lunes, 28 de noviembre de 2011

Continuacion del capitulo ocho

desgarrado. No sabía si acercarme o salir corriendo. Salí disparada en dirección de Miguel, no me atrevía a estar tan cerca de aquel hombre con la sangre fluyendo de su garganta.
Miguel estaba agazapado, listo para salta sobre un ciervo que se encontraba a unos metros.
- ¡Miguel! – Grité. - Él me miró sorprendido pero también asustado, jamás había gritado de aquella manera, pero nunca había visto un humano de aquella manera tan apetecible y así, dispuesto para ser mi cena, pero eso no podía ser, no podía pobrar esa sangre. En menos de medio segundo Miguel estaba a mi lado.
- Hay un humano desangrándose al otro lado de aquella roca. – Dije. Entonces vino a mi mente el rostro de Fernando. Miguel salió corriendo, yo no podía moverme, cómo había podido permitir que Fernando estuviera tan cerca de Mati, de David, de todos los humanos del pueblo… Me había prometido que no tocaría a ningún humano mientras estuviera aquí, y yo había confiado en él.
Volvió a mi mente la imagen de aquel pobre humano en el suelo muriendo, podría haber sido David… Fui a reunirme con Miguel, que ya estaba con la víctima, había utilizado un trozo de su camiseta para taponar la herida.
- Es inevitable, él va a morir, ¡como tú! - Dijo una joven que salía detrás de una roca. Era rubia, tenía los ojos azules, muy parecidos a los de Fernando. Dirigía una mirada envenenada hacia Miguel. Él no salía de su asombro, rápidamente se aparto del hombre.
- ¡Tu! ¿Has sido tu la que ha hecho esto? – Preguntó Miguel.
La joven rubia se reía satisfecha, al parecer, Miguel la conocía.
¿Por qué te sorprendes? Te prometí que acabaría con todo lo que te rodea, estarás solo. Estoy muy enfadada contigo, me ha costado mucho encontrarte esta vez. – Dijo, con las manos en la cintura y una risa terrorífica. – Además, ya me he cansado de matar a todos los que te rodean, no es que no disfrute, pero me aburre, así que he decido acabar contigo de una vez. – Dijo, acercándose rápidamente.
- Si es eso es lo que quieres, acaba conmigo de una vez. – Dijo Miguel.
No entendía nada que lo estaba pasando, Miguel nunca me habló de esa joven, ¿por qué quería matarle?

Ella levantó las manos y sacó sus colmillos, yo me agazapé y salté contra ella, no podía dejar que matara a Miguel. Nos caímos al suelo, ella cayó arriba, tenía los colmillos bien afilados, me di la vuelta lo que provocó que ahora fuese yo la que estaba encima. Estuvimos forcejeando mucho tiempo, era muy fuerte y rápida, estuve muy cerca de su garganta y saqué los colmillos, pero no quería matarla, sólo quería que se rindiese y se fuese.
- No, por favor, Gabriela, déjala. - Gritó Fernando a mi espalda. Me volví para mirarle, fue un segundo, pero el tiempo suficiente para que ella me cogiera, estaba a su merced, me había inmovilizado.
- Isabel, por favor, no lo hagas. - Dijo Fernando. Su mirada era suplicante. Nunca había visto a Fernando así, en su cara se veía el miedo mezclado con lastima.
La chica me soltó y se apartó. Enseguida Miguel estaba a mi lado. Al parecer yo era la única que no conocía a la joven, porque hasta Fernando sabía quién era.
- Volveré. - Dijo la chica, acto seguido me fulminó con la mirada. Salió disparada. Fernando cayó de rodillas y agachó la cabeza. Estaba tan asustada que no asimilaba lo que acababa de ocurrir. Jamás había luchado con alguien y menos con una vampira furiosa.

Me levanté para preguntarle a Fernando si estaba bien, pero Miguel me sujetó por los hombros.
- Déjale, vámonos. – Dijo. De vuelta a casa, Miguel no dijo nada sobre aquella chica. La imagen de aquel humano en el suelo, Miguel arrodillándose frente a ella, aceptando su muerte, la cara de Fernando… Habían sido demasiadas emociones.
- ¿Quién era ella Miguel? ¿Por qué quería matarte? – Pregunté.

Miguel bajo la cabeza y el silencio se prolongó. - Se llama Isabel. - Respiró hondo. - No te conté toda la verdad. Cuando Fernando me transformó, yo estaba furioso, quería venganza. Deseaba que Fernando pagase lo que me había hecho, y me vengué de la peor manera posible, trasforme a la hermana de Fernando. Quería hacer lo mismo que el hizo conmigo, necesitaba que él sufriera lo mismo. Pero no me sentí bien, ni satisfecho, mi pena fue mayor, había puesto fin a una vida joven, después de cinco siglos Fernando pudo perdonarme, pero ella jamás lo hizo y nunca lo hará. Desde entonces, ella me persigue y mata a todos los que me rodean, por eso Fernando está aquí, ella siempre me encuentra y Fernando siempre intenta convencerla. Isabel también culpa a Fernando por haberlo consentido.
Las palabras de Miguel me dejaron helada. Pensaba que Fernando no se preocupaba por nada, estaba tan equivocada, lo juzgué mal. Fernando tenía una pena mayor, sufría porque nunca podría estar con sus seres queridos. Por eso habían tomado camino diferentes, porque miguel había trasformado su hermana.
Fernando todavía sentía rencor hacia Miguel y sólo estaba aquí por su hermana, Miguel lo permitía porque se sentía culpable.
- ¿Por qué no me lo contaste nunca? – Le pregunté.
- Temí que quisieras dejarme o peor, que me temieses.
- ¿Quién es el hombre que ha matado?
- Un buen amigo. – Dijo. Pude ver la tristeza en sus ojos, podía reprocharle nada, ya tenía suficiente con su remordimiento. Además, yo tampoco era sincera con Miguel, le escondía un secreto.
- ¿Ibas a permitir que te matara?
- Sólo así, acabara todo, de lo contrario, ella seguirá matando, y temo por ti. – Dijo, cogiendo mi mano.
- Júrame, que jamás me dejarás y que no permitirás que ella te haga daño alguno.
- No permitiré que ella te haga daño, aunque vaya mi vida en ello. Cuidare de ti Gabriela. - Me prometió. Le creí, sabía que decía la verdad, sentí ira dentro de mi hacia a mi misma por no querer a Miguel como antes, por no haberlo querido nunca como se merecía.
Estuvimos ahí hasta que amaneció. Cuando bajé para cambiarme de ropa para ir al instituto, Fernando no estaba en la casa. Mati se encontraba desayunando. Le pedí que no abriese la puerta a nadie. Le expliqué más o menos lo que había pasado, no quería asustarla.

Llegué al instituto más temprano de la cuenta, estuve dentro del coche esperando a que los alumnos y los maestros llegasen. Con todo lo que pasó ayer no pude ir a casa de David, quizá sería mejor así.

Alguien toco la ventanilla del coche del lado del pasajero, mire rápidamente, era Fernando. No me había dado cuenta de su presencia, estaba tan concentrada en mi propio mundo… Abrió la puerta y se sentó.
- No me esperaste. – Dijo. No tenía signo de tristeza ni de mal humor en su cara.
- Pensé que no ibas a venir hoy, no te encontré en casa. – Dije.
- ¿Y perderme un día en el purgatorio? – Dijo, entre risas. Pero sabía que no estaba bien, intentaba disimular su tristeza, como yo.
- Ya te ha contado Miguel, ¿verdad? – Preguntó.
- Sí, anoche me lo contó todo. – Dije, mirando al retrovisor. Entonces vi como llegaba el coche de David, salí del coche para ver si lo veía mejor, ya empezaban a llegar los alumnos en sus coches. Fernando salió del coche y se puso frente a mí.
- Si estás enamorada de él, por qué no se lo dices. - Habló Fernando, dándose la vuelta y mirando en dirección a David.
- ¡Oh! Claro, por qué no voy y le digo: Hola David, soy Gabriela y estoy enamorado de ti, por cierto hay un problema tengo pareja y otra cosita… soy un vampiro. Pero no te preocupes sólo bebo sangre de animal. - Dije desviando la mirada.
- Pero qué eres un vampiro, él ya lo sabe. - Dijo Fernando.
- No estoy para bromas Fernando. – Dije fulminándolo con la mirada.
- No estoy de broma, te lo digo enserio.
No podía creerlo, cómo iba a saberlo, pero… por eso me susurraba en las clases, sabía perfectamente que podría escucharlo, luego estaba la película de vampiros que estaba viendo en, su habitación, y sabía que yo estaba en aquel árbol, por eso me llamaba. También estaba el día el coche, él estaba tan nervioso… y luego dijo que “no ha sido tan aterrador como pensaba”.
- Y lo de que tiene pareja… tampoco necesitas decírselo, porque él cree que estamos, juntos. - Dijo Fernando, con algo de sarcasmo en su voz.

Pero yo no estaba para bromas. ¿Qué voy hacer ahora? Si David sabe lo que soy por qué no me dijo nada, ¿habrá dicho algo a alguien?
Me monté en el coche y me fui a casa. Subí directa a mi habitación, me tumbé encima de la cama y estuve mirando el cielo. Tenía demasiadas preguntas sin respuesta.
Qué voy a hacer ahora, si realmente David sabe lo que soy, no quiero volver a la oscuridad, tampoco quiero poner su vida en peligro, no puede ser, un mortal con un vampiro. Y Miguel, qué pasaría con él. Esto no me puede estar pasando.

Me senté en la, cama. - La puerta está abierta Mati, entra. - Mati abrió la puerta despacio, llevaba un ramo de flores en las manos. Qué extendió en mi dirección.
- Miguel... – Dije. Pero Mati me interrumpió.
- No, es de David. – Dijo, poniéndome el ramo en las manos. Acto seguido salió por la puerta. Las flores eran pequeñas y de mi color favorito, azul cielo. No pude articular palabra, de cualquier manera, Mati ya se había ido.
Como descubrió que vivo aquí. Entonces vi que en medio de las flores había una nota. Al abrirla leí:
Estas flores se llaman “no me olvides”.
Cuenta la leyenda que un ángel se encontraba llorando a las puertas del paraíso del que Alá le había expulsado, porque el ángel amaba a una mujer mortal, solo sería perdonado si plantaba la flor “no me olvides” por todo el mundo. Cuando el ángel contó a su enamorada este requisito tan difícil de cumplir, ella prometió ayudarlo en su tarea. Tanto amor y sacrificio conmovieron a Alá, que otorgó la inmortalidad a la mujer y abrió las puertas del paraíso a los amantes.

¿Por qué me mandaba esas flores? Leí nuevamente la leyenda y fue cuando la palabra inmortalidad me llamo la atención, ya no sólo me preocupaba por la hermana de Fernando, ahora también por David.
Estuve todo el día pensando que iba hacer. Tenía que hablar con David, sé que Fernando no me mentiría sobre este tema, pero quería saber si realmente él creía que yo era un vampiro o si sólo lo imaginaba, ¿me tendría miedo? Intenté no pensar en nada de eso.

Fernando llegó del instituto y no dijo ninguna palabra. Miguel también llego de su trabajo. Fue algo incómodo, todos estaban callados y en su propio mundo.
Miguel no separó de mí, ni un segundo mientras cazábamos. Al otro día cuando Fernando me llamó para ir al instituto, no sabía qué hacer, no podía aparecer en el instituto, así, sin más, no podía mirar a David, y más sabiendo que él conocía toda la verdad. Así que decidí no ir, me quedé en casa nuevamente, con Mati.
- ¿Por qué no has ido al instituto hoy, cariño? – Preguntó, Mati mientras limpiaba las teclas del piano.
- Él ya sabe toda la verdad. – Dije, pasando el dedo con suavidad por encima de la cola del piano.
Mati dejo de limpiar y me miró. - ¿Quién sabe la verdad? – Preguntó expectante.
- David. – Dije.
Ella siguió limpiando como si no hubiera dicho nada. - Ya lo sé, cariño. – Dijo. Me quedé perpleja, cómo lo sabía si yo no había dicho nada. Antes de que pudiera preguntar, ella mismo se explicó.
- Hace dos años, miré la mano de David, y te vi llegar, pero fue algo extraño, sólo veía oscuridad, y esa oscuridad abrazaba a David, él se dejaba, él quería, buscaba la oscuridad y todo se oscureció, sólo comprendí lo que significaba cuando me dijiste que estabas enamorada. Yo puedo leer el futuro cariño, pero tu futuro se acabó el día que te transformaron, perdiste tu alma, por eso no pude verte. - Dijo ella, acariciando mi rostro con mucha suavidad.
- ¿Qué quiere decir que él se dejaba abrazar por la oscuridad y que lo buscaba?
- Cariño, tú te cruzaste en el camino de David hace mucho tiempo, eres su destino, no puedes luchar contra eso. – Dijo con seguridad, ese gesto fue algo que me llenó de valor, me hizo sentir que podía luchar por él.
- Eres la mejor mamá humana del mundo. - Ella se rió.

Al día siguiente estaba dentro del coche esperando ansiosa a Fernando.
- Creo que alguien te ha echado de menos en el purgatorio. – Dijo Fernando mientras entraba en el coche.
Estaba tan feliz, flotaba en mis propios pensamientos y el comentario de Fernando me hizo reír.
- Espero que esté todo como lo he dejado. - Dije con sarcasmo.
Fernando se rió. – Tranquila, los humanos sigue con sus vidas insignificante como siempre.
Cuando llegamos al instituto, busqué el coche de David, pero no estaba, ¿dónde estaría? Entramos en el instituto y lo seguí buscando por todo los sitios posibles, pero no lo encontré. Las clases se me hicieron eternas, iba a tener que darle la razón a Fernando, estaba siendo una tortura.
La última clase fue de filosofía, era la única clase en la que coincidía con David. Entré en la clase y tampoco estaba. Me senté en el mismo pupitre del otro día.
- Gabriela, podrías empezar a leernos tu trabajo. - Preguntó la profesora.
No me había acordado del trabajo de filosofía y David no estaba aquí. Antes de poder reaccionar, David apareció en la puerta, parecía estar buscando a alguien dentro d ela clase, entonces nuestras miradas se encontraron.

martes, 22 de noviembre de 2011

segunda parte del Capítulo ocho. Instituto

Recogí mis cosas y salí de la clase en busca de la cafetería y de Fernando, cuando entré, él ya estaba sentado en el fondo con tres chicas. Sólo estuve una hora lejos de él y ya estaba con tres chicas, creo que él debía ser el canguro pero tal y como iban las cosas, me iba a tocar a mí.
Fernando me miró y me hizo una señal de cabeza. Salí de la cafetería y lo esperé en el pasillo donde no pasaba nadie.
- ¿Qué haces con esas chicas? ¿Cuál fue la parte de pasar desapercibido, que no has entendido? – Murmuré furiosa, mientras él se acercaba con aquella risita tonta en sus labios.
- No hice nada, estaba sentado esperándote y ellas me preguntaron si podían sentarse, no iba permití que unas chicas tan hermosas estuvieran de pie. – Dijo. - Me encanta este instituto primita. ¡Ah! Una pregunta, ¿tenemos que comer esa comida horrible para humanos? – Preguntó, poniendo cara de asco.
- No lo sé, a lo mejor sí. - Contesté, pero mi atención estaba puesta en David que pasaba y me miraba fijamente.
- ¿Cómo pueden los humanos oler tan bien, con esa basura que comen? – Susurró Fernando, creo que para sí mismo. Al ver que yo no prestaba mucha atención a sus tonterías, me tiró del brazo para ir a la cafetería. David desvió la mirada hacia Fernando, era más bien de curiosidad.
- ¿Puedes soltarme? - Pregunté mentalmente a Fernando.
- Es algo irritante tenerte dentro de mi cabeza dando órdenes. - Susurró Fernando.
Disimulé una risita. Cuando entramos en la cafetería las chicas ya no estaban sentadas en la mesa. Fernando se sentó y yo fui a comprar algo para tomar, no tenía ni idea de que comprar, pero tenía que disimular que comía o bebía algo, a mi lado había una chica pidió una Coca-Cola, así que pedí lo mismo. A la hora de pagar, escuché una voz familiar a mi espalda.
- Te invito yo. - Era David. Me di la vuelta.
- No, gracias. - Dije mirándole a los ojos.
- Insisto.
- ¿Pasa algo Gabriela? - Era la voz de Fernando que ya estaba a mi lado con una mirada picarona, ni me había dado cuenta que él se acercaba hasta que me dio un beso en la mejilla. Por qué demonios había hecho eso.
David fulminó a Fernando con la mirada y luego se fue a una mesa, seguido por Jessica.
- Deja de mirar. – Susurró, Fernando.
- ¿Qué ha sido eso? ¿Por qué me has dado ese beso? - Pregunté enfadada. Se limitó a soltar una risita.
- Te he ayudado, y así me lo agradeces. – Dijo, como si estuviera ofendido.
- No se de qué me hablas. – Dije, mientras pagaba la Coca-Cola y me iba sentar en una de las mesas. Fernando siguió mis pasos como si fuese mi sombra.
- Está furioso, cree que somos novios. - Murmuró con burla. Hice como que él no hablaba conmigo, mientras habría la Coca-Cola. - Está celoso, y eso es bueno, significa que siente algo por ti. – Murmuró, otra vez Fernando, mientras yo daba un sorbo a la Coca-Cola, era algo extraño, estaba fría, pero no sentía sabor de absolutamente a nada.
- Gabriela, sé que desconfías de mí, pero te prometí ser bueno, y tranquila sé lo de David. Puedo controlar la sed por la sangre humana, pero no por sus pensamientos. – Dijo, mirándome con aquellos ojos del color del cielo. Así que él sabia todo, realmente había escuchado todo. Qué iba hacer ahora, Miguel no se podía enterar de nada, sólo le causaría dolor.
- No necesitas, manipular mi mente, te guardaré el secreto y si quieres te ayudaré.
No había pensado manipular su mente, pero no me venía nada mal ese poder.
- ¿Por qué? Eres como una familia para Miguel, eres su creador, ¿por qué prefieres ayudarme a mí? ¿Por qué debería confiar en ti? – Pregunté, dando vueltas a la lata de Coca-Cola de un lado a otro. Podía sentir la mirada de David en mi dirección, pero no iba a mirar.
- Supongo que Miguel no te habrá contado el motivo por el cuál tomamos caminos distintos, ¿no? – Preguntó, arqueando las cejas.
Hice un señal con la cabeza negando. - ¿Qué pasó? – Pregunté.
- Otro día te cuento, no puedo concentrarme con esa chica… - Dejó la frase en el aire y miró en dirección de la mesa donde estaban David y Jessica.

Sí las miradas pudieran matar Fernando y yo estaríamos muertos otra vez, la mirada de David iba hacía Fernando y la de Jessica hacía a mí. En sus miradas no había nada agradable. Sentía curiosidad por saber lo que estaban pensando, pero tenía que respetar los pensamientos de los humanos. Jessica intentaba llamar la atención de David, pero su mirada estaba fija en nuestra mesa y no desvió la mirada un segundo.

Sonó el timbre y Fernando se levantó cogiendo mi mochila, a lo mejor me había hecho una idea equivocada de Fernando, a lo mejor le juzgué antes de conocerlo.
Salimos de la cafetería a la siguiente clase, Fernando pasó las siguientes horas, cambiando miraditas con las chicas de las clases, más bien hipnotizándolas con esos ojos azules.
- Ella también está enamorada de él. - Dijo Fernando.
Yo no dije nada, seguí en dirección del aparcamiento.
- Ya te dije Gabriela, que puedes confiar en mí. – Murmuró.
Me di la vuelta y le miré .Pero en vez de encontrar su mirada, a través de su hombro encontré otra mirada, una mirada penetrante, cálida, la mirada de David. Me di la vuelta y entré en el coche. - Ponte el cinturón. – Dije, mientras Fernando se sentaba en el asiento del copiloto.
Escuché su risita, ya sabía lo que pensaba, ¿para qué un vampiro se iba a poner el cinturón? Si llegamos a tener un accidente, el coche sería el único que sufriría. Le iba a contestar sobre la importancia del cinturón y respetar las apariencias, pero en ese momento otra cosa llamó mi atención.
David abría la puerta del coche para Jessica y al cerrarla miró hacía a mí, desvié rápidamente la mirada, seguramente la llevaría a su casa, ¿estarán saliendo? Al pensar en esa posibilidad, algo estalló en mi interior. Debía haber pensado que él podría estar con alguien, cómo voy a poder verle todo los días con otra a su lado, debería alegrarme porque él tuviese a alguien en su vida, al menos él podía ser feliz, y eso tenía que bastarme, nadie en el mundo podría amarlo como yo lo amaba, pero tampoco nadie en el mundo podría ponerle en peligro como yo.

Cuando llegamos en casa, Mati estaba en la cocina, antes de entrar en la casa ya lo sabía, por el olor fuerte de su comida, cada día me acostumbraba más a esos olores, a Fernando creo que no le hacían mucha gracia, por su cara de asco. Los olores no eran nada apetecibles, pero ya no me importaba
- Hola Mati. - Le saludé, mientras me sentaba en la silla y ponía mi mochila en la mesa. Fernando siguió de pie en la puerta mirándonos.
- Hola cariño, ¿cómo fue tu primer día en el instituto? – Preguntó, abriendo una olla y moviendo algo que estaba dentro, lo que hizo a Fernando volver poner una cara de asco, sufoque una risita tonta.
- Es como estar en el medio del bosque con los animales, pero en el instituto son aún más apetecible. - Dije. Y ella se río.
- Pues yo diría que es el sitio más aburrido al que he ido en siglos. - Dijo Fernando que seguía parado en la puerta.
- Pues yo diría que estabas disfrutando, hipnotizando a aquellas pobres chicas. - Dije burlándome de él. Fernando se acercó y antes de que diera un paso más, le hice un gesto negativo con la cabeza, todavía no confiaba en él lo suficiente para dejarlo tan cerca de Mati. Lo quería bien lejos de ella. Fernando levantó las manos y se fue.

Acompañé a Mati un rato más, en la cocina, luego subí a mi habitación y me eché en la cama con la vista al cielo. No podía sacar la imagen de David y Jessica de mi cabeza, ¿estarían juntos? Pero si estuvieran juntos, él habría cambiado de pareja para hacer el trabajo. Estuve toda la tarde dándole vueltas en mi cabeza.
Escuché una familiar melodía sonando desde abajo. Bajé las escaleras y estaba Fernando tocando el piano, me senté en el sillón y dejé que la canción llenara toda la habitación con aquellas preciosas notas.
- ¡Hora de comer! - Dijo Fernando con sarcasmo y dejando de tocar el piano.
Miguel acababa de llegar, podía escucharlo metiendo el coche en el garaje. Minutos después entraba en el salón. Miró en mi dirección, sentada en el sillón, y luego a Fernando que seguía sentado frente al piano.
- ¿Cuántos criminales has metido entre rejas hoy? - Preguntó Fernando con una voz de burla.
Miguel ignoró a Fernando y vino en mi dirección, se arrodilló frente a mí. - ¿Cómo fue tu primer día de clase? – Preguntó, cogiendo mis manos y dejando su maletín a un lado.
- Mejor de lo que esperaba. – Dije, no hizo falta mirar a Fernando para ver su risita.
¿Es lo que querías? – Preguntó. - Has conseguido todo lo que propusiste, ¿recuerdas? - Dijo, y era verdad, vivía entre los humanos, estudiaba, tenía mi casa, pero me faltaba el más importante amor, si es que puedo tenerlo algún día. Yo asentí con la cabeza, Miguel levanto mi barbilla con la mano.
- Veo tristeza en tus ojos, ¿qué te pasa, cariño? - Qué le iba decir, que estaba triste porque David un chico humano puede tener novia y puede estar enamorada de ella y que me pone furiosa con sólo pensarlo.
- No es nada, sólo tengo sed. – Dije, él asintió con la cabeza, me cogió de las manos y miró a Fernando.
- ¿Vienes con nosotros? – Preguntó.
- Llevo todo el día esperando este momento. – Dijo Fernando. No pude evitar sonreír.
Fernando vivía tan despreocupado de todo, sólo le importaba llenar sus venas de sangre cada día, nada más, añoré el tiempo en el que yo vivía así, jamás creí que iba pensar eso, que me extrañaría vivir en la oscuridad. Pero cada día que vivía entre los humanos, por una parte por el control de mi sed, cada día me resultaba más llevadero, pero los sentimientos humanos, el cariño que se sentía por ellos, era tan complicado de entender.
Cuando llegamos en el torcal, no vimos ninguno ciervo, paloma u otro animal. Estaba todo desierto, como si hubiera ya algún peligro, que los animales hubieran captado escondiéndose entonces.

Miguel, Fernando y yo nos separamos para buscar alguna presa, me subí en unas de las rocas e inspiré el olor del aire fresco, pero había algo más, un olor a sangre fresca, pero no era la sangre de un animal, era una sangre más enloquecedora, más dulce, podía sentir el sabor de la sangre en mi lengua. Sólo podía ser sangre de un humano, miré a mi alrededor y a unos metros de donde estaba, al oeste había un hombre con el cuello