lunes, 29 de agosto de 2011

Capítulo tres. Bañándome con los primeros rayos de sol.



Ya habían transcurrido quince años, que sentí como si fueran días, y aunque mis días eran infinitos, yo no quería desperdiciar mi vida dentro de un ataúd y viviendo sólo de noche. Quería ver el mundo, estaba dispuesta a conocer gente, estudiar, tener una casa, vivir como una humana, como lo que un día fui.
Después de cazar, abracé a Miguel.
- Estoy lista para una vida después de la oscuridad. - Le dije, mirándolo a los ojos.
- ¿Estás segura, amor mío? - Preguntó con la nariz entre mi pelo.
- Sí.- Estaba segura, no tiene sentido vivir sólo para saciar la sed de sangre que necesitaba mi cuerpo. Él  me cogió en los brazos y me condujo hasta nuestra habitación
me puso con mucho cuidado en el ataúd  y luego con un movimiento ágil, se puso encima mía, me besó de una manera de la que jamás me había besado, sentí fuego y pasión, despertó en mí, deseos que estaban ocultos. Le devolví el beso con la misma intensidad. Pasamos la noche acariciándonos y amándonos. Ese día el ataúd no se cerró.

- Ya casi es de día. – Murmuré, él beso mi garganta y me miró a los ojos.
- A partir de ahora podrás vivir de día y de noche, sin necesidad de estar dentro de un ataúd - me dijo, acariciándome el pelo y volvió la cabeza para el lado. – Debes tomar mi sangre. – Murmuró, aproximando su garganta a mi boca.

Con una mano sujete su cabeza y con la otra me apoyé sobre su hombro, cuando encontré su venas con mis colmillos… Mordí, sentía su sangre fluir y escuche su gemido, me pregunté si estaría haciéndole daño, pero él siguió. Una vez hube terminado de tomar su sangre, aparte mi largo pelo de mi cuello. - Quiero que tomes mi sangre, quiero que seamos sólo uno. – Susurré, él se acercó a mi garganta y beso con mucha suavidad, entonces sentí sus colmillos atravesando mi piel, sentía la sangre fluyendo, como un volcán en llamas, pero no sentía dolor y sí una sensación placentera por todo mi cuerpo, sofoque mis gemidos. Él no había gemido de dolor, sino de placer. Me cogió por los brazos y en segundos estábamos en el bosque, se sentó exactamente donde lo había hecho mi primera caza, donde escuché los aullidos de aquel lobo, en lo alto de aquella montaña.
Me abrazó y después de 220 años pude contemplar mi primer amanecer, estaba bañándome con los primeros rayos del sol, pude mirar el cielo, ya no tenía estrella y su color era de un azul inmenso con algunas nubes blancas, a mi alrededor pude apreciar el verde vivo del bosque, el marrón del suelo y los troncos de los árboles. Era como si estuviera viéndolo todo por primera vez, pero podía identificar cada cosa que veía.
Noté como Miguel me observaba,  acaricié su rostro y le di las gracias, a la vez que le besaba. Estuvimos sentados, mirando nuestro alrededor, no sólo era mi despertar a una nueva vida, sino que para el también lo era, porque podría disfrutar de todo los que yo también deseaba. Él se había sacrificado a vivir en la oscuridad por mi, habíua permanecido a mi lado.

- ¿En qué siglo estamos? – Pregunté, mirando al horizonte.
- Estamos en siglo XXI – Respondió. Miguel siempre lo sabía todo, estaba informado del mundo exterior, de cada década, siglos, mi edad, fechas y acontecimientos importantes.
- ¿Cómo sabes que estamos en siglo XXI?
- Tengo mis informantes - Contesto y soltó una carcajada. No pude contenerme y reí junto a él, estaba feliz.

Me condujo por una parte del bosque que jamás había visto, al final encontramos una carretera y un coche, pude escuchar un latido diferente y un olor enloquecedor. Me aferré a Miguel. Estaba asustada, no quería perder el control, pero Migué confiaba en mí. Mi garganta quemaba, pero la sed que sentía, podía controlarla.
Él hombre que estaba dentro del coche salió y abrió la puerta de atrás, era un hombre alto, pero era distinto de nosotros tenía la piel oscura, yo estaba más bien pálida pero el color de Miguel era muy parecido al mío. Supuse que estaríamos más pálidos por tantos siglos en la oscuridad.
Entramos en el coche, Miguel se sentó a mi lado, cuando el otro hombre entró en el coche cerrando la puerta, sólo se escuchaban tres respiraciones y un corazón latiendo. Me pregunté si sabría lo que éramos. Puso el coche en marcha, podía ver la sangre corriendo por sus venas, desvié la mirada de inmediato, tenía que controlarme.
Podía leer sus pensamientos, estaba canturreando una canción. Miré por la ventanilla de mi lado y pude contemplar las flores, las había de todos de colores, el paisaje era precioso.
Tras un trayecto no muy largo, llegamos a un pueblo llamado Antequera, estaba desconcertada, escuchaba muchas voces, y varios corazones latiendo. Tapé mis oídos con las manos, no quería escuchar nada, me estaba volviendo loca.
- Por favor dejen de hablar, por favor cállense. – Grité. Pero tenía que controlarme, Miguel ya me había hablado de eso, era como estar de caza, tenía que centrarme en un sólo latido, una sola respiración, y fue lo que hice, solté un profundo suspiro y despejé mi mente de todas esas voces. Me centré en la respiración de dentro del coche, con mucha concentración pude lograrlo.
- Lo estás haciendo muy bien. - Susurró Miguel a mi oído.
- Tuve un buen maestro. – Murmuré.

Las casas eran todas blancas, había tanta claridad en ese lugar…
Al final del pueblo el coche paró, cuando nos bajamos, observé que habíamos parado frente una casa enorme.
- Sea bienvenida a su casa, señorita Bravo. - Habló una mujer bajita que abría el portal de la casa, podía escuchar sus pensamientos y noté que se alegraba de que yo estuviese allí, deseaba ser mi amiga. ¿Sabría ella lo que yo era?

- Me llamo Matilde, pero puede me llama Mati. - Dijo ella, extendiendo sus manos en mi dirección. Miré a Miguel, que estaba a mi lado, él hizo un movimiento de cabeza. Cogí la mano de Mati y la estreché con mucho cuidado, controlando mi fuerza, exactamente como me enseñó Miguel. El contacto con su piel fue algo cálido y agradable, no como la temperatura fría de piel. Al parecer ella no extrañó el contacto ni mi temperatura.
Cuando entramos en la casa, las paredes eran de color marfil, el suelo era blanco, en el lado izquierdo había una mesa grande de cristal, en el centro había un sofá ovalado también blanco, cerca había una chimenea de piedra, las alfombras eran de color marfil, como las paredes. A mi derecha bajo una ventana, había un piano de cola, igualmente blanco, era todo tan perfecto… Había tanta claridad, las escaleras estaban situadas cerca del piano, deseaba mirarlo todo y podría haberlo hecho en pocos segundos, pero no podía olvidad que había personas a mi lado que me estaban mirando.

- Señorita,  ¿le enseñó su habitación? - Murmuró Mati.
- Por favor, llámeme, Gabriela. – Dije. Mi voz sonó serena y suave. Mati me dedicó una sonrisa y yo la devolví sin enseñar los dientes. Escuchaba los latidos de su corazón pero mi sed estaba controlada. No me fiaba de estar sola con ella en una habitación, así que tiré de Miguel para que viniera con nosotras. Subimos las escaleras, la planta superior era exactamente igual que el salón, todo con mucha claridad, en el pasillo había una mesita larga con un jarrón de rosas blancas, al final Mati se detuvo.
- Esta es su habitación, seño… Gabriela.- Dijo y luego se retiró.
Al abrir la puerta quedé fascinada, todo estaba organizado. La habitación, era enorme, en medio había una cama, no recordaba la última vez que había visto una. Me senté en ella, era suave con sábanas blanca de seda, las cortinas de la ventana hacían juego, al lado izquierdo había un escritorio, el techo no era como el del salón, era de cristal, podía ver el azul del cielo. Vi, que había otra habitación más pequeña sin puerta, era el armario, estaba repleto de ropa, zapatos, bolsos, y maquillajes, me acerqué y a unos pasos de mí, había una chica que me miraba asustada, tenía los ojos verdes como los míos y llevábamos el mismo vestido, se movía al mismo tiempo que yo abrí, la boca para preguntarle quién era, pero ella también la abrió, no entendía nada, miré a Miguel que me observaba sonriendo.
- Eres tú, es tu reflejo. – Dijo.
- ¿Mi reflejo? Estoy despeinada y llevo el mismo vestido del día que te conocí. - Me senté para poder mirarme mejor, había algo distinto en mí, el pelo llegaba un poco más debajo de los hombros, seguía siendo de color negro, mis ojos eran verdes. Miré a Miguel que estaba detrás de mí, observándome, extendí mis manos, él se acercó y pude ver su reflejo en el espejo.
- Si no tenemos alma, ¿por qué nos reflejamos en el espejo? – Pregunté.
- Sólo te puedes reflejar en este espejo, es especial, como tú. - Me dijo. Estuve sentada frente el espejo durante mucho tiempo, mirándome.
Dentro del vestidor había otra puerta, fui en dirección a ella cuando abrí, había una enorme bañera en el centro y el techo era exactamente como de la habitación.
Todo me resultaba familiar, volví a llamar a Miguel, pero él ya estaba detrás de mí.
- Viví aquí hace mucho años, está tal como lo dejé. – Murmuró. - Si quieres puedes cambiarlo todo.
- Me gusta tal y como está, es precioso.
- ¿Tienes sed? - Me susurró.
- Siempre tengo, pero puedo controlarlo. ¿Mati sabe lo que somos?
- Sí, pero ella no tiene miedo, porque sabe que no le harás daño a  nadie. ¿Qué quieres hacer ahora?
Lo miré de arriba a abajo y yo me examiné de igual manera. - ¿Qué tal una ducha y ropas nuevas? Tenemos un aspecto horrible.
- Deseaba quitarte ese vestido desde hace muchos años. - Dijo con una sonrisa. Miguel comenzó a quitarme el vestido, me llevó hasta la bañera y abrió el grifo, mientras la bañera se llenaba, él también se fue desnudando, cuando la bañera estaba lista se metió a mi lado.
- Una ducha es algo muy humano. – Murmuró Miguel.
Estuvimos horas mirando al cielo mientras nos bañábamos.
- Creo que ya llevamos bastante tiempo en esta bañera, ¿qué quieres hacer ahora Gabriela?
- ¿Qué te apetece hacer a ti?
- Cariño, tienes que tomar tus propias decisiones, ¿qué te gustaría hacer?
- ¡Todo lo que hace una chica de 18 años!
- Eso es un poco complicado Gabriela.
- ¿Por qué?
- Porque tu tienes 220 años. – Contestó Miguel mientras se reía.
En ese momento escuché unos pasos en el pasillo y un corazón latiendo frenéticamente. Salí rápidamente de la ducha para abrir la puerta, antes de llegar a tocar el pomo, Miguel cubrió mi cuerpo con una toalla.
- ¡Oh! Me olvidé, gracias.
Abrí la puerta y estaba Mati, esperando. - Lo siento señorita Gabriela, abajo hay un caballero que desea habrá con el señor.
- Dile que bajo enseguida. – Contestó Miguel.
Cuando me di la vuelta, Miguel ya estaba vistiéndose. - ¿Quién es? Pregunté.
- Es el abogado. - Estuve pensando, intentando recordar que es un abogado, pero no lo sabía. - ¿Qué es un abogado?
- Es una persona que se encarga de todo tipo de papeles, por ejemplo, tus documentos. Para poder vivir aquí, necesitas de una identidad.
- Creo que el abogado está asustado, percibo su respiración descontrolada y sus latidos, su corazón va muy deprisa, los humanos solo están así cuando tienen miedo, ¿no?
- Porque él hace cosas que no debería, tiene medo de que la policía lo descubra.
- Pues el debería tener miedo de estar en una casa en la que hay una vampira sedienta. -Dije saltando en la espalda de Miguel.
- Gabriela, compórtate.
- Sólo era una pequeña broma. - Le dije, cuando salía de la habitación.

Entré en el vestidor y busqué una ropa, no sabía que ponerme. Estuve mirándolo todo, me pregunté quién habría comprado toda esa ropa. Escuché unas pisadas en el pasillo pero luego se detuvieron, reconocí que eran las pisadas de Mati.
- Mati, entré, por favor. - Le grité, pero creo que mi voz salió más fuerte de lo que imaginaba. Mati, entró en la habitación y se quedó mirándome, notaba que estaba tranquila, así que me relajó saber que mis gritos no la habían asustado. - ¿Me puede ayudar a escoger una ropa? Por favor. – Esta vez controlé mejor el volumen de mi voz.
- Sí, señori… Gabriela.
Me acerqué a ella y cogí sus manos.- Tú te llamas Matilde, ¿verdad?.
Ella asintió con la cabeza. - Pero te gusta que te llamen Mati, yo me llamo Gabriela y tú me puede llamar Gabi. - Ella disimuló una risita.
- Te llamo señorita porque es una manera de expresar mi respeto hacia su persona.
- Técnicamente tú eres la señora y sin embargo te llamo Mati. – Dije, mientras ambas reímos.
- ¿Qué ropa quiere, señorita Gabi?
No había manera de quitar la palabra señorita del vocabulario de Mati, tendría que acabar acostumbrándome. - Quiero algo bonito. – Dije.
Mati me ayudó a ponerme un vestido que llegaba hasta mi rodilla de color blanco, ella misma lo escogió. Me senté frente el espejo para que me cepillara el pelo, me ayudó con el maquillaje también, había color en mis mejillas, sería por el colorete que Mati me puso.
- Estás preciosa. - Murmuró Mati.
- Tienes razón, Gabriela está preciosa. - Contestó Miguel, que estaba en la puerta.
Mati dejó el cepillo en el tocador y salió. Antes de que saliera por la puerta me levanté deprisa para agradecerle lo que había hecho por mi, quise darle un abrazo pero temí tenerla tan cerca, con lo que intenté expresar mi gratitud con una sonrisa.
-Te veo feliz. – Comentó Miguel, dando un beso en mi garganta.
- Soy feliz. - Murmuré, y era verdad, estaba feliz, sentía que me faltaba algo para que la felicidad fuese completa, pero estaba disfrutando mucho. Sentí que tenía una segunda oportunidad.
- ¡Vámonos de caza! ¿Te gustan las palomas? – Preguntó Miguel.

Cuando salimos de la casa, ya era de noche. Las calles, tenían farolas que lo iluminaban todo. No tuvimos que ir muy lejos para encontrar las palomas, al parecer todas habitaban aquí. Tuvimos mucho cuidado por si había algún humano cerca. La sangre de las palomas era mucho mejor que la sangre de los lobos.
- ¿Con eso tienes suficiente? – Preguntó Miguel.
- Sí, gracias.

martes, 23 de agosto de 2011

Capítulo dos. Juntos para siempre.




Cuando entré en el bosque, Miguel estaba a mi lado tenía las manos entrelazadas con las mías. No escuché nada fuera de normal, lo único que percibía eran los ruidos de siempre, me detuve y me concentré un poco, fue entonces cuando escuché un llanto, aquello era un sonido nuevo para mis oídos, mas en algún lugar de mi cerebro reconocía el sonido, sabía que lo había escuchado antes pero no era capaz de asociarlo a nada. Miré a Miguel, solté su mano y me fui a la dirección de la que provenía el llanto, me encontré con un pequeño y hermoso niño sentado en el suelo, no sé exactamente pero calculo que tendría unos dos años, ¿por qué Miguel había traído un niño? Por increíble que parezca los latidos de su pequeño corazón no me llamaban tanto la atención como sí lo hacían sus llantos, sólo deseaba cogerlo y ofrecerle protección de todo el mal que pudiera haber a su alrededor, pero el problema es que… yo era el mal, yo era el peligro que le acechaba, no tenía sed tenia me había alimentado bien antes, necesitaba cogerlo y hacer que su llanto cesara.
Me acerque más a él, me arrodillé y extendí mis brazos, el pequeño que se encontraba a pocos metros, se levantó y comenzó a caminar hacia mi, con sus pequeños y torpes pasitos. Miguel ya estaba a mi lado, colocó su mano en mi cintura.
- Cuidado, amor, sólo es un niño –murmuró. Pero yo no quería hacerle daño a aquella preciosa criatura, sólo quería calmar su llanto y su miedo.
Cuando lo tuve lo suficientemente cerca, lo estreché contra mi pecho y me moví de un lado a otro con mucha suavidad para no hacerle daño, lo mecía con suavidad mientras me miraba con aquellos ojos castaños llenos de lágrimas, susurré una nana en su oído
que procedía de alguna parte de mi cerebro, y noté como le calmaba, apoyó su pequeña mano en mi pecho y fue cerrando sus ojos. Permanecí en silencio observando su sueño, era una criatura tan frágil…
- Amor, tengo que llevarle de vuelta, antes de que su madre despierte - dijo Miguel con los brazos extendidos, yo no quería apartarme de ese ser tan pequeño, sentía que debía protegerlo de todo el mal. Aún sabiendo que el peligro era yo, quería tenerle para siempre en mi vida.
- ¿No podemos quedárnoslo? Le supliqué a Miguel, que se acercó y me besó el pelo.
- Él tiene familia cariño.
No  quería apartarme de él, sentía que me pertenecía, sentía que ahora mi existencia en el mundo tenía un sentido, pero Miguel tenía razón él tenía una familia, una que nunca pondría su vida en peligro, y por encima de todo yo quería su bien, quería protegerlo no quería aceptarlo pero yo era un peligro para él. Con una dolor más fuerte que el dolor de la falta de sangre en mi cuerpo, entregué el niño a Miguel. Me quité la cadena que Miguel me regaló por mi cumpleaños y se la puse al pequeño, en la medalla estaba escrito: Juntos para siempre.
Permanecí quieta mientras Miguel se alejaba, sentí que una parte de mí, se estaba yendo con ese pequeño, espere sentada a que Miguel volviera. El sol comenzaba a salir cuando regreso cogiéndome entre sus brazos para llevarme a casa, me llevó hasta nuestro ataúd y una vez me hubo acostado, se tendió junto a mi, juntando sus manos con las mías.
- No quiero volverlo a intentar Miguel. Viviré así mientras dure esta eternidad.
- ¿Qué te pasa cariño?
Dejé escapar un profundo suspiro y en mantuve en silencio unos segundos.
- No es como yo pensaba, hoy me di cuenta de que lo más duro no es controlar la sed y dejar que una persona permanezca con vida. Lo más duro es conocer personas que perderé, personas que envejecerán y morirán mientras yo vivo una eternidad.
- Lo siento, te traje un niño, porque sabía que serías capaz de controlar tus instintos, sé que dentro de ti hay sentimientos. - Murmuró
- No creo que esté preparada, puedo esperar un poco más de tiempo. - Dije. Lo único seguro que tengo es el tiempo, tengo todo el del mundo, una eternidad.

Miguel siempre estaba pendiente de mí y sé que yo era la razón de su existencia, antes de conocer a aquel niño, sentirlo entre mis brazos, sentir su calor, él también era mi única existencia, pero sentía que aquel pequeño también era parte de ella ahora.
Miguel siempre se iba unas horas, antes de que yo me despertase, cuando volvía me traía libros. Después de mis cazas, los leía, eran tipo de libros, desde los más antiguos a los más modernos. Los humanos tenían unas mentes maravillosas y muy interesantes, siempre estaban intentando superarse a si mismos, superar sus logros  y muchas veces desafiando a la propia naturaleza.




miércoles, 3 de agosto de 2011

Una Vida Despues De La Oscuridad

Capítulo uno. Eternidad.

Cuando abrí los ojos estaba todo oscuro, pasé las manos por los lados, era como una especie de caja de baúl, no sé quéhacía aquí, no me acordaba de nada, lo único que me venía a la mente era ese dolor insoportable que me quemaba por dentro, me retorcía de la agonía, ningún dolor en el mundo se comparaba con ese, pero ya no recordaba nada más.
Seguí pasando la mano a mi alrededor, y fue cuando me di cuenta que estaba dentro de un ataúd, ¿estaría muerta?
Si no lo estuviera, ¿porque estaría aquí? Estuve unos segundos en silencio, fue cuando me di cuenta de que mi corazón no latía, que no respiraba y tan poco me hacía falta aire en los pulmones, cuando me toque la cara con las manos no sentí calidez, pero mi piel tampoco era fría. Sí estaría muerta, sólo eso tenía sentido, cuando uno se muere va para el cielo o para el infierno, nadie dijo nunca que uno despierta dentro de su propio ataúd. Siempre pensé que cuando uno se muere es como si nunca hubiera existido, pero yo sigo aquí no viva pero tampoco muerta, lo único que siento es ese horrible dolor extendiéndose por todo mi cuerpo, mis huesos, mis venas, por más que intento no puedo recordar nada, debería gritar y pedir ayuda. Sé que estoy dentro de un ataúd, ¿quién me va a escuchar bajo tierra? Sólo le daría un ataque a la persona que abriese el ataúd. Tal vez todavía sea mi duelo y aún no me enterraron, pero no escucho ninguna voz, aunque sí escucho los susurros del viento, los pájaros y juraría que puedo distinguir el canto de cada pájaro, puedo escuchar las pisadas de los animales en el bosque, el latido de sus corazones, la sangre que corre por sus venas. Al escuchar todo eso me ha dado sed, mucha sed, mi garganta ahora está ardiendo, siento un quemazón, y tanta sed… Hasta ahora no me había dado cuenta de la sed que tengo, necesito agua, mucho agua. Si paso más tiempo aquí voy a morir de sed.
Seguí pasando la mano a los lados para ver si podía abrir el ataúd por algún lado, sentí que tenía una fuerza brutal, sería un ataúd de un material fuerte, porque se fuera de madera, ahora solo sería astillas. No puedo entender de donde viene esa fuerza, no me recuerdo haber tenido tanta fuerza en mi vida, la verdad es que no me acuerdo de nada. Creo que estoy un poco confusa y aquí dentro no puedo pensar con claridad. Ya no podía pensar en nada más que no fuera abrir ese ataúd, y apagar mi sed, creo que necesitaré litros y litros de agua, pero primero tendré que pensar en una forma de salir de aquí.
Continúe pasando la mano por los alrededores, de repente la Tampa se abrió.
Salí disparada, con una velocidad sobrenatural, intentaba encontrar agua para calmar mi sed, me encontré en una habitación sin ventanas todo estaba oscuro, en el medio de la habitación estaba el ataúd, fui en dirección a la puerta, cuando la abrí entré en otra habitación, tampoco tenía ventanas y en el medio había otro ataúd. Cuando me acerqué éste se abrió y dentro había un joven extendido, su rostro era perfecto, su piel blanca, el pelo negro, automáticamente le acaricié el rostro, su piel no era cálida, pero tan poco fría exactamente como la mía y tan poco escuche sus latidos de su corazón, pero si su respiración. Inesperadamente sus preciosos ojos se abrieron, no me asusté, algo dentro de mí decía que debería haberlo hecho, pero aquellos ojos negros me miraban de una forma, con la que sólo podría sentir compasión.
- Has despertado amada mía - Susurro aquel joven con una voz tan serena.
¿Por qué me llamaba amada mía? ¿Por qué él también estaba dentro de un ataúd? ¿Por qué mi cerebro pensaba tan rápido y formulaba tantas preguntas a la vez? Si no tuviera tanta sed, le exigiría todas las respuestas a mis preguntas, pero no podía soportar más. Antes de dar la vuelta y salir por la otra puerta, él se levantó.
- ¿Tienes sed? - Preguntó, ¿cómo lo sabía? Supongo que él también debería estar sediento sí estuvo el mismo tiempo que yo dentro de ese ataúd.
Otra pregunta vino a mi mente, ¿cuánto tiempo estuve dentro del ataúd?
-Sí, tengo sed, necesito agua – contesté. - Mi garganta está seca. - Luego di la vuelta en dirección a la puerta, que sería la de la salida de esa habitación, pero antes de dar un paso, él habló de nuevo.
- El agua no saciará tu sed – Afirmó
- ¿Entonces qué lo hará? - Pregunte atónita.
¿Qué más podría matar mi sed?
Él bajó la cabeza. - Sangre, sólo sangre puede saciar tu sed – contestó. Al escuchar esas palabras mi garganta quemaba, estaba en carne viva, en ese momento vinieron muchas preguntas a mi cabeza, muchas imágenes de una vida que no recordaba, únicamente imágenes sueltas, y después dolor, ataúd, sed, velocidad, mi oído tan agudo, sangre, todas esas cosas, solo podrían significar… ¡Vampiro! No podría ser, los vampiros son mitos, leyendas, yo no podía ser un monstruo que bebe sangre para sobrevivir, pero sólo de pensar en la sangre, sentí el fuego en mi garganta y no pude esperar un momento más, la sed era más fuerte que todo lo que podía imaginar y necesitaba saciarla. Salí corriendo hacia la puerta, pero antes de llegar a ella, él ya la bloqueaba impidiendo mi paso.
-Tenemos que hablar, tengo que explicarte muchas cosas - murmuró sin mirarme a los ojos.
- Mi garganta está seca - pude decir en susurros, él no dijo nada, me agarró de la mano, cuando salimos de la habitación, había un pasillo muy largo y lo cruzamos en medio segundos, la velocidad a la que me arrastraba era algo sobrenatural. Poco a poco conseguí alcanzar su ritmo cuando ya estábamos al final del pasillo. Era como una cueva oscura, cuando salimos, todo estaba oscuro, podía escuchar cada movimiento de los animales.
Me condujo hasta dentro del bosque, de repente se detuvo y permaneció en silencio durante varios segundos, sólo se escuchaban los ruidos de la noche, en ese momento aulló un lobo, y pude escuchar los latidos de su corazón, salí disparada automáticamente sin pensar y no sé cómo, pude encontrar al lobo que estaba arriba de una montaña, podía sentir la sangre corriendo por sus venas, sentía que mis colmillos crecían y que me dolía. Me agazapé y me abalancé sin pensar, directamente a la garganta del lobo, cuando mis colmillos atravesaron sus venas la sangre fluía y cuando bajó por mi garganta sentí el alivio, ya no quemaba, en ese momento pude escuchar latidos de otro corazón. El lobo que se debatía para sobrevivir se escapó de mis garras aprovechando mi distracción. Intenté concentrarme en los otros latidos, la sed ya no era tan fuerte como antes, ya no sentía mi garganta tan seca cuando mire para atrás, el mismo joven que me había traído, me estaba observando sin ninguna expresión en su rostro.
- Todavía tengo sed - le dije. Él se acercó y limpió mi boca, luego se adentró al bosque y en pocos segundos vino con dos lobos, los puso en el mismo sitio donde estaba el otro, tome la sangre de los dos mientras él me observaba, sin decir una palabra.
Mi sed no estaba saciada del todo.
- ¿Todavía tienes sed? Preguntó él.
- Sí, pero no como antes, ya no me quema la garganta – contesté, mirando sus ojos negros.
Me levanté de un salto y acaricié su rostro, era hermoso, él cogió mis manos y me dio un beso.
-vámonos. – ordenó. El camino de vuelta fue muy corto, mis pies iban en la misma velocidad que los de él.
Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar. Cuando llegamos a la habitación en la que se encontraba el ataúd, todo estaba muy oscuro, pero podía ver su rostro perfectamente, como si estuviera a la luz del día.
- Sé que estás confusa y tienes muchas preguntas – dijo él con aquella voz tan suave. - Te contestare a todas.
- No me acuerdo de nada, ¿qué pasó? - Pregunté mirándolo a los ojos. Ahí, en medio de la habitación, de pie, me sentía cómoda era como si estuviera sentada, no me encontraba cansada.
- Te contaré toda la historia, empezando por la mía - contestó.
- No me acuerdo de mi vida humana lo único que sé es que cuando fui transformado tenía 18 años y que me llamaba Miguel. Me desperté, en el bosque 6 siglos atrás, no sabía que hacia ahí, lo único que sabía… que sentía era una sed que quemaba mi garganta. Como la tuya - dijo, con su mano acariciando mi garganta.
- En ese momento escuché los latidos de varios corazones, la sangre caliente en las venas de los animales, y esos sonidos me volvieron loco. Fue cuando salí disparado y me abalancé sobre un oso, la sed no era como antes, pero no me había saciado del todo. Tenía muchas preguntas, estaba desorientado no sabía qué hacer, no sabía que había pasado. Andando por el bosque, encontré el vampiro que me convirtió. Él era exactamente como yo. Me contó todo lo que me había ocurrido y lo que sería por toda la eternidad, me enseñó cómo vivir esa nueva vida, y me dio de su sangre para beber, solo bebiendo su sangre podría salir otra vez a la luz de día. Después de muchas conversaciones, conseguí controlar mi sed y pude vivir con los humanos. Posteriormente tomamos caminos distintos. Antes estuve viviendo aquí, en la oscuridad, durante muchas décadas en ese ataúd. Mi nueva vida en la eternidad no tenía sentido alguno después de todo ese tiempo, decidí vivir con los humanos. Siempre estaba cambiando de ciudad, países… Todo envejecía y moría pero yo no.
Sólo tenía un propósito, quería encontrar mi compañera y así podría disfrutar de mis infinitos días con ella. Fue cuando te encontré.
Estabas sola, no tenías a nadie, vivías en la calle. Me acerqué y te pregunté tu nombre, sólo me dijiste que querías morir, que tu familia toda estaba muerta.
Te pregunte otra vez por tu nombre y me dijiste que te llamabas Gabriela.
Cuando mi mirada se encontró con la tuya, cuando vi por primera vez esos ojos verdes, supe que tú eras quién yo buscaba, por más que tu deseabas estar muerta yo no tenía el derecho de quitarte la vida, no tenía el derecho de condenarte a vivir en la oscuridad junto a mí, pero tú misma me pediste que te matara, que ya no tenía sentido vivir, que me entregabas tu vida. Tu mirada, tu voz… Todo en ti me volvía loco. Pensé mucho antes de tomar esa decisión. Esa es toda la historia - finalizó, desviando la mirada.
Así que me llamaba Gabriela, ¿sería por eso que no me acordaba de nada? Porque no tenía familia no tenía nada que recordar.
Levanté con las dos manos su rostro y busque su mirada con la mía.
- ¿Por qué veo tristeza en tu mirada? – Pregunté. Él me miró con ternura, pero podía ver el dolor y la tristeza a través de aquellos ojos negros como la noche.
- No tenía derecho quitarte la vida, condenándote a vivir en la oscuridad - murmuró.
- Pero tu dijiste que has vivido muchos años con los humanos, yo también podré, ¿verdad?
- Gabriela, amor, para vivir entre los humanos, se necesitan muchos años de práctica, más bien tortura - contestó con una voz muy baja

-Confío en ti, sé que me ayudarás - dije sin pensar, pero era cierto confiaba en él, era la única persona que tenía en el mundo.
- Faltan pocos minutos, para que salga el sol, tenemos que acostarnos.
-Pero tú no tiene la necesidad de esconderte de él, ¿verdad? – Pregunté. Acaricio mi mejilla.
- No te dejaré sola nunca - me prometió.

Con él me sentía segura, me acompañó a una nueva habitación, igual de oscura que las otras y sin nada más que un ataúd en el medio, pero ese ataúd era mucho más grande, era como dos en uno, cuándo nos acercamos el ataúd se abrió automáticamente sin tener la necesidad tocarlo. Mire a Miguel y en sus labios se formó una sonrisa, no recuerdo haber visto esa sonrisa antes, era perfecta para aquel rostro tan hermoso.
- Está programado, para cuando abrirse solo cuando debe. - murmuró. - Antes de amanecer y al anochecer, ¡tecnología! - Dijo aun con aquella sonrisa en sus labios.
Era como una cama de matrimonio, pero en forma de ataúd, cuando nos acostamos, el ataúd se cerró, y el entrelazo mi mano con la suya, lo miré y tenía los ojos abiertos. Cerré los ojos y escuche sus susurros.
- Duerme, mi princesa, amada mía.

Me desperté, nuevamente con sed, mi garganta volvía a quemar. Cuando abrí los ojos y miré en dirección a Miguel, él seguía igual, con los ojos abierto. Ya seria de noche otra vez porque el ataúd se abrió. Salí del ataúd de un salto, Miguel ya estaba a mi lado.
- ¿Tienes sed? - Preguntó, cogiendo mi mano.
Sólo asentí con la cabeza, mi garganta estaba demasiada seca para poder hablar.

Me llevó al bosque, como hizo la noche anterior, me enseñó a cazar, a ignorar los otros corazones latiendo y su venas con sangre caliente a mi alrededor. Hice exactamente lo que él me dijo, me concentré sólo en mi presa, en la sangre que tomaba, mi garganta no quemaba como antes, pero no tenía la sensación de estar satisfecha.
Mientras tomaba la sangre de mi oso, él se adentró en el bosque y después de unos minutos, apareció de nuevo. ¿Por qué él no se alimentaba junto a mí?

Así fue mi vida durante dos siglos, mis deseos, mis necesidades, mi adicción por la sangre era siempre insaciable. Durante todos esos años, Miguel me enseñó todo lo que debía saber, me explicó cómo sería vivir con los humanos. Me enseñó a respirar, a pestañear, a no estar de pie mucho tiempo, a controlar mi fuerza, me enseñó todo sobre los humanos. Pero solo sabía la teoría, nunca puse en práctica mis clases.
Miguel me dijo que lo más insoportable sería estar cerca de ellos y no desear tomar su sangre. Pero quería intentarlo, porque mi vida no tenía sentido, no quería vivir para siempre en la oscuridad, no valía la pena vivir así, sería mejor morir y acabar con toda esa tortura.
Miguel siempre estuvo de mi lado ayudándome, dándome cariño, pero sentía que necesitaba algo más, no recordaba cómo había sido mi vida de humana, pero no creo que fuera tan horrible como para desear estar muerta. No tenía sentido vivir toda la eternidad así, ahora entendía a Miguel, lo que dijo sobre que su eternidad no tenía sentido alguno y por eso me trasformó para ser su compañera, en sus ojos ya no había tristeza, podría decir que estaba feliz, por más que él estaba conmigo, sentía por una parte mucha gratitud por él, porque sé que no me trasformó solamente para tener una compañera y sí porque yo tenía un sufrimiento mayor, hoy no puedo entender que sufrimiento en mi vida humana podría compararse con eso.
Tras todos esos años con Miguel, ya le tenía un enorme cariño, y sé que él no condenaría a nadie por satisfacer sus propias necesidades, esa sería su última opción y le quería por eso, él no era un monstruo, era mi compañero. Pero dentro de mí sé que faltaba algo, solo que no sabía que era.
- Gabriela ya es hora- me susurro Miguel.

Esa noche Miguel no me había acompañado a cazar y se fue en busca de un humano, antes de vivir entre ellos tendría que poner mis clases en práctica. Miguel iba a dejar al humano en el bosque, yo debía que alimentarme muy bien antes para luego estar andando alrededor del humano, debía acostumbrarme al latido de su corazón, tenía que familiarizarme con su olor, su voz, sus movimientos…
Una vez hube tomado toda la sangre que pude, Miguel me dio un beso en la frente.
- Confió en ti - murmuró y luego entro en el bosque, por primera vez sentí miedo, estuve quieta mirando en todas direcciones, no encontré a Miguel y tampoco pude sentir ninguno olor diferente, permanecí así, varios segundos hasta que escuché unas pisadas diferentes a las de los animales del bosque y las de Miguel. Debía ser el humano, con mucho cuidado me adentré en el bosque. Podía escuchar una respiración descontrolada y un corazón latiendo frenéticamente. Tenía un olor irresistible, enloquecedor, ¿dónde estaría Miguel? Necesitaba su ayuda.
Salté a un árbol para poder ver mejor, el olor y las pisadas venían del oeste, me concentré unos segundos, no podía dejarme llevar por la sed o viviría así toda la eternidad, siendo un, monstruo. Debía aprender a controlarme, algo muy difícil con aquel corazón llamándome con cada latido.

Mientras pensaba en lo que tenía que hacer, escuché unos pasos justo debajo del árbol en el que estaba, miré y allí estaba, había un hombre mayor, podía percibir su miedo, corría de un lado al otro, salté al suelo agazapada, lo estuve mirando, analizando todos sus movimientos, a través de su camiseta podía sentir su corazón latiendo frenéticamente, pude escuchar sus pensamientos, estaba asustado, no entendía que estaba pasando, al verme noté el miedo que me tenía, pero yo no quería hacerle daño. La sangre que corría por sus venas me volvía loca, pero no quería ser un monstruo. No quería que él sintiera miedo, en cambio quería poder decirle que no pasaba nada que toda estaba bien, que estaba a salvo, pero no podía porque yo era quien le provocaba el miedo, yo era el monstruo. No podía permanecer un segundo más cerca de él, ya no quería escuchar sus pensamientos, el me temía, me aborrecía. Entonces… huí. Salí corriendo en dirección contraria, cuando estuve lo suficientemente lejos para no escuchar su pensamientos ni percibir su olor… Clavé mis uñas en un árbol y estuve ahí intentando concentrarme en otra cosa que no fuera el humano, pero no podría pensar en nada que no fuera su olor, los latidos, su sangre.
- Tranquila, amor - dijo miguel soltando mis uñas del árbol, mientras me abrazaba.
- Él tenía miedo, pero me temía a mí. Yo no quería hacerle daño, pero su sangre, su olor, los latidos… creí que me iba a volver loca – dije.
- Ya lo sé, vida mía, pero no te preocupes jamás dejaré que hagas daño a alguien o incluso a ti misma.
- ¿Por qué no estabas conmigo? - Pregunté, aferrándome a él.
- Tienes que hacer esto sola. Estuve todo el tiempo cerca, por si me necesitabas, lo siento. Sé lo duro que es.
- Por favor sácame de aquí y no me vuelvas a dejar sola ni un segundo.
Le pregunté a Miguel porque podía escuchar los pensamientos del humano pero no supo responderme. Me explicó que podría escucharlos como si estuvieran hablando en voz alta, que podría escuchar todos los pensamientos a la vez y que tendría que aprender a controlarlo porque iba a ser muy confuso, sería como si decenas de personas me gritasen al mismo tiempo.
Cada vez estaba más asustada, comencé a dudar sobre las posibilidades que tenía de conseguir de vivir rodeada de humanos, pero vivir en esta oscuridad comenzaba a ser una tortura, tenía que volver a intentarlo pero le pediría Miguel que permaneciese a mi lado, no podía hacerlo sola.