Cuando llegamos al aparcamiento, Fernando aparcó el coche lejos de los demás.
- ¿Por qué aparcas aquí? – Pregunté.
- Sé que no confías en mí, y tampoco te pido eso, pero quiero cambiar mi estilo de vida, es sólo eso, y qué mejor que hacerlo en un instituto. - Contestó mirándome con una de esas risitas irritantes suyas.
Cogí mi mochila y salí del coche.
- Tranquila primita. - Habló Fernando detrás de mí. No se cómo pude aceptarlo, además de tener que aguantarlo, Miguel arregló los documentos como si Fernando fuera mi primo.
Cuando llegamos frente al instituto, muchas miradas nos observaban. Fernando estaba encantando de ser el centro de atención de todos. Mi sed estaba controlada y los latidos de los humanos ya no tenían tanto poder sobre mí. Lo controlaba. Podría ignorarlos.
- ¡Pasa desapercibido, no te olvides! – Le dije, utilizando mis pensamientos. Él me miró con cara de sorpresa, como si estuviera teniendo alguna alucinación. Disimulé una risita.
- Puedo controlar tu mente si lo deseo, así que compórtate. - Le amenacé. Pero no le mire otra vez, caminé en dirección del mostrador, había una señora sentada con el pelo corto y gafas. Me acerqué.
- Hola me llamo Gabriela Bravo, vengo a recoger mi horario. - Miguel había cambiado mi edad a 17 años, así podría estar mínimo 2 años en el instituto. La mujer miró en unos papeles y luego me entregó una hoja. - ¿Podría entregarme el horario de mi primo? También se apellida Bravo, Fernando Bravo.
- Tiene que venir a recogerlo él. - Dijo la señora de mal humor. Miré a mi lado pero Fernando ya no estaba, cuando miré al otro lado, estaba hablando con una chica morena, bajita y muy delgada. No iba a ser nada fácil, parecer ser yo que sería la canguro. Cuándo él me miró le fulminé con la mirada e hice un gesto con la cabeza para que se acercase.
- No bromeo, tenemos que pasar desapercibido. - Susurré mientras él se acercaba. Cogimos los horarios, teníamos todas las clase juntos, excepto dos, filosofía e idioma, él había escogido alternativa. Cuando pregunté por qué había cambiado de clase, dijo que ya sabía demasiados idiomas y no le gustaba filosofía.
No había visto a David por ningún sitio. Entramos en la clase de historia, Fernando se sentó a mi lado, él estaba disfrutando con todas las chicas mirándolo. El profesor entró en la clase con unos libros en las manos.
- Al parecer tenemos alumnos nuevos. - Dijo mirando en nuestra dirección. - Yo soy Juan Muñoz. Podrían presentarse, por favor.
No sabía que en el instituto se pasase tanta vergüenza. Me levanté junto a Fernando y nos presentamos. El profesor nos pidió que nos sentáramos otra vez cuando terminamos y empezó su clase de historia. La clase pasó muy aburrida, nada que no supiese ya. La siguiente clase era de lengua, nos sentamos antes de llegar la profesora.
- ¿Cómo puedo escuchar tus pensamientos? - Preguntó Fernando.
- Sólo puedes escuchar los que yo te permita y si lo deseo también puedo controlar tu mente. – Contesté yo.
- Si eso es verdad, podrías controlar la mente del profesor que entra, no quiero tener que presentarme otra vez. - Murmuró.
Sofoqué una risita. - Pensé que te gustaba ser el centro de atención. - Él puso los ojos en blanco, pero el profesor estaba tan liado con sus propias cosas que ni se dio cuenta de nuestra existencia, algo muy raro porque desde que llegamos los humanos no nos quitaban los ojos de encima.
La siguiente clase que tocaba era filosofía, encaminé en medio de aquella multitud, para encontrar mi siguiente clase. - ¡Compórtate, nos vemos en el almuerzo! – Pensé, mientras me alejaba.
- Llevo esperando toda la mañana, la hora del almuerzo.- Estaba ya a algunos metros de Fernando pero escuché sus murmullos y una risita.
Seguí buscando mi clase, sin prestarle atención. Estaba en la tercera planta. Antes de entrar, sentí que él está allí, en esa clase. Pude escuchar su voz.
- Estoy bien. – Dijo él.
- ¿Estás seguro? Si me necesitas, aquí estoy, siempre a tu lado. - Sonaba una voz de chica. Y al escuchar esas palabras sentí algo crecer dentro de mí, que no me deja pensar con claridad.
- Debes ser la chica nueva, Gabriela, ¿verdad? - Habló una voz femenina detrás de mí. Cuando me volví para ver quién me había llamado, era una mujer alta, rubia, de ojos verdes.
- Sí, me llamo Gabriela. - Me presenté.
- ¡Oh! Perdón, no me he presentado, soy Merche Sánchez tu maestra de filosofía, bueno entremos en la clase. - Asentí con la cabeza y la seguí, entré en la clase detrás de ella, buscando a David con la mirada, vi que estaba sentado, escribiendo algo en su cuaderno, era tan perfecto.
- Chicos, atención, por favor. - Habló Merche, la maestra. - Tenemos una alumna nueva. David seguía entretenido con lo que estaba haciendo, ni levantó la cabeza para ver quién era la chica nueva. Seguía con aquella expresión de aburrimiento.
- Ella es Gabriela Bravo. - Siguió la profesora. En ese momento David me buscó con la mirada, cuando me encontré con aquellos ojos me perdí en ellos, pero él sí que estaba perdido en mis ojos, le estaba hipnotizando. Desvié la mirada hacia la profesora, ella me dijo que me podía sentar en un pupitre vacío que había al lado de David, pero no me podía sentar a su lado, verle de lejos ya tendría que bastarme. En el otro extremo de la clase había otro pupitre vacío, era ese o sentarme con él. Me fui en dirección al otro lado, donde estaba el pupitre vacío, antes de llegar escuché mi nombre nuevamente.
- ¿Gabriela te importaría sentarte con David? Lo que vamos hacer hoy es de grupo, y él es el uno de los que está sin compañera. – Dijo la profesora. ¡Genial! Pensé.
Cuando volví para ir en su dirección, él ya me estaba mirando, pero esa vez no sostuve su mirada, me senté a su lado pero no le saludé, ni le miré en ningún instante.
- Hola, Gabriela. - Dijo él con una voz muy bajita, casi en susurros, como si supiera que podría escucharlo. No podía contestarle, ningún humano podría escuchar aquellos susurros, tenía que comportarme como un humano normal.
La profesora entregó un pequeño libro de poesía para cada pareja, cuando levanté la mano y la mirada para coger el libro me di cuenta que una chica de ojos negros y pelo castaño que estaba sentada dos sillas por delante, me estaba mirando con cara de pocos amigos. Desvié la mirada en seguida para el libro, un libro que ya había leído hacía unas décadas.
- No puedo sacarte de mi cabeza, desde del primer día que te vi. - David volvió susurrar entre dientes.
Seguí mirando el libro como si nada. Mis oídos no daban crédito a lo que oía. Por qué me decía esas cosas, él también pensaba en mí, si mi corazón latiera estaría frenético. Podía sentir su mirada sobre mí, pero seguí mirando el libro, la página que me indicó la maestra, le pasé el libro para sin mirarle.
- La semana que viene no podré venir – dijo la profesora - así que el trabajo es para dentro de dos semanas, quiero que traigan un pensamiento, una poesía, una reflexión, algo que ese libro inspire en vosotros y que sea de grupo. ¡Nada de trampas! – Dijo, señalando con el dedo en dirección a dos chicos que estaban sentados juntos.
Miré de reojo a David, no estaba leyendo el libro, me estaba mirando. Es como si estuviera analizando todos mis movimientos.
- Hola. - Murmuró en un tono más alto que antes.
Cuando le miré, me encontré con aquellos ojos castaños, estaba todo al revés, en vez de perderse él en mi mirada, yo me perdía en la suya, su boca se curvo abriendo paso a una sonrisa, diría que una sonrisa seductora.
- Hola Da... David, ¿no? – Pregunté. Mi voz sonó cariñosa. Su respuesta fue una perfecta sonrisa que se amplió cada vez más.
Escuché varios murmullos a nuestro alrededor. Y uno me llamó la atención, era de la misma chica que me miraba antes, una mirada nada agradable por cierto.
- ¿Has visto que él no deja de mirarla? – Susurró, la chica de los ojos negros a su compañera de pupitre. - ¿Por qué tiene que sentarse con él? Le quiero y ninguna chica nueva me lo va a quitar. - Susurró otra vez.
- Si quieres, podemos quedar para hacer el trabajo. - Dijo David, atrayendo mi atención.
- Mmm... Mejor que cada uno haga el suyo individualmente. – Murmuré, sin prestar mucha atención, lo que quería oír era la conversación de aquellas dos chicas.
- Es un trabajo de grupo. - Dijo él.
- ¿Qué? – Pregunté.
- Es un trabajo de grupo, no individual. - Dijo él, y lo peor es que tenía razón, pero no podía ir a su casa y mucho menos podía él venir en la mía.
- ¡Eee…! Lo sé, es que prefiero así, tu haz el tuyo y yo el mío, y luego decimos a la maestra que lo hicimos juntos. – Dije, pero él no parecía estar prestando mucha atención a lo que decía, me miraba con curiosidad, podía ver como su mirada se detenía en mis labios, en mis ojos, mi pelo... Me sentía cómoda a su lado, sus latidos eran como canción para mis oídos, como un exquisita melodía, su voz era como el sonido de campanas, su mirada era intensa y profunda, su rostro era la perfección. Todo en él me llamaba la atención. Y hacia que me olvidara de todo lo demás. Podría seguir mirándolo, por mucho tiempo. Cuando el abrí la boca para decir algo, el timbre sonó, la chica de ojos negros ya estaba situada frente a su pupitre.
- Si quieres podemos cambiar de pareja y hacer el trabajo juntos. - Dijo ella con una sonrisa.
Al escuchar esas palabras algo dentro de mí y supongo que nada bueno, fue creciendo a toda velocidad, fue complicado controlar mi furia, pero ese sentimiento era distinto tenía algo de rabia mezclado, fue algo que nunca había sentido antes, no sé cómo explicar, solo sé que…
- Gracias Jessica, pero voy hacerlo con Gabriela. - Dijo él interrumpiendo mis pensamientos.
Ahora lo que crecía dentro de mí era un sentimiento agradable, él prefirió hacer el trabajo conmigo, y no con esa chica, en la que no me había fijado antes, era muy guapa, con esa melena rizada de color castaño, y esos ojos grandes negros, pero con todo eso me había elegido a mí, aún sabiendo que no vamos hacer el trabajo juntos.
uh!! esto se está poniendo muuuy interesante! :)
ResponderEliminarque intriga!
(a propósito, está mucho mejor escrito que los anteriores :) )
nos leemos!!!
mujer! hace rato que no sé de vos. está todo bien? uno se preocupa por acá. espero saber de vos pronto. besos!
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