger la cena! ¿Qué prefieres palomas o ciervos? – Pregunté con sarcasmo.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Capítulo cuatro. El sol de Antequera.

Cuando volvimos, nos sentamos en el techo de la casa, permanecimos allí durante horas.

- ¿Por qué esta ciudad? – Pregunté.
- ¿Ves aquella iglesia que tiene una torre? - Dijo señalando hacia el frente - Se llama la torre del reloj del Papabellotas, se instaló en el siglo XVI. ¿Ves aquella montaña? – Yo asentí con la cabeza. - ¿Qué es lo que ves?
- Una montaña.
- Mírala de nuevo, ¿sólo ves una montaña?
Miré nuevamente hacia la montaña, estudié todo el perfil, analizando cada centímetro, entonces lo vi. – Ahora creo que sí lo veo, la montaña parece una cara, ¿por qué tienen esa forma?
- Se llama la peña de los enamorados, posee una leyenda, como todo en esta ciudad, otro día te contaré la leyenda de la montaña. Escogí esta ciudad porque es muy antigua y tengo la sensación de estar en casa.

Miré nuevamente hacia la montaña y como amanecía, vimos juntos como salía el sol de Antequera. Ya no tenía necesidad de esconderme, no necesitaba un ataúd. Por un momento olvidamos que teníamos vecinos y que estábamos en el tejado, un hecho un poco anormal, así que decidimos bajar.
Entramos en la casa y Miguel me llevó a la cocina, el día anterior no la llegué a ver. Mati estaba sentada alrededor de una enorme mesa, estaba desayunando, al darse cuenta de nuestra presencia, se levantó y nos saludó, dándonos los buenos días.
Antes de salir de la cocina, observé que Mati, llevaba puesta otra ropa diferente a la del día anterior, así que supuse que yo también debería cambiarme. Estaba pensando que tendría que pedirle a Mati que me ayudara de nuevo a escoger otra ropa, pero que prefería que ella pudiese terminar de desayunar, cuando de repente Mati dijo:
- Ya subo para ayudarte a escoger la ropa señorita Gabi. - Era como si hubiera escuchado mis pensamiento, ¿habría hablado en voz alta en vez de pensarlo? No lo creo, pero, ¿cómo podía saber lo que estaba pensando entonces? Miguel nunca me dijo que los humanos pudieran escuchar los pensamientos, es posible que mi vestido estuviera sucio y Mati pensó que debía cambiarme, pero me miré y no, mi vestido estaba perfectamente, pero pronto salí de mis pensamientos.
- Ven, quiero llevarte a un sitio. – Dijo Miguel, cogiéndome de la mano.
No contesté, sólo seguí a Miguel, subimos la escalera, así que aproveché para volver a mis pensamientos. ¿Cómo había podido Mati contestar a mis pensamientos? A lo mejor estaba exagerando, los humanos se cambian de ropa todos los días, esa era la explicación más lógica, sí sería eso.
Miguel entró en la habitación y segundos después salió con unas zapatillas, un vaquero, una camiseta y una cazadora, estaba tan bien peinado. Deseé tener esa facilidad para escoger la ropa que debía ponerme, tenía mucha ropa pero no sabía que ponerme. Mati llegó enseguida y me ayudó.

Miguel había bajado para sacar el coche del garaje. Ella me escogió unas zapatillas bajitas, un pantalón negro y un abrigo que llegaba hasta la rodilla de color blanco y que hacia juego con las zapatillas.
Cada día estaba siendo más fácil, vivir con esos latidos del corazón de Mati, la tortura de tantos años había valido la pena, aunque las clases teóricas que Miguel me daba me resultaban mucho más sencillas y soportables. Cuando abrí la puerta de la calle, él ya estaba dentro del coche, miré para atrás y no vi a nadie más, así que entré en el coche a toda velocidad. Ningún ojo humano podría darse cuenta de mis movimientos o mi agilidad. Pude ver que Miguel disimulaba una risita entre dientes.
- Te llevaré a un sitio, está a pocos kilómetros de aquí. – Dijo. El camino tenía muchas curvas y cuando nos adentramos en una carretera solitaria parecía que estábamos a mayor altura. Miguel me tapó lo ojos con un venda, no veía nada pero sí escuchaba todo lo que había a mi alrededor, el coche paró y Miguel me llevó del brazo a algún sitio, me puso en el suelo y dijo que podía quitarme la venda, así que lo hice. Cuando miré el entorno que me rodeaba, quedé admirada, era un sitio distinto pero precioso a su manera, eran un conjunto de piedras, como si una persona estuviera boca arriba y la otra encajase perfectamente en el hueco restante.
- ¿Qué sitio es este? – Pregunté. Mientras admiraba todo el paisaje.
- Se llama El Torcal. - Murmuró él. - La primera vez que pasé por ese sitio, todo era mar, de eso hace muchos siglos, todo eso que ves, incluido Antequera, era el mar.
- ¿Qué pasó con el agua?
- Desapareció. - Dijo sonriendo. - Si quiere podemos cazar aquí, hay muchos ciervos. - Dijo señalando en dirección de una roca muy alta, y ahí estaba un ciervo, que salió disparado, creo que notó nuestra presencia y huyó, escuchaba varios latidos descontrolado muy lejanos.
Pasamos varias horas en el lugar, lo analicé todo con mucha atención. Los días pasaban igual que antes, pero ya no era lo mismo, cada día conocía algo, disfrutaba de mi nueva vida entre los humanos.