martes, 11 de octubre de 2011

Capítulo siete. Visita inesperada.

Cuando llegamos a casa, Miguel ya estaba allí, y además acompañado. Escuché una conversación dentro de la casa… - ¡No te puedes quedar, tenemos que pasar desapercibidos! - Era la voz de Miguel y percibí su enfado por el tono de voz. - Es inevitable luchar contra la naturaleza, amigo mío. - Era una voz de hombre, pero no escuchaba ningún latido de corazón, sólo escuchaba los latidos de Mati que estaba conmigo en el coche. Sería un vampiro. Mati ya estaba abriendo la puerta del coche, rápidamente la cerré, no quería asustarla, pero era inevitable. Ella me miraba en busca de una respuesta por mi reacción.

- Mati, quiero que te quedes aquí. Miguel está hablando con alguien dentro de la casa y ese alguien no es humano. - Dije. Luego, salí disparada hasta la entrada. Abrí la puerta con cuidado y entré, no noté la presencia de nuestro visitante. Miguel estaba cerca de la chimenea con un joven alto, rubio de ojos azules como el cielo. La conversación se detuvo a mi llegada y me miraron sorprendidos.

- ¿Les interrumpo? - Dije con una sonrisa amable, a la vez que me acercaba a Miguel.
- Claro que no, cariño. - Murmuró Miguel, dándome un beso en la mejilla.
- Tú debes ser Gabriela. - Dijo el joven de los ojos del color del cielo. Tenía una sonrisa perfecta.
- Sí, ella es Gabriela. - Contestó Miguel.
- ¡Vaya! Miguel no me advirtió sobre lo hermosa que eres. – Dijo.
- Cariño, él es Fernando. – Contestó Miguel. Estaba en lo cierto aquel joven que no tendría más de 20 años, no era humano, era un vampiro. El vampiro que transformó a Miguel, a algunos siglos atrás. Por qué Miguel le diría que no se podía quedar aquí. Que yo sepa, Miguel ya había perdonado a Fernando por haberlo convertido. Pero qué hacía él aquí. Algo en él no me inspiraba confianza.
- Es un placer conocerte, Gabriela. - Dijo con una voz encantadora.
- Lo mismo digo. - Repliqué con una sonrisa forzada. – Miguel, ¿me puedes explicar qué hace él aquí? Pensé, utilizando mis poderes.
- Cariño, Fernando estaba preguntando antes que tú llegada, ¿si podría pasar una temporada con nosotros? – Contestó Miguel, pero en su voz noté algo de contrariedad.
- Sí, cuando llegué pude escuchar algo de la conversación, algo como… ¡Es inevitable, luchar contra la naturaleza! ¿Qué quiere decir? – Pregunté, mirando a Fernando a los ojos. Él disimuló una risita. Pero no fue él quien contestó mi pregunta, sino Miguel.
- Fernando no sigue nuestra dieta. – Dijo, con una expresión extraña de explicar.
- Entonces, ¿de qué se alimenta? - Pregunté con la mirada fija en la de Fernando. Miguel nunca me dijo que había otra manera de saciar la sed. Y si hubiera otra manera, sin duda, Miguel habría optado por ella. Desvié mi mirada a mi compañero y vi una mirada inquietante en los ojos azules de Fernando.
- De sangre. – Dijo, pero yo no estaba entendiendo nada, si él acababa de decir que no sigue nuestra dieta y nosotros tomamos sangre… Creo que al ver la expresión de confusión en mi rostro, Miguel me explicó.
- Él, toma sangre como nosotros, pero a él no importa de dónde viene la sangre. Lo que quiero decir es, que al él le da igual que sea de un animal o de un humano, mientras sea sangre y sacie su sed. - Miré a Miguel horrorizada, con los ojos abiertos de par en par. Cómo había dejado entrar en casa a un vampiro que bebía sangre humana, y si Mati estuviera dentro de la casa, qué pasaría. Si para mí era una tortura controlarme y nunca había probado la sangre humana, imagina a uno a quién no le importan sus vidas. No podía dar crédito a lo que Miguel había hecho. No había pensado en Mati, sabiendo lo importante que ella es para mí. Ahora entiendo la conversación de antes. Una parte de él tenía razón, no podíamos luchar con eso, pero podíamos intentar vivir de otra manera.
- Tranquila, no te asustes, Miguel ya me habló de Matilde, la humana que vive con vosotros, y te prometo no tocar ninguno humano en mi estancia aquí. – Dijo, creí percibir algo de sarcasmos en su voz. Pero no confiaba en él. Miguel tendría que haberme consultado antes de tomar esa decisión, no me gustaba nada la idea de tener ese vampiro en mi casa. Detrás de esa mirada se escondía algo muy oscuro. Pero al parecer, Miguel no sentía que él fuera una amenaza.
- ¿Crees que podrás controlar tu sed? – Pregunté. En sus labios se formó una sonrisa burlona.
-Llevo siglos viviendo con ellos. – Dijo, ampliando aquella sonrisa y enseñando aquellos relucientes dientes.
- De cualquier manera, quiero que estés lejos de ella y de cualquier otro humano, si deseas pasar una temporada aquí… - Le advertí, dejando bien claro lo de la temporada. -En el piso arriba, donde terminan las escaleras, a la derecha, hay una habitación, puedes ocuparla para poner tus cosas. – Dije, con una mirada de advertencia.

Cogí a Miguel de la mano y salimos del salón. Cuando estábamos fuera de la casa, lejos de la percepción de Fernando…. - ¿Por qué permitiste que se quede aquí, sabiendo que él se alimenta de sangre humana? ¡No te importa Mati!
- Él no hará daño a nadie, cielo. – Dijo.
- Más le vale. – Murmuré.
- Anhelo estar todo el día en tu compañía. - Susurró Miguel con melancolía en la voz y sus labios pegados a mi garganta.
Cuando miré para arriba, vi unos ojos azules que nos estaban observando. Sostuve la mirada y entonces me acordé… ¡Mati! Estaría dentro del coche asustada, o más bien harta de estar esperando.
- Mati está dentro del coche, en el garaje, tengo que ir por ella. – Murmuré.

Conforme llegaba al garaje escuché los latidos de su corazón y latía con normalidad. No estaba asustada, pero pude notar el aburrimiento en su expresión.
- Lo siento, ya puedes salir. – Dije, abriendo la puerta. Ella me miró con aquellos ojos grandes.
- ¿Qué pasa señorita Gabi? - Me preguntó de pie frente a mí.
- Mati, tenemos una visita inesperada, nuestro visitante también es un vampiro. Va a pasa una temporada con nosotros. Quiero que estés lejos de él. - Le advertí. - Él no vive exactamente como Miguel y como yo, él toma sangre humana. Ha prometido que no tomará sangre de ninguno humano mientras esté aquí, pero no me fío de él. Así que no te acerques a él. - Le advertí otra vez. Ella pareció comprenderlo todo, su corazón siguió latiendo con normalidad, pero pude ver el terror en su mirada.
- Tranquila, cuidaré de ti. - Le prometí, me acerqué con cautela, sin respirar y le di un fuerte abrazo con mucho cuidado para no hacerle ningún daño. El contacto con su piel fue agradable, su temperatura era más alta, no mucho más que la mía, pero se notaba la diferencia. Ella me devolvió el abrazo con sumo cuidado. - Confío en ti – Su voz era apenas un susurro.

Cambié a Mati de habitación, por la que estaba al lado de la cocina, así cuando ella fuese a comer, no tendría que estar bajando las escaleras y dejando su olor por toda la casa. Le pedí que mientras estuviese el visitante, se limitase a ir de su habitación a la cocina, ya que en su dormitorio había cuarto de baño. La dejé en su nueva habitación, arreglando sus cosas.

Al entrar en el salón, Fernando estaba sentado delante del piano con sus dedos sobre las teclas, en medio segundo fluyó una melodía preciosa del piano. Me acerqué y me senté en el sillón, dejando entrar la canción en mi cabeza. Miré a Fernando, él estaba con una mirada lejana, antes estaba tan enfada que no me fijé en lo hermoso que era, me miró y me dedicó una sonrisa amable, le devolví la sonrisa, pero enseguida se desvaneció con un pensamiento. ¿Dónde estaría miguel? ¿Estaría enfadado por mi rechazo? Bueno él nunca se enfadaba conmigo, siempre me estaba dando amor, era amable y cariñoso. Siempre ha intentado dar sentido a mi existencia, pero hoy descubrí no sé cómo, pero creo mi existencia consiste en aquel chico humano… David.
Pero si realmente él es mi existencia, tengo que alejarme de él, si ahora él es quién da sentido a mi eternidad, sólo tengo que cuidarlo y protegerlo del peligro, teniendo en cuenta que el peligro soy yo, debo mantenerme alejada de él. Y eso voy hacer, me mantendré alejada de él. No tiene sentido que me torture así, jamás podrá ser mío, jamás me pertenecerá, jamás podré amarlo, no tengo corazón y tampoco alma a ofrecerle. Nunca podré acercarme a él. Por otra parte está Miguel… mi Miguel, él me cuidó, me enseñó todo lo que sé, dedico todo su tiempo para estar conmigo, él podría haber vivido a la luz del día, pero prefirió estar conmigo durante siglos en la oscuridad, sólo para estar a mi lado, me enseñó el camino correcto, pero él sabía que yo anhelaba la luz del día y por eso no tomamos sangre humana, porque él tampoco quería arrebatar mi claridad. Él me ama incondicionalmente. Siento que también le quiero, que necesito que esté conmigo. Pero mi amor por Miguel y por David, son como agua y sangre, totalmente distintos. Lo que siento por Miguel es exactamente como el agua de un río tranquilo y llevadero. Lo que siento por David es exactamente como la sangre, que corre por sus venas agitadas, algo difícil de controlar. El agua no sacia mi sed y la sangre prohibida sí. Pero yo necesito el agua y la sangre. La canción se detuvo interrumpiendo así mis pensamientos, me levanté de un salto y fui en busca de Miguel. Fernando seguía sentado frente el piano. Cuando pasé por su lado le dije: - Bonita melodía.

Subí las escaleras, pude escuchar la respiración de Miguel, estaba de espaldas sentado frente su escritorio, muy concentrado en unos papeles. - Cada día más humano. - Pensé. Me deslicé hacia él con mucho sigilo, tapé sus ojos con una mano. - Adivina quién es. -Susurré con los labios pegados a su oreja, luego le di un beso en la garganta. Él con un movimiento ágil, dio la vuelta y cuando quise darme cuenta, estábamos en la cama, él estaba encima, sujetando mis manos.
- Eres muy bueno. - Le felicité y luego soltó una risita. - Pero soy más rápida que tú. -Dije dándole la vuelta y poniéndome yo encima sujetándole los brazos. Me acerqué a su rostro y acaricié su mejilla son mi nariz. - También anhelo tu compañía. - Susurré.
- Si quieres, puedo dejar mi trabajo. – Murmuró.
- Creo que España te necesita más que yo. - Volví a susurrar con mis labios apoyados sobre los suyos.
- ¿Tienes sed? - Preguntó.
- Creo que podré controlarme unas horas más. - Le dije. Vi como en sus labios se formaba una sonrisa burlona y eso me hizo sentir bien, feliz. Me hacía daño cuando él estaba triste o enfadado.

Esa noche Fernando nos acompañó a cazar. Llené todo mi cuerpo de sangre lo más rápido que pude, incluso tomé un poco más, la necesitaba para lo que pensaba hacer. Dije a Miguel que me iba a reunir con Mati, quería estar con ella cuando Fernando llegase en casa. Él para complacerme no me contrario, sé que a él no le hacía mucha gracia estar tanto tiempo sin mi presencia. Pero de la misma forma que él me extrañaba yo extrañaba a David. Y hasta que amaneciese y ellos volviesen a casa, yo tenía unas cuantas horas.
Pensé coger el coche, pero corriendo llegaría más rápido. Cuando llegué a pocos metros de la casa, escuché tres latidos diferentes dentro de la casa, uno era distinto, serían los latidos de Luna.

Me deslicé sigilosamente, hasta llegar al árbol que tenía cerca de una de las ventanas, me colgué de una rama muy gruesa, escondida, entre las otras ramas, se podía ver perfectamente dentro de la habitación, serían las diez de la noche. David estaba echado en la cama viendo la tele de plasma de su habitación. Luna estaba acostada en los pies de la cama, era una habitación sencilla con una cama, una tele, un escritorio en el que había un portátil, en un rincón tenía una estantería con libros, cd´s y un reproductor de música. Lo que me llamó la atención fue, que estaba viendo una película y era película de vampiros. No pude ver nada más por los ladridos de Luna. Tuve que subir más para no ser descubierta. Desde donde estaba podía ver la ventana pero no el interior. Escuché unas pisadas dentro de la habitación, y pocos segundos después la ventana se abrió. David miró de un lado a otro, para abajo y para arriba, estuvo mirando en mi dirección. Pensé que me había descubierto, me asusté cuando oí que me llamaba en susurros. ¿Sabría que estaba allí? Pero… ¿Cómo? No creo que me haya visto, estaba demasiado oscuro para sus ojos humanos, estuve inmóvil, sin respirar. Escuché mi nombre otra vez. Era agradable escuchar mi nombre saliendo de su boca, y a la vez desconcertante, por qué me llamaba, yo no hice ninguno ruido, el único ruido eran los ladridos de Luna. Estuvo con la ventana abierta durante segundo, creo que esperando mi contestación. Seguí observándolo desde donde estaba, él miró otra vez para arriba, y cerró la ventana.

Estuve en la misma postura, casi hasta que amaneció. Bajé del árbol sin hacer ni un ruido y me alejé de la casa unos metros, permanecí esperando entre los árboles, escondida, esperaba a que David saliese, quería saber qué hacía en todo el día. Todavía tenía más o menos una hora hasta que Miguel y Fernando regresasen. Dentro de la casa escuchaba pisadas, él garaje se abrió y salió un coche rojo. El que estaba dentro del coche era David. ¿Dónde iría? Sé que me estaba arriesgando demasiado al permanecer ahí, pero tenía que saber dónde pasa todo su tiempo libre. Seguí el coche entre los árboles, cuando entró en el pueblo, tuve que cambiar mi ruta, pero ya tenía gravado el sonido del motor de su coche, era todavía temprano y no había casi nadie en las calles. Cuando ya no tuve más árboles para esconderme, tuve que pasar por la ciudad, no anduve mucho tiempo, él había aparcado el coche, estaba cerca de una plaza con muchos árboles a su alrededor, miré a los lados y no vi a nadie, así que subí a un árbol. Él abrió la puerta del coche y cogió algo del otro asiento, cuando cerró la puerta pude ver lo que llevaba, era una mochila, lo que él hacía en su tiempo libre era estudiar. Se encaminó hacia un edificio de cuatro plantas que estaba del lado del aparcamiento, tenía un letrero que decía: “los colegiales”.
Frente el instituto, había muchos humanos hablando, acababa de llegar un autobús con más personas, sólo escuchaba varios pensamientos a la vez, me concentré en los latidos del corazón de David, que ya estaba gravado en mi cabeza el tun, tun, tun, tun de su corazón. Pude ver su pelo castaño en medio de aquella multitud, era fácil de identificar, la mayoría de los chicos llevaban gorras, otros la capucha de sus cazadoras…
Ya no podía estar más tiempo aquí, Miguel estaba a punto de llegar. Volví a casa andando por el centro del pueblo, para lo que iba a hacer, necesitaba acostumbrarme a los humanos, todos iban de un lado a otro, mirando los relojes. Ya me estaba adaptando, aquellos ruidos, distintos de los del bosque. Pero enseguida me di cuenta de que eran exactamente los mismos ruidos… pisadas, respiraciones, latidos, el susurro del viento, los pájaros cantando, etc.

Cuando entré en casa, ellos no habían llegado aún. Mati estaba en la cocina desayunando. La saludé y me senté en una silla al otro lado de la mesa.
- Ga... Gabi, ¿qué te pasa? – Preguntó Mati sentada al otro lado, mirándome con una expresión preocupada.
Suspiré, me había llamado Gabi y lo de señorita había pasado. -Es complicado, de explicar Mati. - Contesté con desgana. Ella me miró, su mirada estaba llena de ternura. Extendió sus manos sobre la mesa en busca de las mías, apoyé mi mano con cuidado sobre las de ella, sentí como me las apretaba. - Puedes confiar en mí. - Murmuró con una sonrisa.
- Creo que cometí un grave error. – Dije, desviando mi mirada.
- ¿Qué hiciste cariño? ¿Has tomado sangre de algún humano? - Preguntó ella con algo de insistencia en su voz.
- No, algo peor que eso. - Murmuré con la cabeza baja. - Me enamoré de uno.
Mati soltó un profundo suspiro. Creo que de alivio. - Pero enamorase es la cosa más normal. - Dijo ella, aún agarrada a mi mano.
- Para mí no, y menos de un humano. – Afirmé. Ella abrió los ojos de par en par, se había dado cuenta de la gravedad de lo que significaba eso. Creo que se habría asustado más si supiese quién era el humano.
- Mati, yo pensaba que vivir en la oscuridad era un castigo, pero castigo es no poder estar nunca con él.
- La fuerza del amor, puede con todo cariño, ¿cómo puede ser un castigo? ¿Él no siente lo mismo por ti? – Dijo, su mirada pude ver lástima.
- Él no lo sabe, y mucho menos sabe lo que soy, ¿quién va a querer esta con un monstruo Mati? - Murmuré con voz apagada.
- Si él siente lo mismo por ti, independientemente de los que eres, él te aceptara. - Dijo ella con una sonrisa.
- ¿Quién puede aceptar su muerte Mati? Eso es lo que significó para él, y también está Miguel, yo lo quiero, pero no merezco todo su amor.
- Si Miguel realmente te ama el entenderá, si él te ama de verdad, va a querer que tu estés feliz. - Dijo ella.
En ese momento aparecieron Miguel y Fernando.

- ¿Qué tengo que entender? - Preguntó Miguel parado en la puerta. Mati abrió sus ojos de par en par, sólo espero que Miguel sea un caballero y no mire en sus pensamientos. Fernando disimuló una risita, seguro que escucho los pensamientos de Mati.
- Quiero estudiar, y pregunté a Mati lo que ella pensaba al respecto. Ella me contestó que le parecía una óptima decisión y que tú lo entenderías
.-Claro que entiendo amor, así no pasarás tanto tiempo dentro de casa, hoy mismo arreglaré todo los papeles. Mañana mismo puedes empezar si quieres. Te matricularé en el mejor instituto de la ciudad el Pedro Espinosa.
Quería estudiar, pero en el instituto “los colegiales”, así podría ver aunque fuera de lejos a David. - Mati dijo que el mejor instituto es Los colegiales, me gustaría estudiar en él si no te importa. - Dije apresuradamente.
- Miguel, si no te importa, puedo acompañar a Gabriela, no tengo nada que hace en todo el día.
- Podemos ir a estudiar juntos, así seguro que estarás más tranquilo. - Habló Fernando. Ni notaba ya su presencia allí.
- Me puedo controlar, no necesito ninguna niñera. – Dije, fulminando a Fernando con la mirada. Miguel se acercó y se arrodilló frente a mí.
- Cielo, es una gran idea, Fernando sólo quiere ayudar, y así estaré más tranquilo. - Murmuró con una voz de suplicante. No me hacía gracia que Fernando estuviera cerca de los humanos, pero quién era yo para pensar así. En el fondo no era tan distinta de él y creo que más bien intentaba chantajearme, él sabía lo de David, seguro que estuvo dentro de la cabeza de Mati, no tenía otra alternativa que aceptar tener un canguro.
- Ok, si te tranquiliza, acepto tener un canguro. - Dije con una mirada terrorífica en dirección a Fernando.
- Tengo que arreglar la documentación, y matriculaos a los dos, estaré de vuelta por la tarde. - Dijo Miguel. Acto seguido salió de la cocina y Fernando lo siguió pero no sin antes enseñar una sonrisa de satisfacción.
La rabia estaba creciendo dentro de mí con mucha rapidez, entonces sentí una piel cálida sobre la mía, era la mano de Mati, apoyándose sobre mi brazo, me había olvidado de que ella estaba allí.
- Tranquila, cariño. - Murmuró Mati.
- Mati, ¿qué estabas pensando exactamente cuando llegaron Miguel y Fernando? - Pregunté ansiosa por saber su contestación.
-Estaba pensando en todo lo que tú me dijiste, ¿por qué? - Preguntó ella. Estaba en lo cierto, Miguel respetaba los pensamientos de Mati, pero Fernando no, si no respetaba la vida humana, cómo iba a respetar los pensamientos, ahora él lo sabía todo.
Cogí las manos de Mati como ella me había hecho antes. - Te voy a decir una cosa, pero no te asustes, podemos leer los pensamientos de los humanos. – Dije. - Miguel y yo respetamos tus pensamientos, pero no creo que Fernando haga lo mismo.
- ¿Quieres decir que Fernando escuchó toda la conversación a través de mis pensamientos? - Preguntó ella con la cara desencajada. Yo asentí con la cabeza.
- Lo siento mucho mi niña. - Murmuró ella con los ojos llenos de lágrimas, un sentimiento dentro de mí se explotó cuando escuche las palabras mi niña. Esas palabras estaban llenas de amor, cariño y ternura. En ese momento sentí una adoración mayor por ella, sería porque era lo más cercano a una madre que tuve nunca, al menos que yo recordase. Di un salto sobre la mesa y la abracé con mucha suavidad, dejándome embriagar por ese sentimiento, esa sensación de estar en casa. Ella me abrazó.
- Te quiero como si fueras mi propia hija. - Susurró ella.
- Te quiero como si fueras mi madre. - Murmuré.
- Creo que tengo que arreglar tu ropa para el primer día de instituto. - Dijo Mati y nos echamos a reír.

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