Soy el intermedio de mi mente y el bolígrafo que están conectados en ese mundo de creatividad y fantasía quiero trasmitir a los lectores los especial que son mis personajes que me despierta a las tantas de la noche susurrando entre si.
lunes, 29 de agosto de 2011
Capítulo tres. Bañándome con los primeros rayos de sol.
Ya habían transcurrido quince años, que sentí como si fueran días, y aunque mis días eran infinitos, yo no quería desperdiciar mi vida dentro de un ataúd y viviendo sólo de noche. Quería ver el mundo, estaba dispuesta a conocer gente, estudiar, tener una casa, vivir como una humana, como lo que un día fui.
Después de cazar, abracé a Miguel.
- Estoy lista para una vida después de la oscuridad. - Le dije, mirándolo a los ojos.
- ¿Estás segura, amor mío? - Preguntó con la nariz entre mi pelo.
- Sí.- Estaba segura, no tiene sentido vivir sólo para saciar la sed de sangre que necesitaba mi cuerpo. Él me cogió en los brazos y me condujo hasta nuestra habitación
me puso con mucho cuidado en el ataúd y luego con un movimiento ágil, se puso encima mía, me besó de una manera de la que jamás me había besado, sentí fuego y pasión, despertó en mí, deseos que estaban ocultos. Le devolví el beso con la misma intensidad. Pasamos la noche acariciándonos y amándonos. Ese día el ataúd no se cerró.
- Ya casi es de día. – Murmuré, él beso mi garganta y me miró a los ojos.
- A partir de ahora podrás vivir de día y de noche, sin necesidad de estar dentro de un ataúd - me dijo, acariciándome el pelo y volvió la cabeza para el lado. – Debes tomar mi sangre. – Murmuró, aproximando su garganta a mi boca.
Con una mano sujete su cabeza y con la otra me apoyé sobre su hombro, cuando encontré su venas con mis colmillos… Mordí, sentía su sangre fluir y escuche su gemido, me pregunté si estaría haciéndole daño, pero él siguió. Una vez hube terminado de tomar su sangre, aparte mi largo pelo de mi cuello. - Quiero que tomes mi sangre, quiero que seamos sólo uno. – Susurré, él se acercó a mi garganta y beso con mucha suavidad, entonces sentí sus colmillos atravesando mi piel, sentía la sangre fluyendo, como un volcán en llamas, pero no sentía dolor y sí una sensación placentera por todo mi cuerpo, sofoque mis gemidos. Él no había gemido de dolor, sino de placer. Me cogió por los brazos y en segundos estábamos en el bosque, se sentó exactamente donde lo había hecho mi primera caza, donde escuché los aullidos de aquel lobo, en lo alto de aquella montaña.
Me abrazó y después de 220 años pude contemplar mi primer amanecer, estaba bañándome con los primeros rayos del sol, pude mirar el cielo, ya no tenía estrella y su color era de un azul inmenso con algunas nubes blancas, a mi alrededor pude apreciar el verde vivo del bosque, el marrón del suelo y los troncos de los árboles. Era como si estuviera viéndolo todo por primera vez, pero podía identificar cada cosa que veía.
Noté como Miguel me observaba, acaricié su rostro y le di las gracias, a la vez que le besaba. Estuvimos sentados, mirando nuestro alrededor, no sólo era mi despertar a una nueva vida, sino que para el también lo era, porque podría disfrutar de todo los que yo también deseaba. Él se había sacrificado a vivir en la oscuridad por mi, habíua permanecido a mi lado.
- ¿En qué siglo estamos? – Pregunté, mirando al horizonte.
- Estamos en siglo XXI – Respondió. Miguel siempre lo sabía todo, estaba informado del mundo exterior, de cada década, siglos, mi edad, fechas y acontecimientos importantes.
- ¿Cómo sabes que estamos en siglo XXI?
- Tengo mis informantes - Contesto y soltó una carcajada. No pude contenerme y reí junto a él, estaba feliz.
Me condujo por una parte del bosque que jamás había visto, al final encontramos una carretera y un coche, pude escuchar un latido diferente y un olor enloquecedor. Me aferré a Miguel. Estaba asustada, no quería perder el control, pero Migué confiaba en mí. Mi garganta quemaba, pero la sed que sentía, podía controlarla.
Él hombre que estaba dentro del coche salió y abrió la puerta de atrás, era un hombre alto, pero era distinto de nosotros tenía la piel oscura, yo estaba más bien pálida pero el color de Miguel era muy parecido al mío. Supuse que estaríamos más pálidos por tantos siglos en la oscuridad.
Entramos en el coche, Miguel se sentó a mi lado, cuando el otro hombre entró en el coche cerrando la puerta, sólo se escuchaban tres respiraciones y un corazón latiendo. Me pregunté si sabría lo que éramos. Puso el coche en marcha, podía ver la sangre corriendo por sus venas, desvié la mirada de inmediato, tenía que controlarme.
Podía leer sus pensamientos, estaba canturreando una canción. Miré por la ventanilla de mi lado y pude contemplar las flores, las había de todos de colores, el paisaje era precioso.
Tras un trayecto no muy largo, llegamos a un pueblo llamado Antequera, estaba desconcertada, escuchaba muchas voces, y varios corazones latiendo. Tapé mis oídos con las manos, no quería escuchar nada, me estaba volviendo loca.
- Por favor dejen de hablar, por favor cállense. – Grité. Pero tenía que controlarme, Miguel ya me había hablado de eso, era como estar de caza, tenía que centrarme en un sólo latido, una sola respiración, y fue lo que hice, solté un profundo suspiro y despejé mi mente de todas esas voces. Me centré en la respiración de dentro del coche, con mucha concentración pude lograrlo.
- Lo estás haciendo muy bien. - Susurró Miguel a mi oído.
- Tuve un buen maestro. – Murmuré.
Las casas eran todas blancas, había tanta claridad en ese lugar…
Al final del pueblo el coche paró, cuando nos bajamos, observé que habíamos parado frente una casa enorme.
- Sea bienvenida a su casa, señorita Bravo. - Habló una mujer bajita que abría el portal de la casa, podía escuchar sus pensamientos y noté que se alegraba de que yo estuviese allí, deseaba ser mi amiga. ¿Sabría ella lo que yo era?
- Me llamo Matilde, pero puede me llama Mati. - Dijo ella, extendiendo sus manos en mi dirección. Miré a Miguel, que estaba a mi lado, él hizo un movimiento de cabeza. Cogí la mano de Mati y la estreché con mucho cuidado, controlando mi fuerza, exactamente como me enseñó Miguel. El contacto con su piel fue algo cálido y agradable, no como la temperatura fría de piel. Al parecer ella no extrañó el contacto ni mi temperatura.
Cuando entramos en la casa, las paredes eran de color marfil, el suelo era blanco, en el lado izquierdo había una mesa grande de cristal, en el centro había un sofá ovalado también blanco, cerca había una chimenea de piedra, las alfombras eran de color marfil, como las paredes. A mi derecha bajo una ventana, había un piano de cola, igualmente blanco, era todo tan perfecto… Había tanta claridad, las escaleras estaban situadas cerca del piano, deseaba mirarlo todo y podría haberlo hecho en pocos segundos, pero no podía olvidad que había personas a mi lado que me estaban mirando.
- Señorita, ¿le enseñó su habitación? - Murmuró Mati.
- Por favor, llámeme, Gabriela. – Dije. Mi voz sonó serena y suave. Mati me dedicó una sonrisa y yo la devolví sin enseñar los dientes. Escuchaba los latidos de su corazón pero mi sed estaba controlada. No me fiaba de estar sola con ella en una habitación, así que tiré de Miguel para que viniera con nosotras. Subimos las escaleras, la planta superior era exactamente igual que el salón, todo con mucha claridad, en el pasillo había una mesita larga con un jarrón de rosas blancas, al final Mati se detuvo.
- Esta es su habitación, seño… Gabriela.- Dijo y luego se retiró.
Al abrir la puerta quedé fascinada, todo estaba organizado. La habitación, era enorme, en medio había una cama, no recordaba la última vez que había visto una. Me senté en ella, era suave con sábanas blanca de seda, las cortinas de la ventana hacían juego, al lado izquierdo había un escritorio, el techo no era como el del salón, era de cristal, podía ver el azul del cielo. Vi, que había otra habitación más pequeña sin puerta, era el armario, estaba repleto de ropa, zapatos, bolsos, y maquillajes, me acerqué y a unos pasos de mí, había una chica que me miraba asustada, tenía los ojos verdes como los míos y llevábamos el mismo vestido, se movía al mismo tiempo que yo abrí, la boca para preguntarle quién era, pero ella también la abrió, no entendía nada, miré a Miguel que me observaba sonriendo.
- Eres tú, es tu reflejo. – Dijo.
- ¿Mi reflejo? Estoy despeinada y llevo el mismo vestido del día que te conocí. - Me senté para poder mirarme mejor, había algo distinto en mí, el pelo llegaba un poco más debajo de los hombros, seguía siendo de color negro, mis ojos eran verdes. Miré a Miguel que estaba detrás de mí, observándome, extendí mis manos, él se acercó y pude ver su reflejo en el espejo.
- Si no tenemos alma, ¿por qué nos reflejamos en el espejo? – Pregunté.
- Sólo te puedes reflejar en este espejo, es especial, como tú. - Me dijo. Estuve sentada frente el espejo durante mucho tiempo, mirándome.
Dentro del vestidor había otra puerta, fui en dirección a ella cuando abrí, había una enorme bañera en el centro y el techo era exactamente como de la habitación.
Todo me resultaba familiar, volví a llamar a Miguel, pero él ya estaba detrás de mí.
- Viví aquí hace mucho años, está tal como lo dejé. – Murmuró. - Si quieres puedes cambiarlo todo.
- Me gusta tal y como está, es precioso.
- ¿Tienes sed? - Me susurró.
- Siempre tengo, pero puedo controlarlo. ¿Mati sabe lo que somos?
- Sí, pero ella no tiene miedo, porque sabe que no le harás daño a nadie. ¿Qué quieres hacer ahora?
Lo miré de arriba a abajo y yo me examiné de igual manera. - ¿Qué tal una ducha y ropas nuevas? Tenemos un aspecto horrible.
- Deseaba quitarte ese vestido desde hace muchos años. - Dijo con una sonrisa. Miguel comenzó a quitarme el vestido, me llevó hasta la bañera y abrió el grifo, mientras la bañera se llenaba, él también se fue desnudando, cuando la bañera estaba lista se metió a mi lado.
- Una ducha es algo muy humano. – Murmuró Miguel.
Estuvimos horas mirando al cielo mientras nos bañábamos.
- Creo que ya llevamos bastante tiempo en esta bañera, ¿qué quieres hacer ahora Gabriela?
- ¿Qué te apetece hacer a ti?
- Cariño, tienes que tomar tus propias decisiones, ¿qué te gustaría hacer?
- ¡Todo lo que hace una chica de 18 años!
- Eso es un poco complicado Gabriela.
- ¿Por qué?
- Porque tu tienes 220 años. – Contestó Miguel mientras se reía.
En ese momento escuché unos pasos en el pasillo y un corazón latiendo frenéticamente. Salí rápidamente de la ducha para abrir la puerta, antes de llegar a tocar el pomo, Miguel cubrió mi cuerpo con una toalla.
- ¡Oh! Me olvidé, gracias.
Abrí la puerta y estaba Mati, esperando. - Lo siento señorita Gabriela, abajo hay un caballero que desea habrá con el señor.
- Dile que bajo enseguida. – Contestó Miguel.
Cuando me di la vuelta, Miguel ya estaba vistiéndose. - ¿Quién es? Pregunté.
- Es el abogado. - Estuve pensando, intentando recordar que es un abogado, pero no lo sabía. - ¿Qué es un abogado?
- Es una persona que se encarga de todo tipo de papeles, por ejemplo, tus documentos. Para poder vivir aquí, necesitas de una identidad.
- Creo que el abogado está asustado, percibo su respiración descontrolada y sus latidos, su corazón va muy deprisa, los humanos solo están así cuando tienen miedo, ¿no?
- Porque él hace cosas que no debería, tiene medo de que la policía lo descubra.
- Pues el debería tener miedo de estar en una casa en la que hay una vampira sedienta. -Dije saltando en la espalda de Miguel.
- Gabriela, compórtate.
- Sólo era una pequeña broma. - Le dije, cuando salía de la habitación.
Entré en el vestidor y busqué una ropa, no sabía que ponerme. Estuve mirándolo todo, me pregunté quién habría comprado toda esa ropa. Escuché unas pisadas en el pasillo pero luego se detuvieron, reconocí que eran las pisadas de Mati.
- Mati, entré, por favor. - Le grité, pero creo que mi voz salió más fuerte de lo que imaginaba. Mati, entró en la habitación y se quedó mirándome, notaba que estaba tranquila, así que me relajó saber que mis gritos no la habían asustado. - ¿Me puede ayudar a escoger una ropa? Por favor. – Esta vez controlé mejor el volumen de mi voz.
- Sí, señori… Gabriela.
Me acerqué a ella y cogí sus manos.- Tú te llamas Matilde, ¿verdad?.
Ella asintió con la cabeza. - Pero te gusta que te llamen Mati, yo me llamo Gabriela y tú me puede llamar Gabi. - Ella disimuló una risita.
- Te llamo señorita porque es una manera de expresar mi respeto hacia su persona.
- Técnicamente tú eres la señora y sin embargo te llamo Mati. – Dije, mientras ambas reímos.
- ¿Qué ropa quiere, señorita Gabi?
No había manera de quitar la palabra señorita del vocabulario de Mati, tendría que acabar acostumbrándome. - Quiero algo bonito. – Dije.
Mati me ayudó a ponerme un vestido que llegaba hasta mi rodilla de color blanco, ella misma lo escogió. Me senté frente el espejo para que me cepillara el pelo, me ayudó con el maquillaje también, había color en mis mejillas, sería por el colorete que Mati me puso.
- Estás preciosa. - Murmuró Mati.
- Tienes razón, Gabriela está preciosa. - Contestó Miguel, que estaba en la puerta.
Mati dejó el cepillo en el tocador y salió. Antes de que saliera por la puerta me levanté deprisa para agradecerle lo que había hecho por mi, quise darle un abrazo pero temí tenerla tan cerca, con lo que intenté expresar mi gratitud con una sonrisa.
-Te veo feliz. – Comentó Miguel, dando un beso en mi garganta.
- Soy feliz. - Murmuré, y era verdad, estaba feliz, sentía que me faltaba algo para que la felicidad fuese completa, pero estaba disfrutando mucho. Sentí que tenía una segunda oportunidad.
- ¡Vámonos de caza! ¿Te gustan las palomas? – Preguntó Miguel.
Cuando salimos de la casa, ya era de noche. Las calles, tenían farolas que lo iluminaban todo. No tuvimos que ir muy lejos para encontrar las palomas, al parecer todas habitaban aquí. Tuvimos mucho cuidado por si había algún humano cerca. La sangre de las palomas era mucho mejor que la sangre de los lobos.
- ¿Con eso tienes suficiente? – Preguntó Miguel.
- Sí, gracias.
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