Capítulo uno. Eternidad.
Cuando abrí los ojos estaba todo oscuro, pasé las manos por los lados, era como una especie de caja de baúl, no sé quéhacía aquí, no me acordaba de nada, lo único que me venía a la mente era ese dolor insoportable que me quemaba por dentro, me retorcía de la agonía, ningún dolor en el mundo se comparaba con ese, pero ya no recordaba nada más.
Seguí pasando la mano a mi alrededor, y fue cuando me di cuenta que estaba dentro de un ataúd, ¿estaría muerta?
Si no lo estuviera, ¿porque estaría aquí? Estuve unos segundos en silencio, fue cuando me di cuenta de que mi corazón no latía, que no respiraba y tan poco me hacía falta aire en los pulmones, cuando me toque la cara con las manos no sentí calidez, pero mi piel tampoco era fría. Sí estaría muerta, sólo eso tenía sentido, cuando uno se muere va para el cielo o para el infierno, nadie dijo nunca que uno despierta dentro de su propio ataúd. Siempre pensé que cuando uno se muere es como si nunca hubiera existido, pero yo sigo aquí no viva pero tampoco muerta, lo único que siento es ese horrible dolor extendiéndose por todo mi cuerpo, mis huesos, mis venas, por más que intento no puedo recordar nada, debería gritar y pedir ayuda. Sé que estoy dentro de un ataúd, ¿quién me va a escuchar bajo tierra? Sólo le daría un ataque a la persona que abriese el ataúd. Tal vez todavía sea mi duelo y aún no me enterraron, pero no escucho ninguna voz, aunque sí escucho los susurros del viento, los pájaros y juraría que puedo distinguir el canto de cada pájaro, puedo escuchar las pisadas de los animales en el bosque, el latido de sus corazones, la sangre que corre por sus venas. Al escuchar todo eso me ha dado sed, mucha sed, mi garganta ahora está ardiendo, siento un quemazón, y tanta sed… Hasta ahora no me había dado cuenta de la sed que tengo, necesito agua, mucho agua. Si paso más tiempo aquí voy a morir de sed.
Seguí pasando la mano a los lados para ver si podía abrir el ataúd por algún lado, sentí que tenía una fuerza brutal, sería un ataúd de un material fuerte, porque se fuera de madera, ahora solo sería astillas. No puedo entender de donde viene esa fuerza, no me recuerdo haber tenido tanta fuerza en mi vida, la verdad es que no me acuerdo de nada. Creo que estoy un poco confusa y aquí dentro no puedo pensar con claridad. Ya no podía pensar en nada más que no fuera abrir ese ataúd, y apagar mi sed, creo que necesitaré litros y litros de agua, pero primero tendré que pensar en una forma de salir de aquí.
Continúe pasando la mano por los alrededores, de repente la Tampa se abrió.
Salí disparada, con una velocidad sobrenatural, intentaba encontrar agua para calmar mi sed, me encontré en una habitación sin ventanas todo estaba oscuro, en el medio de la habitación estaba el ataúd, fui en dirección a la puerta, cuando la abrí entré en otra habitación, tampoco tenía ventanas y en el medio había otro ataúd. Cuando me acerqué éste se abrió y dentro había un joven extendido, su rostro era perfecto, su piel blanca, el pelo negro, automáticamente le acaricié el rostro, su piel no era cálida, pero tan poco fría exactamente como la mía y tan poco escuche sus latidos de su corazón, pero si su respiración. Inesperadamente sus preciosos ojos se abrieron, no me asusté, algo dentro de mí decía que debería haberlo hecho, pero aquellos ojos negros me miraban de una forma, con la que sólo podría sentir compasión.
- Has despertado amada mía - Susurro aquel joven con una voz tan serena.
¿Por qué me llamaba amada mía? ¿Por qué él también estaba dentro de un ataúd? ¿Por qué mi cerebro pensaba tan rápido y formulaba tantas preguntas a la vez? Si no tuviera tanta sed, le exigiría todas las respuestas a mis preguntas, pero no podía soportar más. Antes de dar la vuelta y salir por la otra puerta, él se levantó.
- ¿Tienes sed? - Preguntó, ¿cómo lo sabía? Supongo que él también debería estar sediento sí estuvo el mismo tiempo que yo dentro de ese ataúd.
Otra pregunta vino a mi mente, ¿cuánto tiempo estuve dentro del ataúd?
-Sí, tengo sed, necesito agua – contesté. - Mi garganta está seca. - Luego di la vuelta en dirección a la puerta, que sería la de la salida de esa habitación, pero antes de dar un paso, él habló de nuevo.
- El agua no saciará tu sed – Afirmó
- ¿Entonces qué lo hará? - Pregunte atónita.
¿Qué más podría matar mi sed?
Él bajó la cabeza. - Sangre, sólo sangre puede saciar tu sed – contestó. Al escuchar esas palabras mi garganta quemaba, estaba en carne viva, en ese momento vinieron muchas preguntas a mi cabeza, muchas imágenes de una vida que no recordaba, únicamente imágenes sueltas, y después dolor, ataúd, sed, velocidad, mi oído tan agudo, sangre, todas esas cosas, solo podrían significar… ¡Vampiro! No podría ser, los vampiros son mitos, leyendas, yo no podía ser un monstruo que bebe sangre para sobrevivir, pero sólo de pensar en la sangre, sentí el fuego en mi garganta y no pude esperar un momento más, la sed era más fuerte que todo lo que podía imaginar y necesitaba saciarla. Salí corriendo hacia la puerta, pero antes de llegar a ella, él ya la bloqueaba impidiendo mi paso.
-Tenemos que hablar, tengo que explicarte muchas cosas - murmuró sin mirarme a los ojos.
- Mi garganta está seca - pude decir en susurros, él no dijo nada, me agarró de la mano, cuando salimos de la habitación, había un pasillo muy largo y lo cruzamos en medio segundos, la velocidad a la que me arrastraba era algo sobrenatural. Poco a poco conseguí alcanzar su ritmo cuando ya estábamos al final del pasillo. Era como una cueva oscura, cuando salimos, todo estaba oscuro, podía escuchar cada movimiento de los animales.
Me condujo hasta dentro del bosque, de repente se detuvo y permaneció en silencio durante varios segundos, sólo se escuchaban los ruidos de la noche, en ese momento aulló un lobo, y pude escuchar los latidos de su corazón, salí disparada automáticamente sin pensar y no sé cómo, pude encontrar al lobo que estaba arriba de una montaña, podía sentir la sangre corriendo por sus venas, sentía que mis colmillos crecían y que me dolía. Me agazapé y me abalancé sin pensar, directamente a la garganta del lobo, cuando mis colmillos atravesaron sus venas la sangre fluía y cuando bajó por mi garganta sentí el alivio, ya no quemaba, en ese momento pude escuchar latidos de otro corazón. El lobo que se debatía para sobrevivir se escapó de mis garras aprovechando mi distracción. Intenté concentrarme en los otros latidos, la sed ya no era tan fuerte como antes, ya no sentía mi garganta tan seca cuando mire para atrás, el mismo joven que me había traído, me estaba observando sin ninguna expresión en su rostro.
- Todavía tengo sed - le dije. Él se acercó y limpió mi boca, luego se adentró al bosque y en pocos segundos vino con dos lobos, los puso en el mismo sitio donde estaba el otro, tome la sangre de los dos mientras él me observaba, sin decir una palabra.
Mi sed no estaba saciada del todo.
- ¿Todavía tienes sed? Preguntó él.
- Sí, pero no como antes, ya no me quema la garganta – contesté, mirando sus ojos negros.
Me levanté de un salto y acaricié su rostro, era hermoso, él cogió mis manos y me dio un beso.
-vámonos. – ordenó. El camino de vuelta fue muy corto, mis pies iban en la misma velocidad que los de él.
Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar. Cuando llegamos a la habitación en la que se encontraba el ataúd, todo estaba muy oscuro, pero podía ver su rostro perfectamente, como si estuviera a la luz del día.
- Sé que estás confusa y tienes muchas preguntas – dijo él con aquella voz tan suave. - Te contestare a todas.
- No me acuerdo de nada, ¿qué pasó? - Pregunté mirándolo a los ojos. Ahí, en medio de la habitación, de pie, me sentía cómoda era como si estuviera sentada, no me encontraba cansada.
- Te contaré toda la historia, empezando por la mía - contestó.
- No me acuerdo de mi vida humana lo único que sé es que cuando fui transformado tenía 18 años y que me llamaba Miguel. Me desperté, en el bosque 6 siglos atrás, no sabía que hacia ahí, lo único que sabía… que sentía era una sed que quemaba mi garganta. Como la tuya - dijo, con su mano acariciando mi garganta.
- En ese momento escuché los latidos de varios corazones, la sangre caliente en las venas de los animales, y esos sonidos me volvieron loco. Fue cuando salí disparado y me abalancé sobre un oso, la sed no era como antes, pero no me había saciado del todo. Tenía muchas preguntas, estaba desorientado no sabía qué hacer, no sabía que había pasado. Andando por el bosque, encontré el vampiro que me convirtió. Él era exactamente como yo. Me contó todo lo que me había ocurrido y lo que sería por toda la eternidad, me enseñó cómo vivir esa nueva vida, y me dio de su sangre para beber, solo bebiendo su sangre podría salir otra vez a la luz de día. Después de muchas conversaciones, conseguí controlar mi sed y pude vivir con los humanos. Posteriormente tomamos caminos distintos. Antes estuve viviendo aquí, en la oscuridad, durante muchas décadas en ese ataúd. Mi nueva vida en la eternidad no tenía sentido alguno después de todo ese tiempo, decidí vivir con los humanos. Siempre estaba cambiando de ciudad, países… Todo envejecía y moría pero yo no.
Sólo tenía un propósito, quería encontrar mi compañera y así podría disfrutar de mis infinitos días con ella. Fue cuando te encontré.
Estabas sola, no tenías a nadie, vivías en la calle. Me acerqué y te pregunté tu nombre, sólo me dijiste que querías morir, que tu familia toda estaba muerta.
Te pregunte otra vez por tu nombre y me dijiste que te llamabas Gabriela.
Cuando mi mirada se encontró con la tuya, cuando vi por primera vez esos ojos verdes, supe que tú eras quién yo buscaba, por más que tu deseabas estar muerta yo no tenía el derecho de quitarte la vida, no tenía el derecho de condenarte a vivir en la oscuridad junto a mí, pero tú misma me pediste que te matara, que ya no tenía sentido vivir, que me entregabas tu vida. Tu mirada, tu voz… Todo en ti me volvía loco. Pensé mucho antes de tomar esa decisión. Esa es toda la historia - finalizó, desviando la mirada.
Así que me llamaba Gabriela, ¿sería por eso que no me acordaba de nada? Porque no tenía familia no tenía nada que recordar.
Levanté con las dos manos su rostro y busque su mirada con la mía.
- ¿Por qué veo tristeza en tu mirada? – Pregunté. Él me miró con ternura, pero podía ver el dolor y la tristeza a través de aquellos ojos negros como la noche.
- No tenía derecho quitarte la vida, condenándote a vivir en la oscuridad - murmuró.
- Pero tu dijiste que has vivido muchos años con los humanos, yo también podré, ¿verdad?
- Gabriela, amor, para vivir entre los humanos, se necesitan muchos años de práctica, más bien tortura - contestó con una voz muy baja
-Confío en ti, sé que me ayudarás - dije sin pensar, pero era cierto confiaba en él, era la única persona que tenía en el mundo.
- Faltan pocos minutos, para que salga el sol, tenemos que acostarnos.
-Pero tú no tiene la necesidad de esconderte de él, ¿verdad? – Pregunté. Acaricio mi mejilla.
- No te dejaré sola nunca - me prometió.
Con él me sentía segura, me acompañó a una nueva habitación, igual de oscura que las otras y sin nada más que un ataúd en el medio, pero ese ataúd era mucho más grande, era como dos en uno, cuándo nos acercamos el ataúd se abrió automáticamente sin tener la necesidad tocarlo. Mire a Miguel y en sus labios se formó una sonrisa, no recuerdo haber visto esa sonrisa antes, era perfecta para aquel rostro tan hermoso.
- Está programado, para cuando abrirse solo cuando debe. - murmuró. - Antes de amanecer y al anochecer, ¡tecnología! - Dijo aun con aquella sonrisa en sus labios.
Era como una cama de matrimonio, pero en forma de ataúd, cuando nos acostamos, el ataúd se cerró, y el entrelazo mi mano con la suya, lo miré y tenía los ojos abiertos. Cerré los ojos y escuche sus susurros.
- Duerme, mi princesa, amada mía.
Me desperté, nuevamente con sed, mi garganta volvía a quemar. Cuando abrí los ojos y miré en dirección a Miguel, él seguía igual, con los ojos abierto. Ya seria de noche otra vez porque el ataúd se abrió. Salí del ataúd de un salto, Miguel ya estaba a mi lado.
- ¿Tienes sed? - Preguntó, cogiendo mi mano.
Sólo asentí con la cabeza, mi garganta estaba demasiada seca para poder hablar.
Me llevó al bosque, como hizo la noche anterior, me enseñó a cazar, a ignorar los otros corazones latiendo y su venas con sangre caliente a mi alrededor. Hice exactamente lo que él me dijo, me concentré sólo en mi presa, en la sangre que tomaba, mi garganta no quemaba como antes, pero no tenía la sensación de estar satisfecha.
Mientras tomaba la sangre de mi oso, él se adentró en el bosque y después de unos minutos, apareció de nuevo. ¿Por qué él no se alimentaba junto a mí?
Así fue mi vida durante dos siglos, mis deseos, mis necesidades, mi adicción por la sangre era siempre insaciable. Durante todos esos años, Miguel me enseñó todo lo que debía saber, me explicó cómo sería vivir con los humanos. Me enseñó a respirar, a pestañear, a no estar de pie mucho tiempo, a controlar mi fuerza, me enseñó todo sobre los humanos. Pero solo sabía la teoría, nunca puse en práctica mis clases.
Miguel me dijo que lo más insoportable sería estar cerca de ellos y no desear tomar su sangre. Pero quería intentarlo, porque mi vida no tenía sentido, no quería vivir para siempre en la oscuridad, no valía la pena vivir así, sería mejor morir y acabar con toda esa tortura.
Miguel siempre estuvo de mi lado ayudándome, dándome cariño, pero sentía que necesitaba algo más, no recordaba cómo había sido mi vida de humana, pero no creo que fuera tan horrible como para desear estar muerta. No tenía sentido vivir toda la eternidad así, ahora entendía a Miguel, lo que dijo sobre que su eternidad no tenía sentido alguno y por eso me trasformó para ser su compañera, en sus ojos ya no había tristeza, podría decir que estaba feliz, por más que él estaba conmigo, sentía por una parte mucha gratitud por él, porque sé que no me trasformó solamente para tener una compañera y sí porque yo tenía un sufrimiento mayor, hoy no puedo entender que sufrimiento en mi vida humana podría compararse con eso.
Tras todos esos años con Miguel, ya le tenía un enorme cariño, y sé que él no condenaría a nadie por satisfacer sus propias necesidades, esa sería su última opción y le quería por eso, él no era un monstruo, era mi compañero. Pero dentro de mí sé que faltaba algo, solo que no sabía que era.
- Gabriela ya es hora- me susurro Miguel.
Esa noche Miguel no me había acompañado a cazar y se fue en busca de un humano, antes de vivir entre ellos tendría que poner mis clases en práctica. Miguel iba a dejar al humano en el bosque, yo debía que alimentarme muy bien antes para luego estar andando alrededor del humano, debía acostumbrarme al latido de su corazón, tenía que familiarizarme con su olor, su voz, sus movimientos…
Una vez hube tomado toda la sangre que pude, Miguel me dio un beso en la frente.
- Confió en ti - murmuró y luego entro en el bosque, por primera vez sentí miedo, estuve quieta mirando en todas direcciones, no encontré a Miguel y tampoco pude sentir ninguno olor diferente, permanecí así, varios segundos hasta que escuché unas pisadas diferentes a las de los animales del bosque y las de Miguel. Debía ser el humano, con mucho cuidado me adentré en el bosque. Podía escuchar una respiración descontrolada y un corazón latiendo frenéticamente. Tenía un olor irresistible, enloquecedor, ¿dónde estaría Miguel? Necesitaba su ayuda.
Salté a un árbol para poder ver mejor, el olor y las pisadas venían del oeste, me concentré unos segundos, no podía dejarme llevar por la sed o viviría así toda la eternidad, siendo un, monstruo. Debía aprender a controlarme, algo muy difícil con aquel corazón llamándome con cada latido.
Mientras pensaba en lo que tenía que hacer, escuché unos pasos justo debajo del árbol en el que estaba, miré y allí estaba, había un hombre mayor, podía percibir su miedo, corría de un lado al otro, salté al suelo agazapada, lo estuve mirando, analizando todos sus movimientos, a través de su camiseta podía sentir su corazón latiendo frenéticamente, pude escuchar sus pensamientos, estaba asustado, no entendía que estaba pasando, al verme noté el miedo que me tenía, pero yo no quería hacerle daño. La sangre que corría por sus venas me volvía loca, pero no quería ser un monstruo. No quería que él sintiera miedo, en cambio quería poder decirle que no pasaba nada que toda estaba bien, que estaba a salvo, pero no podía porque yo era quien le provocaba el miedo, yo era el monstruo. No podía permanecer un segundo más cerca de él, ya no quería escuchar sus pensamientos, el me temía, me aborrecía. Entonces… huí. Salí corriendo en dirección contraria, cuando estuve lo suficientemente lejos para no escuchar su pensamientos ni percibir su olor… Clavé mis uñas en un árbol y estuve ahí intentando concentrarme en otra cosa que no fuera el humano, pero no podría pensar en nada que no fuera su olor, los latidos, su sangre.
- Tranquila, amor - dijo miguel soltando mis uñas del árbol, mientras me abrazaba.
- Él tenía miedo, pero me temía a mí. Yo no quería hacerle daño, pero su sangre, su olor, los latidos… creí que me iba a volver loca – dije.
- Ya lo sé, vida mía, pero no te preocupes jamás dejaré que hagas daño a alguien o incluso a ti misma.
- ¿Por qué no estabas conmigo? - Pregunté, aferrándome a él.
- Tienes que hacer esto sola. Estuve todo el tiempo cerca, por si me necesitabas, lo siento. Sé lo duro que es.
- Por favor sácame de aquí y no me vuelvas a dejar sola ni un segundo.
Le pregunté a Miguel porque podía escuchar los pensamientos del humano pero no supo responderme. Me explicó que podría escucharlos como si estuvieran hablando en voz alta, que podría escuchar todos los pensamientos a la vez y que tendría que aprender a controlarlo porque iba a ser muy confuso, sería como si decenas de personas me gritasen al mismo tiempo.
Cada vez estaba más asustada, comencé a dudar sobre las posibilidades que tenía de conseguir de vivir rodeada de humanos, pero vivir en esta oscuridad comenzaba a ser una tortura, tenía que volver a intentarlo pero le pediría Miguel que permaneciese a mi lado, no podía hacerlo sola.
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